Los alcahuetes patológicos

Los espías del "Super Mario Bros" se hacían seguimientos entre ellos mismos.  

(Foto: Télam)
5 de julio de 2020

Si por lawfare se entiende la triple alianza con objetivos espurios entre ciertos medios de comunicación, algún servicio de inteligencia y un sector del Poder Judicial (en este caso, el grueso del fuero federal), la intervención posterior de sus magistrados en las causas al respecto cabalgan sobre un contrasentido. Lo demuestra la reciente eyección del juez Federico Villena del expediente que instruía acerca de la AFI macrista: el tipo había brindado cobertura legal a los delitos que él mismo investigaba. Una lástima; las pruebas se iban acumulado en su despacho de manera torrencial. Y no tanto por su eficiencia sino por la calaña de los imputados. Porque –además de tener bajo su radar a opositores al antiguo régimen y hasta a figuras muy próximas al ex presidente– esos agentes también se espiaban entre sí. A todas luces, el grupo de tareas llamado “Súper Mario Bros” era en realidad una alegre milicia de alcahuetes patológicos.

Un caso testigo: el tortuoso vínculo entre el abogado y agente de la AFI, Facundo Melo, con el jefe de Operaciones Especiales, Alan Flavio Ruíz.

En este punto bien vale retroceder a un día invernal de 2018, cuando en un departamento de Constituyentes y General Paz usado como base de la AFI, Ruíz le hablaba a sus hombres: “Lo primero que tenemos que definir con Cristian Suriano (el titular de Inteligencia del SPF) es una unidad que sería Ezeiza o Marcos Paz; hay un pabellón que lo vamos a hacer completo. Lo vamos a ‘alambrar’ (o sea, llenar de micrófonos y cámaras); lo vamos a equipar todo; los vamos a meter a todos los políticos porque están operando a full desde adentro”.

Ese hombre, la Gran Oreja del poder, el titiritero que desde las sombras diseminaba dispositivos de registro en oficinas, salones, alcobas y calabozos, no imaginaba que él también era espiado. Porque en aquel preciso momento el bueno de Melo lo grababa a hurtadillas.

Esa y otras delicadas confidencias suyas fueron emitidas con éxito por TV, antes de llegar al escritorio de Villena. Por momentos, éste palideció al oírlas, ya que, entre otros inoportunos arranques de sinceridad, “Augusto Rovero” (el nombre de fantasía que usaba Ruíz en la AFI) se refirió varias veces a su propio rol de blanqueador judicial en algunas operaciones.

Lo cierto es que Ruiz también grababa a sus propios hombres. Eso Melo lo vivió en carne propia.

El trato entre ellos estuvo signado por la obsesión maníaca de Ruiz por “engarronar” a Hugo y Pablo Moyano en la causa por las irregularidades en el club Independiente. Y le pidió a Melo que se interiorizara del estado del expediente.

–Está muy flojito –fue su opinión.

Ruíz, entonces, montó en cólera. Y bramó:

–¡Vos no tenés que hacer ninguna interpretación, boludo! Tu función es “direccionar” los testimonios.

La negativa de Melo a manipular uno de aquellos testimonios–el del barrabrava preso, Daniel Lagaronne (cuyo defensor era él)– causó una sonrisa ladeada en Ruíz, quien, de pronto, activó un audio en su smartphone. Entonces emergió la voz de Melo y la de Lagaronne. Era un diálogo que ambos habían mantenido días antes en el locutorio de abogados del penal de Melchor Romero. Y que Ruíz ordenó grabar.

Al concluir el registro, Ruíz mantenía la sonrisa. Y le dijo a Melo: 

–Date por despedido. Y tené cuidado con lo que hacés y decís. Porque podés tener problemas peores que quedarte sin trabajo”.

Así de frontal era él.

Desde una perspectiva totalizadora, el espionaje sobre ellos mismos era en la AFI moneda corriente. Al quedar al desnudo los delitos sustanciados actualmente en 12 causas, las delaciones cruzadas se multiplicaron como hongos bajo la lluvia, junto con la aparición de toda clase de registros obtenidos a espaldas de sus pares para así desviar responsabilidades y culpas. Por tratarse de agentes de inteligencia –es decir, profesionales del secreto– la desprolijidad de aquellos muchachos resulta escalofriante. Hasta una gavilla de mecheras los supera por varios cuerpos en materia de códigos corporativos y protocolos de seguridad interna.

Es notable el caso de Jorge “El Turco” Sáez. Este hombre cultivaba un hobby: grabar y coleccionar sus propias charlas telefónicas. En la ronda de indagatorias tales audios sirvieron de referencia para encarrilar inexactitudes en los dichos de otros imputados.

Por lo pronto fue el smartphone de Melo lo que dejó al descubierto el grupo de WhatsApp de los “Súper Mario Bros”, donde hasta había legajos de personas espiadas. Aunque nada fue comparable con el tesoro informativo encontrado en el teléfono del agente Leandro Araque: unos 2500 archivos con carpetas, audios y filmaciones. Muchos ahora lo maldicen, preguntándose por qué diablos no los borró.

Araque fue indagado la semana pasada en Lomas de Zamora. Y su locuacidad fue extraordinaria. Al punto de que su defensor, Fernando Sicilia lo pateaba por debajo de la mesa para callarlo. Y tras el puntapié más fuerte, Araque acordó con el letrado no responder más preguntas.

 ¿Y qué decir de Emiliano Matta? Este individuo, que llegó al límite de sacarse una fotografía con Diego Santilli mientras lo espiaba, se permitió en su declaración ante Villena un momento memorable. Fue cuando el juez preguntó:

–¿Cuáles eran los contactos importantes que Ruíz le decía tener?

–Decía tener vínculos con Patricia Bullrich, con Guillermo Montenegro y también con usted.

Allí hubo entonces un pesado silencio.

Esta historia continuará en otra locación.

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