Un recorrido por el misterio de los sueños

La obra de danza contemporánea y aérea Rastros propone un clima hipnótico y surrealista para asomarse al mundo que despierta cuando dormimos. "Investigamos mucho e incluso trabajamos con recuerdos personales de los intérpretes", revela la directora Ana Armas.
7 de Abril de 2018

Larga, alta, angosta, con paredes de ladrillos, la sala Cancha, en el Centro Cultural Rojas, parece construida especialmente para Rastros, obra de danza contemporánea y aérea. Desde la coreografía hasta la iluminación utilizan estas características a su favor y, sumado a la original apuesta musical, logran que los espectadores apenas entran se sientan inmersos en una atmósfera onírica, en la que la materia incorpórea e inasible de los sueños parece encarnar en los cuerpos y movimientos de los bailarines.

A medida que avanza la obra, las coreografías de los seis bailarines componen cuadros, tanto en el suelo como en el aire, colgados mediante sogas y arneses, que sugieren figuras tal vez ya advertidas por el público durante el sueño. Ana Armas, la directora, posee una amplia trayectoria que incluye varios años en la compañía de danza aérea de Brenda Angiel. En esta puesta, junto con el grupo Abismo Danza, consigue construir una magia hipnótica y surrealista a través de la combinación entre la danza aérea y de piso. El cruce de estos dos lenguajes proviene de su inquietud por "encontrar una fluidez en el pasaje, que no es fácil desde lo técnico, para ver cómo conviven, cómo contrastan, cómo se enriquecen mutuamente", explica.

Probablemente uno de los aciertos al ver a las bailarinas y a los bailarines "volar" sea la naturalidad con la que circulan por el espacio e interactúan entre la tierra y el aire. El complejo entramado de movimientos fluye a veces enérgico, a veces más lento, pero nunca forzado, sin buscar la espectacularidad sino que como la llama y el fuego, los cuerpos se encuentran con sutil elegancia. 

Fuera de toda idea de cotidianeidad, Rastros indaga en el siempre inasible terreno de la memoria, que da sustento al planteo escénico: "Lo aéreo nos ofrece muchas posibilidades para trabajar lo onírico. Y la iluminación de Agnese Lozupone capta ese mundo, por eso el humo, los colores de las luces y los contraluces que proyectan la sombra de los bailarines. El tema de los recuerdos te lleva al de los sueños, es decir, a la apertura del inconsciente”, dice Armas, que además es psicoanalista e investigó en ambas áreas al momento de producir esta obra. 

Entre los disparadores de Rastros –que va por su tercera temporada–, por un lado, había ciertos movimientos que a Ana Armas le interesaba investigar y, por otro, ciertas inquietudes sobre "qué queda del movimiento en el cuerpo, qué queda de lo que se baila después de que uno baila, qué se retiene en la memoria o en las sensaciones del espectador, y desde el punto de vista de los intérpretes, qué pasa con su experiencia en el cuerpo". 

"En la obra hay un trabajo con la repetición, con los tiempos, con la suspensión del movimiento, todos mecanismos del inconsciente que aparecen en los sueños. Investigamos mucho e incluso trabajamos con recuerdos personales de los intérpretes, pero llevados a la abstracción, al movimiento”, especifica al referirse a la investigación previa. 

“Exploramos mucho a partir de improvisación de los intérpretes –cuenta la directora–, por ejemplo, en un momento, pensando en los rastros que deja el movimiento probamos con pintura, para ver la huella, esa fue una hipótesis que no prosperó. Es que investigar es probar ideas y elegir. Construir una obra es crear un lenguaje.”

Esa gramática de la danza lejos de ser oscura se abre a las lecturas y sensaciones del público. No hay una narración lineal, incluso la directora llega a proponer una analogía con ciertas obras de arte plástico más abstracto en la que los espectadores no se encuentran tan preocupados por saber si están entendiendo, sino que ocupan un rol más activo. El sentido se construye en cada nueva función. «

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