“La juventud es una etapa complicada”, puede decir una madre al observar como sus hijos e hijas comienzan a cobrar autonomía. Pero es complicada también para quienes atraviesan esa etapa porque, así como tiene sus brillos, también tiene sus sombras: problemas específicos que deben ser resueltos para un desarrollo integral de esa potencia del “ser joven”. Según la medición del Indicador de Calidad de Vida Joven del Centro de Formación y Pensamiento Génera, una persona de entre 20 y 35 años necesita un ingreso de $ 34.480 mensuales para tener una vida plena en la Ciudad de Buenos Aires, un salario que muy pocas ramas del mercado laboral porteño ofrecen en la actualidad para puestos iniciales.

Para graficar la situación, se puede tomar en cuenta que un programador o programadora junior gana alrededor de $ 30 mil mensuales. ¿Tiene sentido aclarar lo inferiores que son los salarios en otros rubros, como el docente, el gastronómico, el trabajo doméstico, el comercio o la seguridad pública?

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El discurso oficial del gobierno impone como lujo o privilegio aspectos constitutivos del desarrollo integral de los y las jóvenes. Esta mirada se deriva de la concepción –limitada y de corte netamente economicista- acerca de que el ajuste (auto)impuesto por el Fondo Monetario Internacional exige que todos los sectores de la sociedad nos acostumbremos a resignar calidad de vida. Pero en el caso de la juventud, esa “etapa compleja” en el desarrollo del individuo y de su inserción en la sociedad, existen actividades y necesidades que no se pueden resignar para gozar de una juventud plena.

Ser joven es estar en crecimiento y crecer es descubrir, aprender, conocer y conocerse. Ser joven es experimentar vocaciones, forjar vínculos, incorporar saberes, desarrollar destrezas y aptitudes. Ser joven implica no sólo ir “de la casa al trabajo y del trabajo a casa”, sino de la casa al trabajo, al club, a la universidad, a terapia, al bar, a jugar al fútbol, mantener relaciones sexo-afectivas.

Una vida joven plena contempla el estudio en alguna institución superior, alimentarse en el hogar y en ocasión de trabajo, atender la higiene personal y del hogar, alquilar una vivienda propia, acceder a bienes culturales y recreativos, participar de reuniones sociales y realizar regularmente alguna actividad como ir al gimnasio, yoga o tomar clases de música o idiomas.

Sin dudas, se requieren políticas activas tendientes a recomponer el poder de compra del salario; políticas de intervención en sectores socialmente relevantes, como el mercado inmobiliario, y políticas de asociación entre el sector social (como los clubes de barrio y los centros culturales) con el Estado para ofrecer instancias de socialización, recreación y formación a bajo costo. Políticas que permitan recomponer el perfil de gastos de los y las jóvenes y potenciar sus oportunidades de desarrollo.

Las elecciones de octubre se dirimirán entre quienes creen que vivimos por encima de nuestras posibilidades y quienes creemos que merecemos otra Argentina y otra Buenos Aires, para quienes el único camino es el crecimiento individual y colectivo.

*Dirigente político de Seamos Libres y Ampliar