En abril de 2017, cuando ni siquiera Alberto Rodríguez Saá se animaba a pronosticar que en la Argentina habría 2019, al presidente de la Nación se le pasó por la cabeza –y no evitó hacerlo manifiesto- un ardid para desligarse de una oposición que, según él, afectaba o retardaba sus planes de gobierno. Pensó en fletar un cohete con destino final la Luna, lo suficientemente grande como para alojar a 562 pasajeros. “Si el presidente pudiera, contrataría una nave espacial y mandaría a la Luna a los argentinos que son los verdaderos responsables de la eterna decadencia del país”, escribió un reportero cercano a su ideario en un diario económico. Acerca del número (la aclaración en este caso llegó de un reportero con firma en un medio hegemónico) el presidente informó que se trataba de una cifra arbitraria, inventada por él. La cosa no pasó a mayores: la salida del mandatario fue calificada como una muestra de humor negro, pero como tantas otras humoradas intentadas a lo largo de su gestión fue un chiste que hizo reír a muy pocos.

La idea volvió el tiempo atrás, exactamente a 1996 cuando, en un acto oficial en Salta, el entonces presidente Menem aseguró que, cohetes y naves espaciales mediante, en una hora y media, dos como máximo, podríamos llegar a “Japón, Corea o cualquier parte del mundo”. Aquel delirio de grandeza del político riojano dio para bromas y risitas contenidas. La diferencia es que Macri, un día se levantó enojado con opositores, y lo pensó y lo dijo en serio. Y como no fue desmentido se podría inferir que cada uno de sus ministros y principales aliados también tendrían en preparación sus propias listas para mandar a hacer turismo lunar a gente molesta.

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“Si los pusiéramos en un cohete a la Luna, el país cambiaría tanto”, afirmó, en respaldo de su propuesta. Y, como comandante intelectual de esa máquina, estableció: “Son los que frenan el cambio”. Y precisó aún más todavía: “Son los que creen que tienen derecho a un pedazo del país”. Y amplió: “Sin ellos se podrían acelerar los cambios”. Y siguió repartiendo tickets: “El populismo… los que no respetan a la meritocracia… los que descreen de la cultura del esfuerzo”. Literalmente, el presidente buscaba borrar del mapa y embarcar hacia un limbo espacial a una troupe de indeseables que alteraba sus planes. A pesar de los esfuerzos de sus cronistas, de su boca apenas salieron tres nombres propios: Pata Medina, Caballo Suárez, (Miguel Ángel) Doñate, todos ellos dirigentes sindicales, presos, judicializados o muy mal aspectados por el oficialismo. Con evidente buena voluntad, los reporteros intentaron reinterpretar la parquedad presidencial, pero oscurecieron más de lo que aclararon: “¿Empresarios, jueces, políticos, periodistas, el círculo rojo, el poder permanente, sectores prebendarios?”, publicaron en una nómina tentativa. Cristina Fernández se sintió aludida: “Se que debo encabezar esa lista”. Pocos meses después del fallido envío, Horacio Verbitsky lanzó la edición de un semanario digital al que con lograda ironía tituló El cohete a la Luna.

Transcurrió el tiempo y aquellos 562 argentinos fastidiosos se transformaron en 12.942.183 votantes que, en un grito que se escuchó de aquí a la luna, proclamaron No se puede más. Ellos vinieron a recordarle al elenco gobernante en su conjunto aquel refrán legitimado en la España del siglo XVII: «Los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud». Algunos, como la diputada Carrió, ya que la Luna todavía queda muy lejos, anticiparon que emprendían un viaje a ninguna parte. Sin embargo, otros, para negar la macrisis se siguen dando manija con la ciencia ficción de las interpretaciones numéricas. Y hasta es probable que hayan chequeado en alguna low cost si existían unidades para semejante cantidad de pasajeros.

Salvo alguna que otra lamentable deserción, aquella troupe de jodidos que ponían de pésimo talante al presidente siguen en la tierra. Solo que en un principio eran 562, pero pasaron cosas y crecieron en una proporción solo semejante a la deuda externa y a la inflación.

Ah, por las dudas y aunque no se inunde más: en la quiniela de los sueños, el 62 es la inundación. Jugale: ¿y si esta semana te toca a vos? «