No es un secreto que la orden impartida desde la Sala 1 de la Cámara Federal a la jueza María Servini para reabrir la causa por el atentado montonero del 2 de julio de 1976 en el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal (donde funcionaba un centro de exterminio), configure un intento de reflotar la Teoría de los dos Demonios. Ni que ello sea uno de los más sólidos anhelos “revisionistas” de Juntos por el Cambio (JxC).

De hecho, sus miembros –los doctores Mariano Llorens, Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia– ni siquiera disimulan su pleitesía hacia Mauricio Macri. El primero fue uno de sus más conspicuos visitantes en la Quinta de Olivos y los otros dos –por ejemplo– estamparon sus rúbricas en el fallo que describe a los espías de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) que reportaban al grupo “Súper Mario Bros” como simples “cuentapropistas”. Una fundamentación tan bizarra como la que ahora esgrimen en esta resolución; a saber: “Aún no se ha considerado el posible apoyo de Estados y organizaciones extranjeras que tuvieron las personas implicadas”.

Más allá de este –diríase– debate jurídico, en las hendijas de semejante trama subyace un lazo entre aquel añejo enclave del terrorismo de Estado y Macri: la señera figura del comisario Jorge Palacios (a) “Fino”, quien fuera el jefe de la Policía Metropolitana, la primera milicia policial del PRO.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

Memorias del subsuelo 

La historia de Palacios en la Policía Federal había arrancado en la Escuela Ramón L. Falcón, de la que egresó a los 20 años con el grado de oficial ayudante. Corría 1969, y por un tiempo se fogueó en algunas comisarías. Pero ese joven policía daba para más. De modo que no tardó en arribar al edificio de la calle Moreno 1417, un destino codiciado por los efectivos puesto que allí prestaba servicios nada menos que la elite de esa mazorca. En aquellos tiempos, tal dependencia tenía el críptico nombre de Coordinación Federal, casi un eufemismo para referirse al brazo represivo de la principal agencia policial del país. Dicen que Palacios desarrolló allí sus aptitudes investigativas durante buena parte de los setenta; o sea, los años de plomo; cuando dicha dependencia pasó a llamarse “Superintendencia de Seguridad Federal”. 

Es de suponer que por entonces aquel entusiasta oficial haya conocido los rincones más recónditos de ese lugar. El edificio de la calle Moreno tenía nueve plantas. Desde octubre de 1975, el tercer y cuarto piso fueron usados como sede del temible GT 2 (Grupo de Tareas 2), que operaba bajo la órbita del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. En consecuencia, uno de sus jerarcas, el teniente coronel Alejandro Arias Duval (quien murió preso por delitos de lesa humanidad), solía trajinar los mismos pasillos que Palacios. Al poco tiempo, entre el quinto y el séptimo piso se habilitó un centro clandestino de detención por el cual pasaron unas 800 víctimas del régimen. En aquella edificación no había efectivo o empleado civil que ignorara las actividades que se realizaban en dichos sectores. Máxime cuando el acceso de vehículos que transportaban a ciudadanos secuestrados se hacía por un patio descubierto con entrada por la calle Moreno. Y desde allí, atravesando oficinas y guardias, se llegaba a la zona de cautiverio.

El hombre fuerte del lugar era el comisario Juan Carlos Lapouyole (a) “El Francés” (condenado a perpetuidad por la Masacre de Fátima, uno de los crímenes más atroces de la última dictadura). Este sujeto alto y con aspecto intimidante estaba al frente de la Dirección de Inteligencia; de esta dependían los jefes de las brigadas operativas. El subcomisario Carlos Gallone (también condenado por la masacre de Fátima) era uno de ellos.

Ese hecho ocurrió el 20 de agosto de 1976. Y consistió en el asesinato de 30 personas llevadas desde el Centro Clandestino de la calle Moreno a esa localidad bonaerense, cuyos cuerpos fueron dinamitados. Fue una represalia por el bombazo en el comedor policial.

No se sabe con exactitud cuándo el “Duque” –el apodo de Gallone– tuvo como subordinado al oficial Palacios, a quien apenas le llevaba tres años. Pero, por cierto, no fue a comienzos de los ochenta, cuando el represor ya prestaba servicios en la comisaría 4ª, su único destino fuera de Coordinación. De esa época se lo recuerda por la foto en la que «abraza» a una de las Madres de Plaza de Mayo que reclamaba desesperada que les devuelvan a sus hijos. El “Fino” estaba a metros de esa escena. Cabe resaltar que ambos desarrollaron un vínculo amistoso que se prolongó hasta sus muertes (la de Palacios ocurrió en 2020; la de Gallone, en 2021, ya condenado y bajo arresto domiciliario). 

Aún se ignora en qué área específica prestó servicios el Fino durante su permanencia en Coordinación ni cuáles fueron sus tareas. Hay que reconocer que sobre él no hay denuncias por crímenes cometidos durante la dictadura ni testimonios de sobrevivientes que lo incriminen. Sin embargo, por alguna razón, los detalles de ese segmento de su trayectoria permanecen guardados bajo siete llaves.

Al servicio de la comunidad

Durante la mañana del 23 de noviembre de 1991, Mauricio Macri fue llevado a un caserón ubicado sobre la avenida Garay al 2800, de Parque Patricios, para reconocer el lugar en el que dos meses antes había transcurrido su secuestro. Y al llegar a un oscuro sótano, rompió en llanto. Su sollozo entrecortado y agudo era casi infantil. En aquel instante, un oficial lo estrechó entre sus brazos con una fingida ternura. Se trataba de un tipo alto, con bigote tupido y mirada fría. Ese gesto bastó para que el joven heredero recobrara la compostura. Claro que entonces el uniformado no imaginó hasta qué punto tales palmaditas incidirían con el tiempo en su propio destino. Era Palacios. 

Y fue el comienzo de una hermosa amistad. «