Hay discos que envejecen como el vino y otros que lo hacen como los parientes incómodos: uno los visita cada tanto y descubre que las opiniones que parecían ingeniosas en los años ochenta ahora producen un silencio embarazoso. The Queen Is Dead, de The Smiths, pertenece a la primera categoría. A cuarenta años de su publicación, el 16 de junio de 1986, sigue sonando como una de esas raras combinaciones de insolencia juvenil y sofisticación musical que desafían al tiempo.
La Inglaterra de Margaret Thatcher no era precisamente un paraíso para los sensibles. Desempleo, reconversión industrial y un clima social de individualismo feroz servían de telón de fondo para una generación que encontraba en Morrissey y Johnny Marr una alternativa al pop musculoso y al optimismo plástico de la década. Mientras Phil Collins y los sintetizadores dominaban las radios, The Smiths aparecía con guitarras cristalinas, referencias literarias y un cantante que parecía haber aprendido a bailar observando a Oscar Wilde frente al espejo.
No es casual que Simon Reynolds definiera al álbum como el punto culminante de la “fase imperial” del grupo. Todo lo que The Smiths hacía bien alcanzó aquí su máxima expresión: las melodías imposibles de Marr, la sección rítmica de Andy Rourke y Mike Joyce, y una pluma que convertía la autocompasión en arte refinado.

La canción que da título al disco abre con una declaración de principios. Sobre una base influida por MC5 y Velvet Underground, Marr despliega una energía casi garage mientras Morrissey se despacha contra la monarquía y las instituciones británicas con un humor ácido que, por momentos, parece el de un estudiante brillante que acaba de descubrir que la mejor manera de pelearse con el mundo es hacerlo con elegancia. La frase “The Queen Is Dead” era menos una proclama republicana que una forma de dinamitar solemnidades.
Musicalmente, The Queen Is Dead es una pequeña enciclopedia del pop británico. Hay ecos de los sesenta, folk, rockabilly, glam y hasta music hall. Pero todo filtrado por el talento de Johnny Marr, acaso uno de los guitarristas más originales de su generación. Stephen Street, ingeniero y coprotagonista silencioso de aquellas sesiones, recordó años después el clima de trabajo como una combinación de camaradería y creatividad desbordante. Las grabaciones se extendieron durante más de dieciocho meses y dieron lugar a un sonido de extraordinaria riqueza.
Si Marr era el arquitecto, Morrissey era el novelista. Sus letras estaban pobladas por oficinistas humillados, adolescentes aislados y románticos terminales. En “Frankly, Mr. Shankly” ridiculizaba a la industria musical. En “Cemetry Gates” discutía sobre plagios literarios y poesía. En “Bigmouth Strikes Again” se burlaba de sí mismo con una mezcla de victimismo y sarcasmo que anticipó varias décadas de cultura de la cancelación, aunque todavía faltaran muchos años para que alguien inventara esa expresión.

Otra pieza fundamental es “The Boy with the Thorn in His Side”, acaso la más perfecta síntesis del personaje que Morrissey construyó durante los años de The Smiths. Entre guitarras cristalinas y una melodía de engañosa sencillez, el cantante se presenta como un alma herida e incomprendida por un mundo incapaz de entender sus buenas intenciones. La autocompasión, uno de los combustibles secretos del grupo, nunca sonó tan elegante. La canción nació, además, como una respuesta al escepticismo con que ciertos sectores de la industria y de la prensa británica recibían a la banda. “How can they hear me say those words and still they don’t believe me?” (“¿Cómo pueden oírme decir esas palabras y aun así no creerme?”), se preguntaba Morrissey con una mezcla de desconsuelo y orgullo herido que terminaría convirtiéndose en uno de los rasgos distintivos de su obra.
Pero el corazón emocional del álbum está en dos canciones que pertenecen al patrimonio sentimental de varias generaciones. “I Know It’s Over” es una balada devastadora que parece escrita por alguien que acaba de ser abandonado por la humanidad entera. Y “There Is a Light That Never Goes Out”, probablemente la canción más amada de The Smiths, convierte un posible accidente automovilístico en una declaración romántica. Stephen Street confesó su sorpresa ante el hecho de que miles de personas canten con entusiasmo una letra que, en esencia, habla de morir junto a la persona amada. La paradoja es perfecta: nadie hizo tan bailable la desesperación como Morrissey.
También hay lugar para la ironía más absurda. “Some Girls Are Bigger Than Others” cierra el álbum con una observación cuya profundidad filosófica rivaliza con la de Aristóteles después de una noche complicada: algunas chicas son más grandes que otras. La frase es tan ridícula que termina siendo genial. Como si después de cuarenta minutos de emociones intensas, Morrissey decidiera retirarse haciendo una mueca.

El milagro de The Queen Is Dead reside, además, en la interacción de sus cuatro integrantes. La elegancia melódica de Andy Rourke y la precisión de Mike Joyce fueron tan esenciales como las ocurrencias de Morrissey y las guitarras de Marr. Con el tiempo, las disputas judiciales y los egos convirtieron a The Smiths en una especie de versión vegetariana de los Gallagher. Pero en 1986 todavía eran una máquina perfecta.
Paradójicamente, en el momento de su aparición, el grupo estaba lejos de ser un fenómeno masivo. Los Smiths se percibían a sí mismos como la banda más importante de Inglaterra, pero el gran público todavía no estaba del todo convencido. Con el paso del tiempo, la historia les dio la razón. Desde Oasis y Radiohead hasta Belle and Sebastian, Suede, Pulp, The Decemberists y una porción considerable del indie contemporáneo, todos terminaron bebiendo de esa fuente.
Cuatro décadas después, The Queen Is Dead sigue siendo mucho más que un disco de época. Es la prueba de que la inteligencia puede ser pop, que la tristeza puede tener sentido del humor y que las guitarras todavía son capaces de sonar como una conversación entre viejos amigos.
«The Queen Is Dead» – The Smiths
«The Queen Is Dead»
«Frankly, Mr. Shankly»
«I Know It’s Over»
«Never Had No One Ever»
«Cemetry Gates»
«Bigmouth Strikes Again»
«The Boy with the Thorn in His Side»
«Vicar in a Tutu»
«There Is a Light That Never Goes Out»
«Some Girls Are Bigger Than Others»
