Hay lugares donde la historia no terminó. El Pozo de Banfield es uno de ellos. En la esquina de Siciliano y Vernet, en Lomas de Zamora, ese edificio que hoy recibe escuelas, talleres, actividades culturales y recorridos fue parte de una maquinaria represiva planificada: secuestro, tortura, circulación clandestina de personas, desaparición. Un engranaje del Circuito Camps donde el Estado organizó el terror con método, con inteligencia y con burocracia; donde las personas eran trasladadas de un centro a otro para borrar su rastro; donde los represores rotaban y donde, mientras hacia afuera se negaba todo, puertas adentro se registraba cada movimiento en informes, fichas y cadenas de mando.
Pero lo que hoy lo habita no es el silencio. Es una trama de vidas que se niegan a desaparecer, que vuelven en cada relato, en cada nombre dicho con amor, con respeto, con la necesidad profunda de que sigan estando. No son historias sueltas: son partes de una misma experiencia, la de una generación que eligió militar, comprometerse, organizarse con otros, creer que la política podía transformar la vida concreta de su pueblo y que hizo de ese compromiso una forma de amar.
Quien hoy abre las puertas del espacio, da la bienvenida y recibe a los pibes y pibas en cada recorrido lo hace con esa historia atravesándole cada palabra, poniendo el cuerpo, la memoria y el corazón en cada encuentro. El 5 de enero de 1978 una patota irrumpió en su casa de Lomas de Zamora y se llevó a toda su familia; días después, ella, su hermano y su cuñada fueron liberados, pero sus padres, Juan Carlos Campero y Haydée García Gallo, siguen desaparecidos. Desde entonces, la búsqueda dejó de ser solo una reacción al dolor para convertirse en una forma de sostenerlos, de no soltarlos, de seguir caminando con ellos.
Por eso, cuando habla, no se detiene en la violencia que los arrancó, sino en la vida que llevaron: “los traemos con nombre, con apellido, con lo que les gustaba hacer”, afirma, y en esa frase aparece algo más que memoria: aparece el amor con el que se los nombra, la necesidad de devolverles lo que fueron, lo que soñaron, lo que construyeron junto a otros.

Ahí vuelven a aparecer, no como víctimas, sino como compañeros. Un trabajador ferroviario, militante gremial, peronista de la resistencia, que entendía la organización como una herramienta para dignificar la vida de otros, que escribía cartas desde la cárcel reclamando derechos laborales porque la lucha no se abandona nunca. Y junto a él, una mujer profundamente compañera, alegre, sensible y firme, que en medio del horror sostuvo el amor y la dignidad, que no bajó la cabeza ni siquiera frente a quienes intentaban quebrarla. Así los recuerda. Así los trae. Así los sigue haciendo presentes.
“No voy a olvidar nunca. Voy a seguir sembrando memoria donde vaya. Por todos los que nos faltan. ¿Dónde están?”, sostiene, y la pregunta deja de ser individual para convertirse en un hilo que atraviesa toda la historia, en una herida que es también una forma de compromiso.
Alda Pedernera también empieza por la vida. Por una casa donde la política era parte de todos los días, donde el país se pensaba en familia, donde el compromiso no era una consigna, sino una forma de estar en el mundo. Con su hermano, Néstor Alberto Pedernera, esa convicción se volvió militancia territorial en el barrio San Juan, en Castelar, donde construyeron mucho más que una unidad básica: construyeron comunidad, construyeron lazos, construyeron una forma de vivir con otros.
“Todo era una actividad en conjunto”, recuerda Alda Pedernera, y en esa frase aparece el sentido profundo de esa militancia: nadie quedaba afuera, nadie estaba solo, todo se hacía con el otro y para el otro.

En septiembre de 1976, Néstor y su compañera Dolly Dolinda Arroyo fueron secuestrados. Sus hijos, de cinco y tres años, quedaron. Pero lo que ellos habían construido no desapareció.
“Para nosotros es como que están”, dice Alda Pedernera, y en esa afirmación hay una forma de amor que no se rinde, que no acepta la ausencia como final, que los sostiene en cada recuerdo, en cada historia contada, en cada vez que sus nombres vuelven a ser dichos con orgullo y con ternura.
Ese mismo sentido atraviesa la historia de Raúl López. El 2 de abril de 1976 su casa fue allanada y su hermano, Julio Argentino López, militante de la Juventud Peronista de Lomas de Zamora, fue secuestrado. Después vino la búsqueda, la desesperación, las puertas cerradas, el silencio impuesto.
Julio pasó por el Pozo de Banfield, fue torturado, estuvo meses desaparecido y luego fue “legalizado”. Sobrevivió. Pero lo que permanece no es solo el horror, sino la dimensión de su compromiso, la vida que había elegido, la militancia que lo definía.
“Para nosotros, la militancia política y la lucha por los derechos humanos son lo mismo”, afirma Raúl López, y en esa frase aparece una continuidad que no se quebró, una forma de seguir sosteniendo aquello por lo que tantos compañeros fueron perseguidos.
Berta Horen suma otra dimensión. Secuestrada en 1975, pasó por el Pozo, por la comisaría, por Olmos y por Devoto. Pero cuando recuerda, no se queda en lo que le hicieron, sino en lo que lograron sostener.
“El enemigo estaba detrás de la reja, no entre nosotras”, dice, y en esa frase aparece la potencia del compañerismo, la decisión de no romperse, de cuidarse, de sostenerse, de seguir siendo comunidad incluso en el encierro.
También señala lo que el terrorismo de Estado intentó destruir: no solo cuerpos, sino vínculos, conciencia, formas de organización, esa trama que hacía posible una militancia profundamente humana.
Mimi Di Gianni lo cuenta desde el cuerpo y desde la historia. Militante desde 1972, fue secuestrada el 30 de marzo de 1976 con una hija en brazos y embarazada. Pasó por el Pozo de Banfield, por Olmos y por Devoto, donde su segunda hija nació en cautiverio.
Todo estaba pensado para quebrarlas.
Pero no pudieron.
“Nosotras hacíamos todo lo contrario”, dice, y en esa frase se condensa una forma de resistencia que es también una forma de amor: compartir, enseñar, aprender, sostener, crear, seguir pensando colectivamente incluso en las peores condiciones.
“Sabíamos por qué estábamos ahí”, afirma, y esa certeza —la de estar del lado de un proyecto colectivo— atraviesa todas las historias.
Porque lo que se intentó destruir no fue solo a personas, sino a una forma de vivir: la militancia como entrega, como compromiso con el otro, como forma de amor profundamente política.
Y, sin embargo, algo de todo eso siguió.
Siguió en quienes buscaron.
Siguió en quienes criaron.
Siguió en quienes no soltaron los nombres.
Siguió en quienes volvieron a abrir estos espacios.
Hoy sigue en cada pibe que entra, que pregunta, que escucha.
“Los pibes nos reclaman la historia”.
Y en ese reclamo hay algo que se enciende.
Porque recordar a los 30.000 no es repetir un número. Es volver a traer sus vidas, sus luchas, sus sueños, su forma de amar al otro a través de la militancia. Es entender por qué los desaparecieron y qué quisieron borrar.
Por eso el Pozo de Banfield ya no es solo un lugar donde ocurrió el horror. Es un lugar donde esa historia sigue viva, donde cada nombre vuelve a tener sentido, donde cada testimonio se enlaza con el otro y construye memoria colectiva.
Un lugar donde el amor por los compañeros sigue presente.
Y donde la pregunta permanece abierta, como memoria, como herida y como compromiso:
¿Dónde están?