Hay guerras que se explican por la disputa de un territorio, por intereses económicos o por ambiciones de poder. La Guerra Civil española reúne todos esos elementos, pero encierra además una tragedia diferente: fue el momento en que una misma sociedad dejó de reconocerse como tal.
Hace noventa años, el 18 de julio de 1936, un grupo de generales encabezados por Francisco Franco se sublevó contra la Segunda República. Creían que el gobierno caería en cuestión de horas. No ocurrió. Buena parte de la población salió a defender el orden constitucional y aquel golpe militar derivó en una guerra que se prolongó durante casi mil días.
El conflicto suele resumirse como el enfrentamiento entre republicanos y nacionalistas. Sin embargo, esa descripción resulta insuficiente. La verdadera fractura atravesó pueblos, barrios y familias. Hubo hermanos que combatieron en ejércitos opuestos, matrimonios separados por la política, vecinos que dejaron de saludarse y amistades que jamás volvieron a reconstruirse. La línea del frente no siempre estaba en el campo de batalla; muchas veces cruzaba el comedor de una casa.
España llegaba profundamente dividida, aunque no condenada a la guerra.
La derrota de 1898, con la pérdida de las últimas colonias, había abierto una larga crisis nacional. A esa decadencia económica se sumaban enormes desigualdades sociales, una estructura agraria que parecía detenida en el tiempo y una vida política incapaz de ofrecer respuestas estables.
La proclamación de la Segunda República, en abril de 1931, despertó enormes expectativas. Por primera vez en mucho tiempo, amplios sectores de la sociedad sintieron que era posible construir un país diferente. Se impulsaron reformas educativas, laborales, militares y agrarias de una profundidad inédita. Como suele ocurrir con toda transformación acelerada, también aparecieron fuertes resistencias.
Pese a la creciente tensión política, la democracia seguía funcionando. En 1931 ganaron las fuerzas de izquierda; en 1933 lo hizo la derecha; y en febrero de 1936 el Frente Popular volvió a imponerse en elecciones consideradas limpias por los observadores de la época. La alternancia era posible. Lo que dejó de ser aceptable para algunos fue el resultado de las urnas.
El golpe de Estado rompió definitivamente ese equilibrio precario.
La guerra convirtió a España en un inmenso campo de batalla. Madrid resistió durante casi tres años; el Alcázar de Toledo se transformó en un símbolo para los sublevados; el Ebro fue escenario de una de las batallas más sangrientas; Guernica quedó para siempre asociada al horror de los bombardeos sobre población civil. Ninguno de esos nombres representa únicamente un episodio militar. Todos hablan del sufrimiento de millones de personas que quedaron atrapadas en una violencia de la que ya no pudieron escapar.
El costo fue descomunal. Alrededor de quinientos mil muertos, otro medio millón de exiliados, miles de presos políticos, ejecuciones y fosas comunes que todavía hoy siguen apareciendo. Uno de cada cincuenta españoles perdió la vida y otro debió abandonar su país.
El final de la guerra tampoco trajo paz y tranquilidad.
Con la victoria franquista comenzó una dictadura que se prolongó hasta noviembre de 1975. Durante treinta y seis años, el régimen persiguió a los vencidos, limitó las libertades públicas y construyó un relato oficial que dificultó durante décadas una memoria compartida sobre la guerra.
Las consecuencias económicas fueron igualmente severas. El hambre, las cartillas de racionamiento y una economía devastada marcaron la vida cotidiana de la posguerra. Recién en 1954 el producto bruto interno recuperó el nivel de 1935. Tuvieron que pasar dos décadas para volver a ser tan pobres como eran antes del comienzo de la guerra.
Sin embargo, quizá la herida más profunda no pueda medirse con estadísticas.
Las guerras civiles dejan una marca distinta a cualquier otra. No enfrentan solamente ejércitos; destruyen los vínculos que hacen posible una comunidad. Después de una invasión extranjera siempre existe un enemigo claramente identificado. Después de una guerra entre compatriotas, el recuerdo permanece dentro de cada familia.
Noventa años después, la Guerra Civil española continúa siendo objeto de investigaciones, debates y nuevas interpretaciones. No porque el pasado permanezca abierto por simple voluntad política, sino porque las sociedades necesitan comprender cómo pudieron llegar hasta ese extremo para evitar recorrer nuevamente el mismo camino.
La enseñanza quizá sea más sencilla de lo que parece. Ninguna democracia se rompe de un día para otro. Antes se deteriora el respeto por las instituciones, se debilita la confianza en el adversario y se instala la idea de que solo existe una verdad posible. Cuando eso ocurre, la política deja de ser un espacio para resolver diferencias y comienza a transformarse en un terreno donde cada elección parece una batalla definitiva.
España conoció ese proceso hace noventa años. Recordarlo no significa vivir anclados en el pasado. Significa comprender que la convivencia democrática nunca está garantizada para siempre y que preservarla exige, todos los días, algo tan elemental como difícil: aceptar que quienes piensan distinto también forman parte de la misma comunidad.
* Escritor y abogado. Autor de Sin tu Venia y Un Puente en la Niebla