El pasado jueves se firmó el Acuerdo de Comercio e Inversiones Recíprocos entre Estados Unidos y Argentina, cuyo marco conceptual ya había sido publicado en noviembre pasado. No hay mayores novedades con relación a lo que anticipaba este último, aunque a medida que se van analizando los requerimientos puntuales, brotan mayores preocupaciones.

La reciprocidad a la que hace alusión su título no existe en los hechos. Tan sólo con una primera mirada al documento, se observa que casi todos los párrafos comienzan con las frases “Argentina deberá”, o “eliminará”, o “permitirá”, etc.

El acuerdo va más allá de las cuestiones de comercio y se adentra en temas de garantías de inversión, de rol del Estado, de acceso a la información, lo que en la práctica configura una importante cesión de soberanía argentina hacia una de las principales potencias mundiales, en detrimento de otros socios comerciales como los países del Mercosur y destinos importantes de nuestras exportaciones, como China.

En materia de regulaciones, la Argentina se compromete a dar un “trato no menos favorable” a los productos estadounidenses que el que le otorga a los productos nacionales y a “eliminar las barreras comerciales que impidan una reciprocidad” entre ambos países, incluyendo la supresión de medidas sanitarias y fitosanitarias actuales.

Según la Cancillería, “Estados Unidos eliminará los aranceles recíprocos para 1675 productos argentinos en una amplia gama de sectores productivos, lo que permitirá recuperar exportaciones por 1013 millones de dólares”. Luego, se informa que la ampliación del ingreso preferencial de carne bovina de Argentina generará en 2026 un ingreso adicional de cerca de U$S 800 millones. Todo esto indica que el cárnico sería el principal (muy cerca de ser el único) sector que obtiene beneficios sustantivos. En este aspecto, habría que pensar en el impacto en el mercado interno de tal beneficio, puesto que esta mayor exportación puede reducir la oferta doméstica de carne.

En cuanto a los servicios, ocurre algo similar. La Argentina “se abstiene de imponer nuevas barreras comerciales que provean un trato menos favorable a los proveedores de servicios estadounidenses que el que reciben los proveedores locales o los de cualquier otro país”.

El documento establece una importante concesión argentina en materia de inversiones. Se deja en claro que “facilitará la inversiones estadounidenses en su territorio para exploración minera, extractiva, refinación, transporte y distribución de minerales críticos y recursos energéticos, telecomunicaciones, transporte e infraestructura de servicios en términos no menos favorables que los que les otorga a sus propios inversores”.

Un acuerdo como el que se conoció, en definitiva, no hará más que condicionar a los futuros gobiernos a los lineamientos en materia comercial que establezca Estados Unidos, en detrimento de la industria nacional y del comercio argentino con el resto del mundo.

Comprar ropa afuera

En el mismo sentido y a contramano de las políticas proteccionistas que están aplicando las principales potencias como Estados Unidos o la Unión Europea, esta semana se conocieron declaraciones de importantes funcionarios de gobierno en las que continúan defendiendo un modelo de apertura importadora que no hace más que dañar a la industria nacional, especialmente a las pymes y al sector textil en particular.

Tal es el caso del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, quien hizo alusión a la teoría económica de David Ricardo, economista británico del siglo XIX, para justificar su postura, más allá de las evidentes diferencias que existen entre el mundo actual y el de esa época.

La teoría utilizada señala que las economías de los distintos países deben especializarse en aquellos sectores en los que “son más productivas que otras en todos los productos”. Con ese concepto, se reprimariza la Argentina, algo que está sucediendo de manera acelerada, y seguramente se profundizará de aprobarse en nuestro Congreso el acuerdo con EE UU. Una simplificación teórica de algo que no se verifica en la realidad.

Los sectores que presentan mejor desempeño en la actualidad son el agro y los sectores relacionados con la minería y los combustibles. Esto implicaría un modelo de destrucción de la industria nacional y de dependencia de los sectores primarios con menor valor agregado, por lo tanto, menos demandantes de empleo y en el caso del agro, especialmente, dependiente de los vaivenes de los precios internacionales y de las vicisitudes de los cambios climáticos, situaciones que llevan a una caída importante de los productos exportados por factores que no pueden controlarse.

De modo adicional, Sturzenegger utilizó la misma expresión que el presidente norteamericano Donald Trump, la de la “cancha desnivelada”, en referencia a las relaciones comerciales entre países, pero con interpretaciones contrapuestas. Para el ministro argentino la solución a este desnivel pasa por la eliminación de las ineficiencias productivas a partir de la “integración internacional”, bajar los costos y achicar el Estado. Pero para Trump la clave está en la utilización del aumento de aranceles para “traer a la producción manufacturera de vuelta a casa, lo que generará cientos de miles de nuevos y bien pagos puestos de trabajo para los norteamericanos”.

Por su parte, el ministro de Economía, Luis Caputo, no se quedó atrás al señalar que nunca compró ropa en Argentina porque “era un robo”. La realidad es que la industria textil está pasando por uno de sus peores momentos de la historia con despidos, suspensiones y cierres de plantas. La producción en ese sector se redujo un 31,5% desde la asunción del gobierno libertario, con una pérdida de 18.000 puestos de trabajo en el mismo lapso.

Tampoco tienen en cuenta los ministros que muchos países realizan competencia desleal, al aplicar subsidios y trabajo esclavo (en especial en el sector textil).

Sturzenegger avanzó más allá en sus declaraciones y sostuvo que ante el ingreso de bienes importados no hay efecto sobre el empleo porque “cada importación crea su propia exportación” (sic) y lo que se ahorra con los menores precios se consume en otros productos.

Se trata de un modelo que se basa en el supuesto de que la economía por sí sola relocalizará a aquellos trabajadores despedidos de un sector hacia otros rubros con mejor desempeño. Pero esto sólo funciona en algunos libros teóricos sobre economía. No ocurre así en la realidad. ¿O acaso aquellos trabajadores textiles de Corrientes o el Chaco que perdieron sus trabajos se desplazarán inmediatamente a, por ejemplo, actividades extractivas como las de Vaca Muerta? Pero, además, estamos importando frutas, bebidas y ropa y maquinaria agrícola usadas, entre muchos otros productos. ¿Cuáles son las actividades donde podría aumentar el consumo de bienes producidos en el país, y por lo tanto el trabajo?

Al mismo tiempo, se intenta ocultar que estas políticas de liberalización importadora y “libre comercio” llevan a una destrucción del mercado interno como consecuencia del aumento del desempleo y la consecuente caída del consumo. ¿Qué parte de la sociedad va a consumir los supuestamente más baratos productos importados? Es un modelo que no cierra por ningún lado. Ya lo hemos vivido.