Este lunes familiares, amigos, colegas y fans despidieron los restos de Javier Martínez, baterista, cantante, compositor y ex líder de Manal, un pionero de la música popular argentina. La ceremonia comenzó en  una casa velatoria de Chacarita, para luego partir hacia el cementerio del mismo barrio.

Martínez tenía razón muchas veces, en lo que fraseaba en sus canciones. Otras, quizás, sonaba tan convincente, con su vozarrón áspero y denso, que parecía que era lo correcto. Es un ejemplo, pero algo está claro: para no sentir dolor por su partida a otro plano hay que tener jugo de tomate frío en las venas. Javier Martínez era un tótem, como Luis Alberto Spinetta o Charly García, que muchas veces generaba polémica porque decía lo que pensaba sin pelos en la lengua, y porque la música era sagrada en su concepción: el maridaje entre lo poético de la letra y la cadencia y la potencia del sonido no se negociaba.

Melómano desde chico creó un estilo urbano, proletario, recio y sobre todo con un lenguaje propio y entendible, que no era el original del estilo: fue de los primeros que planteó “che hay que cantar en castellano”. Y así fue. Con dos amigos formó Manal,  que junto a Los Gatos y Almendra, fue uno de los grupos de la primera camada de rock nacional, claves  para la música argentina. Con dos álbumes y cuatro simples el trío integrado por Martínez (voz y batería), Claudio Gabis (guitarra) y Alejandro Medina (bajo) a finales de los ’60, exhibió como se hacía y con una clara influencia de Led Zeppelin, Jimi Hendrix o grupos como Cream, pudieron demostrar que en este punto del planeta también se podía crear algo único, mezclando lo de allá, con nuestro sentir nacional.

Manal para siempre

Canciones como “Una casa con tres pinos”, “Para ser un hombre más”, “Qué pena me das” o los potentes “No pibe”, “Avenida Rivadavia”, “Doña Laura” o la demoledora “Avellaneda blues” ya son himnos del suburbio, con un aura tanguera incorporada y una verdad en cada palabra, que las convierten en emblemas de una época. Fue una banda importante por lo que significó, a pesar de tener un recorrido sinuoso y fugaz. En octubre de 1967, en la Sala del Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Torcuato Di Tella, en un homenaje a los Beatles, Javier conoció a Claudio Gabis y tiempo después le propuso armar un conjunto de blues en castellano. La música beat local se cantaba en inglés y estaba la idea generalizada que no sonaría bien. Pero Javier no tenía ese temor y quería un medio de expresión propio, un lenguaje que se adapte al idioma internacional de la música. El sonido estaba, faltaba perder el miedo. Alquilaron algunas horas en un estudio de grabación. Pasaron varios músicos, pero el proyecto hasta que les ofrecen musicalizar en vivo una obra en el Teatro Payró. Gabis conocía un bajista, sugirió convocar a Alejandro Medina, que podía poner su casa para ensayar. El músico se incorporó al proyecto, logrando una consolidada emulsión de blues, jazz y soul. La bohemia porteña de la época comenzó a escucharlos, hasta que, tras el rechazo de varias discografías, encontraron el  sello Mandioca.  Su primer disco homónimo lo publicó en 1970. Lo presentaron en Sala Apolo, ubicada en la Avenida Corrientes y Uruguay, donde habían tocado por primera vez juntos dos años antes. Los escenarios cautivados en esa época fueron varios: el Teatro Coliseo, el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, el Instituto Di Tella, y el Festival Pinap de la Música Beat & Pop ’69 fueron solo algunos, y muchos más luego de los dos discos. La disolución del terceto, tuvo una despedida: en el Cine Pueyrredón de Flores, en julio de 1971.

Manal en sus años dorados.

Martínez se sumó a Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, aportando “Salgan al sol”, entre otras, pero no duró demasiado. Luego Martínez se fue a México, tuvo un paso por los Estados Unidos y luego viajó a España. En Barcelona giró con un quinteto de jazz rock. Para luego alcanzar un éxito relativamente importante con Esqueixada Sniff, que combinaban armonías jazzeras con toques flamencos y por supuesto, bluseros. También Martínez tuvo un paso por Francia, recalando en el sur, en Toulouse. Pero la argentinidad es como un imán, y la vuelta fue inevitable.

El regreso

En mayo de 1980 se dio la vuelta de Manal: llenaron Obras Sanitarias. Los recitales en el mítico Estadio  fueron, cuentan las crónicas de aquellos años, una muestra de la ferocidad y prolijidad sonora del trío; continuaron en las provincias de Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Tucumán, siempre con localidades agotadas.  Los llevó a grabar en 1981 apareció un nuevo disco: Reunión, que eran ocho canciones que fluctuaba entre el rock, el blues, el jazz y el funk, y donde el baterista ya no era el único autor, ya que cinco temas eran de sus compañeros: tres de Medina y dos de Gabis. Siguieron juntos pero no por mucho tiempo: en diciembre del 81 en La Plata, más exactamente en el Club Banco Provincia de City Bell, dieron su último concierto oficial.

Hubo otros en realidad, pero que más bien fueron reencuentros, apalancados por productores fanáticos que los convencieron: en 2014, hubo un único concierto de una hora, preparado en secreto y celebrado ante un puñado de espectadores, un local del conurbano (en Florida, partido de Vicente López) y donde por ejemplo los acompañó un heredero como bien podría ser el Chizzo, voz y guitarra de La Renga, que fue uno de los invitados. En 2016, en el Teatro Vorterix, en el marco de un festival, subieron a tocar unas canciones. Los tres tuvieron la intención de organizar un operativo retorno y anunciaron un Teatro Gran Rex que luego nunca se concretó.

Martínez era un estudioso de la música. Antes de Manal, desde la cuna, contó más de una vez, se sintió atraído por las sonoridades. Nació en Berazategui, al sur del conurbano bonaerense, un 18 de marzo de 1946. Trabajó de chico y cuenta la leyenda que con apenas ocho años, y luego de ver la película The Glenn Miller Story, contempló la idea de ser baterista: la participación de Gene Krupa lo asombro y llegó a sus manos el libro “Método para batería”, que aquel músico había escrito. A los catorce, gracias a una almohadilla de goma en la que practicaba incansablemente, ya era experto. El estruendo del redoblante, decía él, no le hubiese permitido mejorar el golpe, la manera de tomar los palillos, la posición de la espalda y demás detalles que lo construyeron como un emblema entre los bateros. Además escucho a Little Richard,  y otros artistas afroamericanos que lo habían embelesado con esa manera de contar las penas. Solía escuchar programas radiales de jazz y rock que lo acercaban a ese seductor cosmos. El primer grupo profesional que integró fue Los Secuaces, logrando el segundo lugar en un concurso organizado por el programa La Escala Musical. Era 1964  y tocaron en el Estadio Luna Park, logrando algunas apariciones en el ciclo televisivo (bastante popular en aquellos años), lo que le abrió las puertas de algunos clubes de Capital Federal y Gran Buenos Aires, como se estilaba. Ese mismo año, Martínez conoció un reducto, ubicado en la Avenida Pueyrredón 1723, que se llamaba La Cueva.  Allí fue parte Los Beatniks con otros exploradores a como Moris y Pajarito Zaguri, mixturando blues, rock  con el bolero,  lo que los llevó a animar las noches de Villa Gesell. La banda tuvo una corta existencia y el baterista buscó otros rumbos por el jazz moderno. Fue la base ideal para luego formar Manal.

En su carrera solista, Javier Martínez también tuvo su recorrido, mostrando otros costados que de seguir en la banda que le dio fama, quizás no hubiese podido mostrar: editó Sol del sur (1983), y diez años después Corrientes, luego vino Swing (1998), Basta de boludos ( 2003)  que fue más bien una reedición de Swing con dos temas extras,  para luego lanzar Pensá positivo (2015) y Concierto en el estudio (2020). Su versatilidad e inventiva le hicieron ganarse el respeto de todos los rockeros y mantuvo vigencia, siempre siendo recordado como un creador sobre todas las cosas. Su último concierto fue hace algunos meses, en Café Berlín, en el barrio de Devoto. Tocó todas su creaciones con músicos más jóvenes que lo acompañaron y entre tema y tema tomaba whisky y charlaba con la gente. Dicen los que estuvieron presentes aquella noche que la rompió.  A pesar de los años no había perdido el poder de hipnotizar con sus golpes y de seducir con su voz.