La normalidad de una charla con Adrián Stoppelman es una zambullida por una diversidad de temas, siempre en un interesante ir y venir entre la actualidad y el humor. En esta ocasión el motivo es, paradójicamente, Total Anormalidad. Es que arranca el 2026 y ese es el nombre de su nuevo espectáculo, que viene a ocupa el lugar de Desinteligencia Artificial, el show de la temporada que acaba de cerrarse.
La inminencia de estreno, lleva una continuidad durante todo el primer mes del año: viernes 9 a las 21 en Hasta Trilce, Maza 177 (Alternativa Teatral); el sábado 10 a las 21 en Otromundo Teatro, Almirante Brown 3589, Temperley (Passline); el sábado 17 en Perón Perón Lanús, avenida. 9 de julio 1999 y el sábado 24 en Perón Perón San Telmo, Bolívar 813 (Reservas al 1135905745).
-Lo anunciás como “80 minutos de humor garantizado”. ¿Por qué Total Anormalidad?
-Me da la sensación de que estamos naturalizando la anormalidad de estos tiempos: normalizamos la estupidez, la ignorancia, la crueldad… Nada de lo que considerábamos “normal” es tal. Nadie imaginó que no vacunar a sus hijos fuera algo normal. Y dicen: “No sé qué tiene adentro la vacuna”. Tampoco sabés qué tiene adentro una salchicha, ni la gaseosa, ni siquiera el agua, y pretendés saber sobre medicamentos… Jubilados que se quejan de otros jubilados que protestan porque ganan poco. Gente que dice: “Ahora puedo comprar lo que quiera del exterior” pero no tiene trabajo ni sueldo… Ni hablar de la crueldad contra los discapacitados, avalada por millones de personas, y todo sucede como si nada. Eso se refleja en la vida cotidiana. Como no hay plata, hay menos reuniones sociales, más individualismo y la vida empieza a ser mucho más anormal… Totalmente anormal…

-¿Cuán diferente es este show respecto de Desinteligencia Artificial?
-Mis espectáculos, en general, suelen tener una suerte de “continuidad conceptual”, como diría Frank Zappa. No es necesario ver el show anterior para entender el nuevo, pero sí hay una línea, a veces imperceptible, en cuanto al contenido. Desinteligencia Artificial me dio muchas satisfacciones. Y la gente respondió muy bien, tuvo mucha aceptación, y lo más importante, muchas risas. Eso es lo que vale en este tipo de espectáculos: la risa aliviadora, la risa pícara, la risa socarrona, la risa catártica… Porque mi idea, más allá del contenido, es que la gente se ría.
Y si además, eso ayuda a reflexionar o a ver la realidad desde otro ángulo, o a aliviar el peso de la realidad, bienvenido. Pero el objetivo fundamental es reírse. Porque reírse hace bien.
De hecho Total anormalidad retoma un poco en el punto que dejé el show anterior, y de ahí arranca por caminos nuevos.
-Siempre te nutrís de imágenes, textos, noticias publicadas… ¿Cómo será en esta ocasión?
-Creo que ya es como una marca, un estilo. Tengo tantas noticias y recortes que podría hacer varias horas de show simplemente con eso. Pero claro: un show es algo más integral. Las cosas hay que ponerlas en contexto y al servicio del mensaje, y generar un hecho artístico. Si no, sería un streaming o un programa de radio… El objetivo es ridiculizar la realidad, o como nos quieren hacer ver la realidad, cómo influyen en nuestra forma de pensar y hasta de vivir. Es la era de los influencers y las tendencias. Y en general, todo es bastante superficial y estúpido. Y el humor está para eso: para revelar lo estúpido de las cosas
-¿Cuánto te dura un espectáculo como el tuyo que surfea entre la sátira y la realidad?
-Es un tema complejo, porque en un punto depende de la realidad, no de mí, jaja.. No es lo mismo hacer humor cuando las cosas van bien que cuando van mal. Los shows duran lo que el público demande. De cualquier manera, cualquier show de humor tiene la ventaja de que puede adaptarse semana a semana. No es una obra teatral cerrada. Hamlet no se puede cambiar porque Trump invada Venezuela.
Justamente, para poder manejarme entre la sátira y la realidad, elijo alejarme un poco de la realidad “política”. Una cosa es el humor político, y otra el humor de actualidad. El humor político sería un monólogo de Tato Bores, donde el único tema, salpicado, es la política, los políticos y lo que sucede alrededor de eso. La actualidad es más vasta: abarca las modas, las “tendencias”, la influencia del mundo digital, las costumbres que cambian, la nostalgia, y por qué no, hasta la vida romántica y sexual. Incluso las consecuencias de las políticas económicas y sociales, pero vistas de este lado del mostrador. Nadie soporta hoy un show de humor político. Ni el humorista. Yo no lo aguanto. Y el público tampoco. Es más: en el show, la actualidad política aparece de una forma muy esporádica y sorpresiva, no con la forma tradicional del “humor político”.
-Es más o menos fácil o complejo hacer humor ahora respecto a otras épocas? ¿Cómo notás a la gente que te va a ver, su ánimo, su complicidad, su compromiso. Alguna vez dijiste que se convirtió en una “experiencia catártica”…
-Estos tiempos tienen mayores dificultades que los anteriores. Un problema del humorista son las redes: millones de personas hacen chistes y comentarios graciosos, memes, reflexiones… Y dada la característica del humor, lo más probable es que yo llegue, por los caminos de las técnicas del humor, al mismo resultado. Alguien podría decir: “lo leí en internet”. Y sí, es posible que lo hayas leído. Hay una inteligencia colectiva que supera lo individual.
Por otro lado está el ánimo del público. La vez pasada un amigo vino a ver el show y me dice al terminar “menos mal que no es todo política, yo creía que era todo política”. Y no. Yo sé que no tiene que ser así. Porque la dificultad de estos tiempos, también, pasa por poder estar a la altura del delirio generalizado. No es fácil superar la locura de la anormalidad. Hay que poder entrar en un terreno muy difícil, al que solo pueden acceder figuras de renombre mundial, como Ricky Gervais, que llevan el humor a un nivel de crueldad, casi. No es mi intención ni mi estilo. Yo hago el humor que puedo dentro de las circunstancias: habrá chistes blancos, verdes, negros, tontos, todo lo que haga reír, sin lastimar a mi público.
-Siempre decís: “el humor alivia y hace bien”. ¿Al público y también al humorista?
-Sin dudas. Para mi tener el espacio de radio con Víctor Hugo, mi espacio en Radio Gráfica, y mi lugar arriba de un escenario, son las formas de sobrellevar la realidad circundante y mi propia realidad, que no es ajena a la de cualquier argentino. Voy todos los días al súper (es un decir, eso era antes: ahora voy cuando puedo). Soy de los que pasamos del Higienol doble hoja al Campanita gris, del vino de etiqueta al tetra para cocinar o para bajar con soda… Y sé que a muchos nos pasa lo mismo. Soy uno más. Simplemente tengo el micrófono y lo articulo con humor. Sin el humor, la vida sería insoportable.
