UNO. En 1908, Pu Yi tenía dos años y un trono que le quedaba enorme. Último emperador de los Qing, reinaba sobre un imperio que se desmoronaba en silencio. En 1912 lo obligaron a abdicar tras la Revolución de Xinhai y pasó trece años encerrado en la Ciudad Prohibida de Pekín, rodeado de eunucos y seda. Mientras tanto, China estrenaba su primera república, soñada por la sociedad secreta Gelaohui, como esos zapatos nuevos que aprietan

Pero el otoño de 1931 trajo algo más que hojas secas. En Mukden explotó un tramo de vías y el Ejército de Kwantung usó ese estallido para entrar a Manchuria con la sonrisa rígida del invasor que ya no hace esfuerzo por disimular. Esos japoneses necesitaban un rostro “chino” para legitimar el botín, algo presentable para las cancillerías y los diarios. Lo encontraron en Aisin-Gioro Pu Yi, el emperador destronado. Lo movieron en secreto y así nació Manchukuo, un Estado de utilería plantado sobre una tierra saturada de carbón, soja y fantasmas.

Pu Yi aceptó el título de “jefe de Estado” primero y de emperador Kangde después, una segunda coronación sin gloria. Firmaba decretos con caligrafía impecable, casi delicada, mientras los ingenieros imperiales enviados desde Tokio exprimían la región para alimentar fábricas y cañones, como si ordeñaran limones de hierro. El gran palacio de mármol italiano en Changchun lo aislaba del hambre de los valles, de los campesinos que se hundían en el barro. Adentro seguía exigiendo que lo llamaran “el de arriba”. Afuera, el arriba se escribía con caracteres japoneses.

En agosto de 1945 el mundo se encogió de golpe. Hiroshima estalló primero, pero el verdadero trueno para Pu Yi bajó desde el norte. La Unión Soviética, fiel a la letra de Yalta, lanzó más de un millón de soldados sobre Manchuria en una ofensiva relámpago. Avisado de que el telón se venía abajo, Pu Yi firmó otra abdicación el 17 de agosto. La mano le temblaba más que la tinta.

DOS. Pu Yi esperaba en Mukden un vuelo hacia Corea, última escala para un exilio prolijo bajo ala nipona. Pero el que aterrizó en la pista fue un Li-2 soviético, con la panza llena de soldados. El Hijo del Cielo apareció en el borde de la pista con las joyas cosidas en el forro de la chaqueta y unos anteojos redondos que lo hacían parecer más maestro tímido que emperador derrotado. Para muchos de esos paracaidistas era apenas un señor flaco que temblaba como gato en tormenta eléctrica, aunque su nombre todavía arrastraba siglos de mitología.

El Ejército Rojo se lo llevó a Chita, cerca del Baikal, como se guarda un objeto raro en una vitrina de museo. El exemperador encontró un cautiverio con aguas minerales y comida tres veces al día. Descubrió el té ruso, las caminatas entre pinos con amantes de toda altura y género. En esos años, más tarde retratados en su autobiografía De emperador a ciudadano Pu Yi recordó esa vida en la URSS con una mezcla incómoda de alivio y culpa.

En 1946 lo llevaron a Tokio para testificar ante el tribunal militar que juzgaba a los líderes japoneses. Ahí denunció a quienes lo habían usado como títere, habló de opio, manipulación y falsas promesas, y después declaró “no recuerdo” con una disciplina que desesperó a los abogados defensores. Con esa verdad recortada se salvó del pelotón y volvió, bajo custodia soviética, a un limbo diplomático en Siberia mientras Stalin pensaba qué hacer con él.

Cuando Mao tuvo el tablero bajo control, en 1950, Moscú decidió entregar el trofeo. Pu Yi regresó a China rumbo al Centro de Reeducación de Fushun.. De emperador pasó a preso número 981. Durante 10 años lo sometieron a sesiones de autocrítica, trabajo manual y clases de marxismo, como si limaran capa por capa un ídolo de arcilla. Salió en 1959, convertido en jardinero y luego en empleado de una biblioteca de Pekín, un ex Hijo del Cielo que hacía fila para tomar el tranvía.

TRES. A miles de kilómetros de China y muchas décadas después, Nicolás Maduro también aprendió lo que pesa una pista de aterrizaje cuando lo que llegan son fuerzas especiales extranjeras. Como Pu Yi, terminó como pasajero obligado mientras en Caracas todavía resonaban explosiones y comunicados patrióticos que ya no tenían dueño.

Pu Yi confió en palacios de mármol y sellos imperiales, Maduro en bunkers, servicios de inteligencia y discursos sobre soberanía. Uno terminó en un sanatorio siberiano, el otro en una base militar estadounidense; los dos cruzaron la misma puerta invisible donde el poder se derrite y sólo queda el sonido de los motores de los aviones. Pu Yi y Maduro, separados por ideología y siglo, entendieron que cuando la pista se aleja, la verdadera torre de control maneja el vuelo a otro cielo.

Dos caídas y un aterrizaje forzoso

La dinastía Qing nació en el siglo XVII cuando los manchúes cruzaron la Gran Muralla, tomaron Pekín y se convirtieron en la última casa imperial de China. Los Qing gobernaron un imperio multiétnico enorme. Las derrotas frente a potencias occidentales y Japón desembocaron en la abdicación de Pu Yi en 1912.

– El intento japonés de revivir a Pu Yi como emperador títere en Manchukuo terminó con su captura, reeducación y vida como ciudadano común, cierre simbólico de cualquier regreso Qing.