Pianista, compositor, arreglador y director de orquesta, Agustín Guerrero es uno de los músicos más comprometidos y audaces del tango del siglo XXI. A los 16 ya comandaba la Orquesta Típica Cerda Negra, que giró por Alemania y cerró el Festival de Tango de Buenos Aires.
Al poco tiempo, cruzando el tango y las vanguardias, armó la Orquesta Típica Agustín Guerrero. Desde 2016 dirige su quinteto: un ensamble eléctrico y progresivo que recorre un sonido instrumental que articula tango con el lenguaje de Frank Zappa, King Crimson, Stravinsky y Bartok.

Vive en Burzaco, tiene 35 años y hace apenas días lanzó “De estirpe conurbana”, una pieza dividida en dos partes que combina milonga con poesía de Pablo Marchetti y un tramo más áspero cercano a la improvisación. El Agustín Guerrero Quinteto presentará Popuelitismo, un concierto musical-literario, el sábado 25 de abril a las 20 en La Casa (Collet 1021, Claypole).
-¿Cómo empezaste en la música? ¿Siempre supiste que era tu camino?
-A los 5 años me regalaron un pianito para el Día del Niño. Era un teclado y fue lo primero que me gustó. Mi viejo tocaba un poco la guitarra, entonces tocábamos algunas cosas, jugando. Mi hermano, que es más chico, también se enganchaba y terminó siendo bandoneonista.
-¿Tomaste clases de piano?
-A los 9 años tomé mi primera clase con Julián Peralta, que tenía 24. Después pasé por varios profesores y al tiempo ya entré al Conservatorio Julián Aguirre y estudié ahí. Tuve un interés muy temprano por crear mis canciones, crear música. También pasé por otros instrumentos, pero el piano es mi predilecto.

-¿En tu casa sonaba mucho tango?
-En casa sonaba mucho folklore argentino y el tango entraba dentro de ese repertorio que sonaba, era parte de la misma lógica que usábamos para poner música. Para mí era todo lo mismo, música nuestra: escuchar a Cafrune, a Troilo o Gardel. Era toda una mezcla que nos gustaba, y crecimos escuchando eso.
-¿Hubo algo particular que te inspiró?
-Sí. Con mi hermano íbamos a los ensayos de lo que iba a ser la Fernández Fierro, que en ese momento eran unos pibes de la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Julián Peralta y nos llevó. Primero se llamaban Fernando Branca, por el fernet, luego Fernández Branca y ya después Fernández Fierro. Tocaban cinco tangos nomás. Recuerdo que tocaron en vivo y fuimos. Cuando escuché los bandoneones y la típica, me encantó. Escucharlo en vivo me marcó. Fue el primer recital al que fui en mi vida.

-¿Te gusta el ocio?
-Sí, pero no totalmente. Siempre estoy haciendo algo, con una idea. Aprender, hacer, crear, compartir, gestionar, siempre trato de aprovechar mi tiempo. Mis amigos en la secundaria se iban a bailar o a salir, y yo me quedaba tratando de hacer tal o cual canción o intentando desarrollar tal o cual proyecto. Mi gusto pasa por lo que hago. No me cansa ni me agobia.
-¿Qué te atrapó de Frank Zappa?
-Conocí su obra ya de más grande, a los 18 años. Empecé a entrar en el rock, un terreno al que no le daba pelota, a esa edad. Lo primero que me sorprendió fue King Crimson, y así, de ir escuchando, llegué a Zappa. Tuve un profesor de composición, Néstor Ibarra, con el que estuve 8 años, y con él conecté con la batería y ahí llegué a conocer más a Zappa, que tenía incluso obras escritas para batería. Luego, en la Universidad Maimónides, donde estudiaba, algunos profesores me ayudaron a reafirmar ese gusto, y tuve una fascinación.

-¿Te pasó con otro músico fuera del tango?
-Me pasó cuando escuché el Cuarteto de cuerdas de Béla Bartók, uno de los mayores compositores del siglo XX. Fue uno de los fundadores de la etnomusicología, un húngaro que es una locura. También Igor Stravinsky. Esos me marcaron. Fue una revelación, me los pasaba escuchando ese trío: Zappa, Stravinsky, Bartók. Me fascinó. Y lo mezclé con el tango.
-¿Del tango cuáles son tus predilectos?
-Horacio Salgán, Astor Piazzolla, Osvaldo Pugliese. Sería mi podio. El primero es el que más admiro, es el modelo de buen músico. El segundo, como creador, también es un crack, y el tercero es un personaje clave para la cultura argentina. Muy groso, siempre me gusta escucharlos y analizar su música.

-¿Qué te gusta por fuera de la música?
-Me gusta leer: literatura, cuentos, poesía y novelas. Dostoyevski, Tolstói, Borges, Rubén Darío. Me gusta el cine. No soy de las artes visuales, pero me entretienen. Y me gusta acercarme a los que sí saben: el otro día hablaba con un amigo sobre si había una obra maestra mejor que la saga de El padrino. Me gusta la estética de Tarantino: mi preferida es Django. La estructura y el mensaje. Eso te nutre.
-¿También la filosofía te gusta?
-Sí, leo bastante filosofía como para tener un marco teórico en las cosas que hago en mi trabajo. Practico el budismo, y eso me interesa. Una rama del budismo llamada Soka Gakkai.

-¿Cómo es?
-Es un movimiento impulsado a nivel global por budistas laicos, basado en las creencias de un monje japonés del siglo XIII, llamado Nichiren Daishonin.
-¿Cuáles son los principales preceptos?
-Soka Gakkai no ve al budismo de una forma espiritual y metafísica exclusivamente, sino como una filosofía de vida aplicable. Trata de la práctica budista como una manera para que las personas desarrollen su carácter, sabiduría y fortaleza para mejorarse a sí mismas y sus circunstancias, para contribuir a la sociedad y para ayudar a atraer felicidad y paz.

-¿El humor es una herramienta importante?
-Absolutamente. Se ve sobre todo en mi quinteto. Está vinculado con lo humorístico, y tiene algo de Zappa, algo medio paródico, como jugar con lo que planteamos musicalmente. Es algo que comparto mucho con Pablo Marchetti, que es el poeta del quinteto. Él fundó Revista Barcelona y siempre trabajó el humor, y eso me encanta. Esa es la idea en común que tenemos. Él me ayudó a clarificar que el humor es la mejor herramienta de cuestionamiento y de crítica. Ridiculizar lo solemne o lo establecido como bien. Hay cierta profundidad intelectual en Capusotto. O en Saborido. Para combatir la estupidez humana no hay nada mejor que el humor. «
