Agustín Lucas apoya la espalda contra la pared del pasillo de la platea alta de la Bombonera, la cabeza inclinada. Jueves por la noche, entretiempo de Boca-Universidad Católica por la Copa Libertadores. Boca no le hizo ni cosquillas a la Católica: el uruguayo sabe que no siempre suceden milagros en el fútbol. Agustín Lucas –40 años– jugó de central entre 2004 y 2017 en Wanderers, Sud América, Cerro Largo, Liverpool y Albion en Uruguay; en Comunicaciones en Argentina; en Deportivo Jalapa en Guatemala; y en Deportivo Anzoátegui en Venezuela. Ahora está en Argentina porque presentó la edición local de Caballo (Nido de Vacas), mezcla de novela y diario íntimo, un viaje por la vida del jugador, también editada en Uruguay y en Brasil (el 19 de junio la volverá a presentar en la librería “La Libre” de San Telmo). Zaguero, poeta, escritor, montevideano e hijo de tupamaro, Agustín Lucas, mientras mira Boca-Católica, no puede dejar de ponerse en la piel de los jugadores –en la del futbolista medio sudamericano–, por ese torrente emocional que los recorre y los agita, de aquí para allá. “El futbolista es un revólver pesado de oro sucio”, apunta en Caballo. “Fútbol, ese techo de lata que con la lluvia suena a muchedumbre”.

—“Jugar al fútbol es vivir al margen. Jugar al fútbol es el sueño americano. Dejarlo todo en la frontera para encontrar del otro lado, otro arco más lejano como en esas canchas interminables de los dibujitos”, escribís. Hace diez años me decías que tu centro era ser “un jugador de fútbol de la B”. ¿Caballo es el lado B del ser futbolista?
—O quizás es el lado A y el lado B es el otro. Porque en realidad la mayoría de los futbolistas que lean la novela, tanto en Uruguay como en Argentina –y me animo a decir que más allá del Río de la Plata–, entiendo que se sentirán identificados. Habría que ver si la minoría en general representa al lado B; quizás el lado B del fútbol sean Lionel (Messi) y Luis (Suárez). Y el lado A, (Darío) Dubois. Aunque si a Dubois le pudieras preguntar de dónde es, te hubiera dicho que del Ascenso, y yo creo que respondería lo mismo: un escritor y un futbolista del Ascenso.
—“Hay algo de sumisión cuando los técnicos hablan y los jugadores callan. El jugador pensó en la variedad de técnicos abusivos que había tenido. Como aquel que contaba que cogía pendejas, como el otro que medía los pitos cuando todos se iban a bañar. O el otro que le pegaba piñas a las paredes gritándole cagones”, se lee en Caballo. ¿A quiénes –y a qué– está sometido el jugador-caballo?
—Quizás en estos tiempos –ojalá– haya cambiado un poco; hay otros parámetros a los que vivió el jugador de la novela, aunque no fueron hace tanto. Lo que seguro no necesitamos son técnicos machirulos, violentos. Ya venimos de ese mundo; eso es lo que necesitamos romper, en realidad. Y una referencia como el técnico debería aportar a romper con eso y no a ponerles fichas; parar la oreja, escuchar, permitir que sucedan otras experiencias en el día a día que apliquen a lo sensible. Que impliquen revisar que si somos 30 en el plantel más el cuerpo técnico, seguro alguno está aplicando alguna violencia o la aplicó o la va a aplicar si no trabajamos sobre eso. Relativizar algunas garras, porque sabemos que la garra dejó de ser –o nunca lo fue– del machito jugador que tenemos adentro. Ese es un partido diario que siempre arrancamos perdiendo. ¿Que si todo esto tiene que ver con el fútbol y con el resultado? Claro que sí.

—“Las lesiones duelen mucho más en la cabeza que en los músculos”, se afirma en la novela. ¿Qué no vemos cuando se lesiona un futbolista? Y, en general, ¿qué no muestra la TV de la vida del jugador, de qué se no habla, no indaga?
—Cuando un jugador o una jugadora se lesionan, no vemos nada. Vemos sólo el crack del hueso. Lo último es el fetiche. Después viene el olvido y la soledad. Pero no la de tu gente, la de la gente que te quiere, incluso la de tu club, la de tus compañeros o compañeras o la de gente que trabaja en el club; es otra soledad: es la del olvido, y no es ni intencional. Simplemente es lo que pasa. También pasa cuando vas al banco de suplentes. No precisás lesionarte para sentir esa soledad. Pero lesionarte es materializarla, es hacer tangible lo efímero, lo que ya se fue.
—Cito: “El último partido es el fin de un romance”. ¿Qué recordás de tu último partido?
—En el Albion, el cuadro más viejo del Uruguay, fundador de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Más de 120 años y aún no había jugado en el profesionalismo. Estábamos en la C –que en Uruguay es amateur aunque pertenece a la AUF–, habitaba el Albion en la C desde siempre, y ese año, 2017, ascendimos. La final, con Colón, en el Estadio Centenario, era onírica. Pero me rompí el abductor y enseguida me di cuenta de que era el último partido. Por suerte salimos campeones y levantamos la copa. Son muy simbólicas las lesiones. Al final de los tres ascensos que tengo como jugador siempre terminé estando afuera por una lesión. Me estoy dando cuenta de eso ahora. En la Institución Atlética Sud América, en la IASA, creo que también un aductor; fui al banco, igual el Turco (Alejandro Apud) me tendría que haber puesto un ratito. Y en Liverpool jugaba menos, o sea jugaba Facundo Mallo (hoy zaguero de Rosario Central) para que quede claro; tuve una pubalgia que me terminó de marginar sobre todo del cierre del año, pero dimos la vuelta con unos amigos hinchas, y eso vale todo. En los tres clubes participé en toda la construcción, incluso como capitán en Albion y en la IASA, pero al final otros jugaron por mí, otros defendieron mi camiseta, mis amigos, algunos hermanos; no sé cuántos partidos jugó el Bebu Ángel Luna –argentino– en la IASA, de enganche con la número 4, que era la que usaba yo. Es una nostalgia para siempre la de haber sido futbolista, y es hermosa de llevar, y también duele, pero haber sido futbolista es un privilegio.
—¿Qué es el fútbol en Centroamérica, qué es el fútbol latinoamericano, aunque no sea igual en Argentina y en Uruguay que, supongo, en Guatemala y en Venezuela?
—El fútbol en Centroamérica es encantador. Amo Guatemala y Venezuela, donde me hice amigos y amigas, hermanos y hermanas, y jugué al fútbol, porque tuve la chance de hablar ese lenguaje tan local y tan universal. En Argentina y en Uruguay se vive parecido, pero es totalmente distinto, es otra idiosincrasia, ni mejor ni peor, distinta. Por eso, discrepo con (Rodrigo) De Paul también en esto –lo otro es cuando dijo que los futbolistas no hacían política y tenía la mano sucia de Donald Trump–: el clásico de Argentina es Uruguay. Brasil también, así como también lo es para Uruguay. Lo dice la historia.

—¿Qué le pasa al mundo, a tu mundo y a Uruguay, cuando hay un Mundial? ¿“Cerrado por fútbol”, como el cartel que Eduardo Galeano colgaba en la puerta de la casa?
—Estoy intentando reubicar todo lo posible para, al mejor estilo Galeano, ver todos los partidos. Ya están todos los partidos en el Google Calendar, y todo tiene que ver con eso. Otra cosa es que, por supuesto, critico que la Copa Mundial se juegue otra vez allá, en Estados Unidos, y que se alimente esa cultura, pero el mundo cierra por Mundial, porque el mundo es así. El mundo es el mundo con fútbol. El mundo sin fútbol no existe.
—¿Qué le pasó a Marcelo Bielsa con y en Uruguay?
—Esta historia nunca la cuento por la historia misma, sino porque todo es básicamente que la cultura futbolera uruguaya es única. Ni mejor ni peor: es única. Muchas veces incluso los argentinos piensan que es igual, y no. El periodismo es distinto, las críticas que te hacen son distintas, la farándula es distinta, las costumbres son distintas. Eso fue lo que le costó a Bielsa al inicio. Y después sufrió cosas como lo de Suárez, que terminó siendo como la gata flora. “Quiero o no quiero”. Pero lo cierto es que, cuando él llegó, me anoté para la conferencia de prensa pero no para preguntar porque no había visto el mail. Entonces escribí una nota en la diaria sobre esa pregunta que quería hacerle sobre una cosa re social. Y le mandé la nota cuando conseguí su número telefónico. Como no me respondió, escribí otra nota que se llama “Querido Marcelo Bielsa”; lo invitaba a comer un asado en mi casa cuando él quisiera con su esposa. Y se la volví a mandar y ahí me llamó y estuvimos hablando unos minutos por teléfono. Al principio estaba medio enojado porque había conseguido el número. Que hacía 20 años que no hablaba con un periodista. Y le decía: “Yo ejerzo de periodista, pero soy escritor y fui futbolista. Lo único que en realidad quiero es invitarlo a comer un asadito en mi casa cuando quiera, para que se sienta como en casa”. Y en un momento se cortó la conversación, que estaba divina. Él me empezó a decir que respetaba mucho a los barrios uruguayos, que respetaba a (Alfredo) Zitarrosa, porque se lo había nombrado. Y se cortó, y como me había dicho todo eso, no volví a llamarlo ni a insistir. Al rato me mandó un audio como empatando el partido, como diciendo: “Bueno, creo que nos entendimos”. Y me agradeció la conversación y hasta ahí llegó nuestro amor.
—¿“Uruguay no propone futbolísticamente, sino que responde”, como dijo el histórico Hugo de León, multicampeón con Nacional, mundialista en Italia 90?
—Bastante de derecha Hugo de León, aunque no viene al caso. Igual, una cosa es jugar a proponer o a responder y otra es la cultura futbolera uruguaya. El problema no es que Uruguay proponga, porque puede proponer Uruguay. ¿Cómo no vamos a poder proponer con los jugadores que tenemos? El problema que tuvo Bielsa es que terminó de entender tarde nuestra cultura futbolera. Después de todos los quilombos, citó una canción del Canario Luna que ya la sabemos todos. Era antes la canción, ese es el tema. De todas formas la terminó entendiendo, y Bielsa es fiel a nuestra cultura; la ha vivido y la ha ido conociendo, sobre todo yendo a ver fútbol a las canchas chicas. En esas canchitas está nuestra esencia, en los gurises y las gurisas que se le arrimaron y en que seguro nadie le rompió las pelotas. Lo dejaron ver el partido tranquilo, y nadie nunca le gritó que tenía que poner a tal o a cual. Eso no tiene precio. No nos hace ni mejores ni peores; tenemos nuestros pequeños infiernos también como buen pueblo chico que somos, pero somos nosotros, somos únicos, somos yoruguas. Esa cultura es la que en el Mundial te determina, pero no para salir campeón, sino para que tu pueblo se identifique contigo. Si Bielsa logra eso, es casi como salir campeón del mundo.

—“Un argentino te invita a un club antes que a su casa”, escribís en Caballo. ¿Por qué? ¿Y por qué cruzás seguido para ver a Boca como si fueras un bostero de toda la vida?
—Podría decirte que tengo en Argentina amigos, amigas y familia que nunca voy a dejar de ver, y que haré e inventaré cualquier excusa por verles. En esta venida a Buenos Aires para presentar Caballo, voy a ver a Comu –igual en la última también fui–, donde jugué y forjé amigos y además el Cartero forma parte de la novela. Por ejemplo, la gente hincha de Comu que bancó el club para que no desaparezca, que se plantó y que a mí, que soy uruguayo, me enseñó a querer con el corazón todo eso; esa gente te invita al club antes que a su casa. Por otro lado está Boca, que está en mi vida desde tiempos inmemoriales, quizá desde que el Chango Miguel Ángel Estrella, el pianista argentino, le regaló a mi viejo una camiseta de Boca en el Penal de Libertad, presos ambos por la dictadura. Después, ni qué hablar, por Diego, mi amigo de toda la vida. Pero mi amigo el bostero Juan Pablo Drescher fue quien lo cristalizó, quien le permitió a mi vida ver a Boca, hacerlo tangible, hacer tangible a Diego. Nunca voy a olvidar ningún partido de los tantos que hemos visto juntos desde hace 12 años, justo 12. Pero aquel en el que Boca salió campeón en la Bombonera, con Diego en la cancha dirigiendo a Gimnasia La Plata y haciendo como que tenía alas, eso es un subidón único.