Un negociado de Ivanka, la hija presidencial, en sociedad con inversores de Arabia Saudita, Emiratos y Qatar, fue frenado por la movilización popular. La complicidad del gobierno local.

Pero no contaban con el poder de los flamencos y, sobre todo, del pueblo movilizado. Por ahora, las puertas se cerraron y las ambiciones quedaron truncas.
El año pasado, cuando todo iba sobre ruedas, Ivanka y su hombre dijeron que habían destinado más de 1000 millones de dólares a la compra de una isla (Sazan) de 567 hectáreas en la que vieron la ocasión de construir un complejo turístico de súper lujo. Pero le erraron, aunque el primer ministro Edi Rama, un abanderado del desarrollo turístico a cualquier precio, logró facilitarles todo para que la pareja concretara sus planes económicos. Todo es darles a las empresas vinculadas a Trump-Kushner el status de “inversor estratégico”, una figura que acelera los permisos y facilita las expropiaciones. Y también una ley que rebajó el nivel de protección ambiental de la isla. Para redondear las facilidades, cero de impuestos y el Estado haciéndose cargo de la caminería, el agua, la electricidad, el alcantarillado y hasta el aeropuerto.
Recuerdos de la guerra
Cuando empezaron a desarrollar el plan, la hija de Trump explicó que para iniciar las obras –según Rama insumirían un total de 4700 millones de dólares– debían esperar a que fueran retirados los artefactos explosivos sin detonar que están dispersos por toda la isla. Son parte de los resabios de la Segunda Guerra Mundial y los posteriores años de la Guerra Fría que ocupó a Oriente y Occidente hasta la disolución de la Unión Soviética, en la década de los años ’90 del siglo pasado.
Quienes han ido a Sazan confirman que la isla está llena de señales con calaveras que advierten sobre la presencia de minas terrestres, un algo que opaca el clima subtropical de biodiversidad asombrosa en el que reinan los flamencos rosados, una especie protegida que ha hecho de la soledad isleña el mejor refugio en su ruta reproductiva.
A pesar de resaltar el valor y la belleza de los terrenos en juego, el gobierno de Albania asegura que la entrega de la isla supone una “colaboración”, no una venta, y observa con desdén cómo la dupla Trump-Kushner empezó a talar los bosques de la zona e instaló alambradas de púa para impedir el acceso de intrusos al predio. El plan de la pareja estadounidense tiene dos patas. Una es la isla de Sazan, donde se construirán 10 mil habitaciones, además de un puerto de veleros y villas de lujo. La segunda es la laguna de Vjosa-Narta, un humedal protegido por ley desde 2004. “Maquinaria pesada arrasa uno de los hábitats costeros ecológicamente más importantes de Europa. Lo hace sin una evaluación medioambiental y con el gobierno dándoles explicaciones falsas a la sociedad y al Parlamento”, resalta la denuncia de una red de decenas de organizaciones ambientalistas.
Ex base militar
Rama relaciona la paz actual del mundo isleño con el pasado reciente, en el que Sazan era una base militar con viviendas, teatro, escuela y un hospital especialmente preparados para las 150 familias militares destinadas allí. Con 65 kilómetros de senderos, 12 kilómetros de túneles y 3600 estructuras blindadas con gruesos muros de hormigón. Esa infraestructura civil, hoy abandonada, es una de las muestras de lo que fue Albania bajo el liderazgo de Enver Hoxha (“el gran sectario”, como le llamaban en el mundo socialista en los tiempos de Mao y de Kruschev), que mantuvo al país al margen de lo que el siglo XX conoció como la “polémica chino-soviética”, tan lejos de Pekín y de Moscú como de Washington, tan lejos del Pacto de Varsovia como de la OTAN.
En los últimos años, bajo la conducción de Rama y el auge de la corrupción, bien visible por ejemplo en los privilegios dados a Ivanka Trump y su marido, Albania ha crecido en la visión de los operadores turísticos. El gobierno de Tirana, la capital, exhibe los números con orgullo: el año pasado tuvo 12 millones de visitantes, un 15% más que el precedente. Paralelamente, habla con rencor de sus vecinos –los de la región que “padecen la envidia”, les dice– y les adjudica ser los promotores de “esta guerra híbrida que sufrimos”. Así le llama a la conjunción entre los flamencos y las multitudes crecientes que se manifiestan día tras día en las calles de las ciudades albanas.
Flamenco rosado
Sin llamarlo por su nombre, cuando habla de la región, Rama habla de Grecia, y a veces se le escapa el nombre de Alexis Tsipras, el exprimer ministro de efímera vida política. Para el gobierno albanés “el país está sometido al ataque de una competencia muy fuerte”, nada menos que de un contrincante que tiene todo para ofrecer, la milenaria Grecia, cuna de todas las culturas de Occidente. Lo cierto es que históricamente el griego común siente un profundo rechazo por sus vecinos del noroeste, tal como salta a la luz en las opiniones degradantes que Petros Márkaris pone en boca de Kostas Jaritos, el investigador policial estrella de sus novelas.
El flamenco rosado, emblema de las protestas, recuerda al pato amarillo de Serbia, símbolo de las denuncias populares contra la corrupción y la especulación inmobiliaria (un negocio mixto con Estados Unidos por el que se reconvertiría el edificio del Ministerio de Defensa, en Belgrado, en un hotel de lujo). Como en la Albania de hoy.
A las mismas exactas causales de repudio que los Trump generan ahora hay que agregar aquí una decidida defensa de la cuestión ambiente. Se trata, además, de una exigencia ineludible de la Unión Europea, la estructura comunitaria de 27 países a la que el gobierno de Tirana quiere ingresar desde hace años. Y justamente, el martes último la Comisión Europea anunció que si Albania no se compromete con la legislación medioambiental comunitaria debe olvidarse de su proceso de adhesión a la UE.
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