Alejandro Dolina: “Me apasiona lo que hago, no pienso retirarme para jugar al chinchón con mis cuñados”

Por: Sebastián Feijoo

El gran escritor y conductor llega al Konex junto a Cora Barengo para presentar "La noche extraviada". En diálogo con Tiempo, reflexiona sobre el poder, el arte y la finitud en un presente atravesado por la crueldad.

Podría decirse que Alejandro Dolina es el responsable de La venganza será terrible, el programa que cambió la historia de la radio argentina y funciona como una faro desde hace más de 40 años. Que su inusitada conjunción de erudición, sensibilidad y humor dio pie a libros como Crónicas del Ángel Gris (1987), El libro del fantasma (1999), Bar del Infierno (2005), Cartas marcadas (2010) y Notas al pie (2021), entre otros. Seguramente, solo por algunos de sus cuentos cualquier escritor daría años de vida. Ese fervor por el hacer también lo impulsó a incursionar en el cine, la televisión y hasta realizar una ambiciosa opereta. No es poca cosa, está claro. Pero Dolina es mucho más. En un mundo cada vez más oscuro, injusto y cercano al colapso, funciona casi como un contrabandista de reflexión, conocimiento y belleza artística. O, incluso, el responsable de un universo mejor. No idealizado. No exento de dolor, frustraciones y pérdidas irreparables. Pero sí pleno de emociones, búsquedas y ráfagas de esperanza que pelean en favor de una existencia más honorable. Escuchar a Dolina hasta puede invitar a renovar la esperanza en los seres humanos. Pero no es recomendable apresurarse. Dolina hay uno solo y el mundo está repleto de influencers y pastores formateados en Miami.

El gran escritor y conductor vuelve este jueves con La noche extraviada, una obra que presentará por primera vez en el Centro Cultural Konex. Se trata de una pieza teatral en la que comparte escenario con Cora Barengo. “La idea central de la obra parte de un párrafo de Crónicas del ángel gris en el cual había unos tipos que eran los libretistas. En aquel fragmento les vendían libretos a las personas que no sabían bien qué hacer con su vida. En el caso de La noche extraviada el mecanismo es un poco más complejo y, si se permite, aún más dramático. Estos libretistas operan como una suerte de agentes del destino sin mediar consultas ni voluntades. Lo suyo es más bien una gran imposición. Pero no trabajan para una deidad, un ser superior o en función de cierto sentido virtuoso o moral del universo. Asunto que también podría ser discutible, pero no viene al caso en este momento. Estos tipos lisa y llanamente son agentes del poder económico”, explica Dolina con entusiasmo.

-Es un asunto dramático, pero usted lo trata desde el humor y el arte.

-Sí, la comedia es un asunto que se me da casi invariablemente. Pero, al mismo tiempo, con esta obra también me siento impelido a tratar asuntos verdaderamente espinosos. Por ejemplo, preguntarnos si en nuestras breves existencias hacemos realmente lo que queremos o si en rigor apenas somos un engranaje regido por los mandatos de los verdaderos dueños del mundo. Incluso, aunque nos creamos muy piolas, sensibles y, si se me permite, díscolos a los grandes poderes. Entonces, qué hacemos. ¿De qué nos disfrazamos?

-¿Cómo se defiende un simple mortal de semejante agobio?

-Ahí aparece el gran tema de la obra y de la vida. Irrumpen el arte, el conocimiento y el amor, que según dice el protagonista, son quizás los únicos caminos para huir del destino que nos quieren imponer. O, al menos las mejores estrategias para distraerlos un rato. Le soy completamente sincero: yo creo que no bastan. Pero son de las pocas buenas noticias que este universo tan cruel nos pone a disposición. ¿Y si me equivoco? ¿Y si realmente tenemos esa suerte? Ojalá el protagonista de La noche extraviada tenga razón y acaso una milonga sirva para torcer aunque sea algunos destinos oscuros.

-La obra nos enfrenta a algo mucho más tangible que una deidad y quizás más poderoso: hombres multimillonarios, sin escrúpulos, que manejan hilos que desconocemos o no comprendemos en su real magnitud.

-Hay poderosos que tienen sus estrategias perfectamente estudiadas para formarnos, educarnos e inducirnos para que –incluso con la mejor de las voluntades– hagamos actos tales que favorezcan sus intereses. A mi juicio, claro está, en estos tiempos todo eso se hizo más manifiesto, efectivo y aterrador.

En La noche extraviada, Dolina y Cora Barengo despliegan una trama atravesada por el destino, el poder y las preguntas esenciales.

-En los ’70 Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman, y Armand Mattelart, nos abrieron los ojos sobre el poder e influencia de la televisión. Hoy todo eso parece inocente al lado de los reels y los algoritmos, por ejemplo.

–Ese libro fue muy importante. Fue casi fue la primera reacción y gran sospecha de la influencia de la televisión e incluso del periodismo y la educación en las sociedades por entonces modernas. Las películas de Hollywood y los dibujos de Disney se nos presentaban como entretenimiento. Los autores develaban que en rigor, en forma más manifiesta o sutil, eran una escuela para el cumplimiento de unas pautas diseñadas por el capitalismo. Yo diría que a partir de 1950 y especialmente en la década del 60, la izquierda en Francia empezó a dar unos frutos intelectuales muy interesantes. Podemos citar a (Michel) Foucault, (Jacques) Derrida y (Jacques) Lacan, entre muchos otros. De alguna manera, los libretistas de la obra se alimentan de esas miradas. Es decir, hasta lo que se nos presenta bajo una forma artística en rigor nos vende ciertas ideas de prosperidad, siempre y cuando cumplamos con algunas normas sobre las cuales no tenemos ni voz ni voto. Volviendo a los franceses, aprovecho la ocasión para confesarle que mi preferido es Foucault y que me permito desconfiar un poco de Lacan por su lenguaje tan difícil, tan cerrado, que no admite paráfrasis. No admite la paráfrasis o hasta incluso la pregunta. Durante muchos años estudiantes e intelectuales sentían pudor por “repreguntarle” a Lacan o a sus continuadores. Eso nunca es bueno. No es tan difícil entender que hay alguna relación entre los símbolos y el inconsciente, y que un lenguaje es algo hecho de símbolos. Pero, por lo menos a mí, me faltan más precisiones. Curiosamente, hay un libro de un conservador, siempre conviene leer a la gente inteligente aunque no piense como uno, que se llamaba Roger Scruton y escribió con algunos aciertos interesantes sobre ciertas “trampas” de aquellos intelectuales, particularmente de Lacan.

Tiempos modernos

Escuchar a Dolina siempre estimula y hace bien. Mucho más en estos tiempos de crueldad y alarde de la ignorancia. En su reflexión sobre Lacan y los tabúes que rodean su obra, el escritor y conductor hacía referencia con su habitual sagacidad a cómo el pudor no siempre es la mejor herramienta hacia el conocimiento. Sin embargo, en tiempos de genocidios, amenazas de hacer desaparecer civilizaciones enteras o asuntos más “simples” como reprimir jubilados todos los miércoles y maltratar a niños con discapacidades –entre muchas otras–, ya no podemos apelar a la ética y mucho menos a la moral de los poderosos. Pero tampoco a mecanismos más básicos como el pudor o la vergüenza.

-Para cambiar algo es necesario entenderlo. ¿Cómo se explican fenómenos como Trump y Milei?

-Soy un hombre más de preguntas que de respuestas concluyentes. Y me preocupa todo esto tanto como a usted, claro. Pero quisiera marcar alguna diferencia. A estas figuras, por llamarlas de alguna manera, las une un estilo: la crueldad, el mal gusto, lo soez, lo ordinario, el desprecio por el otro. Ahí hay casi una competencia para ver quién es más desagradable. Pero fíjese la diferencia notoria en lo económico. Trump en su casa es, podríamos decir, descaradamente proteccionista. En cambio Milei y sus seguidores abrazan con obstinación las ideas del librecambismo. Estos asuntos o fenómenos suelen ser más complejos. Circulan formas de manipulación que hacen que mucha gente desprecie el conocimiento profundo, la investigación, la verdad y, final e inexorablemente, al otro.

-La Argentina padece de un gobierno de ultraderecha de una crueldad pocas veces vista. Muchos dan por cierto que el gobierno de Alberto Fernández nos llevó inexorablemente a esta catástrofe. ¿Coincide con esa lectura?

-Ojalá las explicaciones fueran tan sencillas. Pero no puede ser que una gestión mediocre dé lugar inevitablemente, casi como una consecuencia científica, al desembarco de este tipo de gente y sus medidas. No veo por qué de una cosa inevitablemente debería salir la otra. Sería algo que así como que los pueblos se enojan por la ineficacia de un gobierno y por eso deciden votar a un verdugo de sus intereses. Infiero que todo esto es bastante más complicado. Hay que estudiar de donde viene cierta demonización del Estado por parte de sectores populares y medios. Eso no salió de un repollo. Alguien generó una especie de cultura contra el Estado y contra quienes necesitan ayuda. Y de repente uno ve a demasiada gente abrazar una ley de la selva en la que más temprano que tarde pueden ser la presa.

–Su obra está atravesada por la presencia de la finitud que alguna vez definió de una forma muy singular: “Hay que elegir muy bien lo que uno lee porque esa decisión implica dejar de leer otra cosa”.

-Claro. Cada libro que uno lee es también uno que ya no va a poder leer. Por eso en las librerías conviene alejarse lo más posible de los estantes de libros de autoayuda, por ejemplo (risas).

-¿Esa máxima de los libros conviene llevarla a otros ámbitos de la vida?

-Procuro hacerlo. Desde el amor al fútbol y/o las vacaciones. Pero ojo. Supóngase, que usted llega de vacaciones a un lugar hermoso de México. Ve todo muy lindo, a la medida de lo que había imaginado, pero justo se le cruza la peregrina idea de que quizás sería mejor haber viajado a Tailandia, que es una cultura muy distinta, con una comida más llamativa todavía… Entonces puede que termine sin disfrutar de México, ni de Tailandia, ni Italia, o lo que se le ocurra. Es decir, considero que hay que tratar de no conformarse y buscar siempre las emociones y formas del arte más profundas. Pero tampoco hay que obsesionarse y caer en algunas trampas de la mente.

-Usted tiene un gran prestigio, el programa de radio ahora también le permite viajar al exterior… Podría descansar más, pero nunca descansa y siempre busca nuevos proyectos. ¿Por qué?

-Me gusta mucho hacer el programa de radio y todo lo que hago. Creo que no podría prescindir de ellas sin un grave daño. Yo he asistido a conferencias de prensa de algunos artistas que se retiran. Y lo festejan como si fuera algo buenísimo. ¿Qué cosa mejor van a hacer que aquella que hacían? ¿Para qué se retiran? ¿Qué van a hacer en sus casas? ¿Jugar al chinchón con los cuñados? Es difícil de entender, desde mi punto de vista. ¿Les cansa tanto hacer su pasión, lo disfrutaban verdaderamente? No lo terminó de comprender. En mi caso, realmente me apasiona lo que hago y no pienso retirarme para jugar al chinchón con mis cuñados. «

La noche extraviada

Texto: Alejandro Dolina. Poemas: Cora Barengo. Intérpretes: Dolina y Barengo. Jueves 30 de abril a las 20 en el Centro Cultural Konex, Sarmiento 3131 (CABA).

Dolina, Cora y Pompeyo

“Disfruto mucho haciendo La noche extraviada porque si bien desarrolla algunas de mis obsesiones, me obliga a trabajar con el lenguaje del teatro. Y ese es un estímulo del que trato de aprender todo lo que puedo. El protagonista, que vengo a ser yo, es un conferencista. Así que, no voy a negarlo, tiene algo de radial. Sin embargo, como está escrita la obra, el gran talento de Cora (Barengo) y su plasticidad permiten que hagamos otra cosa. Además, Pompeyo Audivert nos ha ayudado con algunas devoluciones muy lúcidas y enriquecedoras, de las cuales estamos muy agradecidos”, puntualiza Dolina.

-Su personaje da una conferencia en medio de la niebla y es ahí cuando Los Libretistas del Mundo comienzan a manipularlo. ¿Cómo hacemos para disipar aunque sea un poco de la niebla que hoy envuelve al mundo?

-No hay recetas únicas. Pero a lo mejor hay que leer un poco más y creerle menos a ciertas personas.


Las conversaciones infinitas

Otra de las aventuras de Dolina es La conversación infinita, una propuesta escénica en la que dialoga con Darío Sztajnszrajber. Su última presentación fue el domingo pasado en Teatro Broadway. Pero en breve se confirmarán nuevas presentaciones. “Ahí hacemos charlas más filosóficas. En realidad el filósofo es Sztajnszrajber, yo me limito a darle la razón siempre (risas). La cosa se pone más existencialista todavía. Hablamos de la angustia, de la finitud…”

-Tenemos un mundo al borde del colapso, un país en caída libre y nuestra propia mortalidad al acecho. ¿Cómo nos levantamos a la mañana?

-¿Vio? ¡Ahí lo quiero ver! (risas). Hay gente que prefiere hacer como que todo eso no pasa. A mí no me sale. Así que apuesto al arte, al conocimiento y a las emociones. Aunque no sea un camino fácil. Y mantengo la ilusión de que aunque sea de a ratos puedo disuadir a un destino que, todos sabemos, es imposible de torcer.

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