Puse el termo en la mesa para inaugurar la mañana. Abrí la computadora. Sonó el celular. Solo tres o cuatro números hacen ruido, así que supe que era uno de los hijos. “¡Se murió el Indio, mamá, se murió el Indio!” y trúc, me cortó, porque atrás había revuelo, grititos, cacareo de pibites.
“¿Qué?”, pensé. Escról, escról, escról. Y sí. Se murió el Indio. ¡Se murió el Indio! Mil frases tuyas, todas juntas, al mismo tiempo, se me vinieron a esta alma mismita. Tu poesía. Una epifanía que rasga el Ser como uñas espinas, porque cómo no sentirme así, si siempre amé a los payasos y la pasta de campeón. Porque me da culpa deber y quedármelo. Porque estoy escribiendo mal, y no puedo ajustar un guión sobre tu partida. Y además empiezo a escuchar a Skay y su rock árabe que me hipnotiza como las vueltas de un derviche, esos riffs que recibo como patadas en los dientes desde los 14 años, feliz de que me sangren las encías en cada ataque. ¿Es esto el éxtasis?, piensa la niña que fui y soy hasta hoy, ¿este infierno encantador, con su lanza de fuego atravesándome en el costado más tierno? ¡Por Dios, Santa Teresa sería ricotera!
La cara del niño, Indio. La del niño que llamó de la escuela. Atravesado por la adolescencia brava, los sentimientos musicales de mapá y los suyos propios, ese niño, Indio, si supieras la cara que puso uno de esos domingos en que me agarró la loca de cagarme en la hora de la siesta (lo hago poco, cuando me toma el rock), la cara que puso, digo, cuando un día empezó a sonar “Héroe del whisky”. Yo me esmeraba en cantar, pero también en modular esos versos, ¡esos versos!… Y el niño estaba poseso, estaba acá pero allá, llevado de las narices por esa visión, esa literatura, ese machaque amenazante.
En 1990 yo era una quinceañera oscura. Labios de rouge morado, mi novio igualito a Sid Vicious me había partido el primer desengaño como un durazno sangrando en el pecho, y sin embargo ¡qué bella y clara fue esa noche de la vida! Los TDK circulaban entre nuestras manos con amor marcado a fibrones. Una noche fuimos a Parque Sarmiento con mi hermana, su novio, mis primos Maxi y Carlitos, todos amuchados en una camioneta a la que no le cerraba la puerta del acompañante y entonces la atábamos al volante con la correa de una persiana, porque ya varias veces se había abierto en esquinazos. Temíamos que nos pare la cana por la catramina, pero no. Esa noche fue la gloria. Después siguió Obras, otra suerte tremenda, salvo porque en el otro show se llevaron a Walter Bulacio. Esa era nuestra época, Indio. Los años que cantaste. Con poesía y dolor y magia y manija y una señoría, una presencia que hoy te la llevas como un vestido de fiesta.
No me acuerdo cuándo, pero después fuimos con Merce, mi mejor aniga del colegio, a ver un show por Avenida Rivadavia al fondo. La cosa ya se estaba tornando espesa. Recuerdo las botellas de Quilmes estallando sobre el empedrado, a centímetros de mi cara. Decidimos en silencio y por unanimidad que se cortaba ahí. No importa. Estaba la obra. El fulgor.
Lo lindo de crecer es descubrir que, entre el barro del camino, quedan cosas como estas: haber podido ver a los Redondos en vivo, haber compartido la sincronía con algunos destinos increíbles, como el tuyo. Y comprobar que nunca, nunca, se puede ser feliz en soledad.
¿Estás viendo lo que pasa? ¿Vos te das cuenta? Nunca leí ni escuché tantas veces en un día la palabra “poesía”. Ese rayo fulminante de amor y sentido con que nos atravesaste a todos: los pibes, los viejos, los negros, los chetos. La muerte va y viene. Vos, como la verdad y la belleza, sos eterno. ¡Qué tipo íntegro, la puta madre!
El pueblo lo sabe. No hay cierre.