Si pensaste que ya escuchaste toda la música excéntrica que el mundo podía ofrecer, llegaste tarde a este tren: el dúo que se hace llamar Angine de Poitrine vino a demostrar que la originalidad no está muerta, sólo estaba disfrazada de probóscide de mono gigante. Desde Saguenay, Quebec, estos dos enmascarados -Khn de Poitrine en guitarras microtonales y bucles, y Klek de Poitrine en percusión- convirtieron la fricción entre la música experimental y los rituales de fiesta en un organismo vivo que late con compases imposibles y ganchos que, contra todo pronóstico, se quedan pegados en tu cabeza.

El nombre de la banda, un juego semántico con “angina de pecho” -esa expresión médica que suena mucho más seria de lo que es en realidad- ya da la primera pista: esto no es rock tradicional ni mucho menos. Te está agarrando de la solapa y te está diciendo “prepárate para algo que no sabías que necesitabas”. A diferencia de esas etiquetas pretenciosas que usan adjetivos como “nueva visión sonora”, Angine se autodenomina un Mantra‑Rock Dada Pythagorean‑Cubist Orchestra, que suena a título de tesis universitaria con excesos de cafeína, pero que en realidad describe bastante bien su universo auditivo: caos estructurado con intención casi matemática, y con energía de pista de baile.

Vol. II, que salió el 3 de abril de 2026, es la continuación del debut que les abrió puertas (y mandíbulas) hace dos años. Aquí hay seis canciones -Fabienk, Mata Zyklek, Sarniezz, UTZP, Yor Zarad y Angor- que funcionan como seis experimentos cronometrados en una sesión de laboratorio sonora. Desde el primer segundo, Fabienk te tira a la pista con 7/8 de compás que suenan más familiares de lo que deberían: cuando se mueve, tu cuerpo se mueve, aunque tu cerebro piense “qué estás haciendo?”.

La magia (o locura, según el oído) está en cómo estos tipos usan un pedal de bucle como si fuera su tercer miembro invisible. No cambian de compás cada dos segundos como si jugaran Twister rítmico; en cambio, te plantan un pulso y se dedican a esculpir alrededor suyo, tejiendo acentos inesperados y fractales de tiempo que hacen que incluso la metáfora sea insuficiente. Es como si Meshuggah y Dawn of Midi se encontraran en una rave en el cosmos y decidieran crear una banda con solo dos personas y una filosofía zen de bucles infinitos.

Angine de Poitrine: el dúo canadiense que domó al algoritmo con su mezcla de punk, microtonos, math rock y grooves bailables
Angine de Poitrine: un dúo dinámico.

No todo es jugueteo cerebral, aunque lo parezca. La gracia de Vol. II es que, por más que sus estructuras te hagan sentir que aprendes topología avanzada por ósmosis, el disco sigue siendo esencialmente música de movimiento -cabeza, pies, caderas-. Es difícil no imaginar un pogo sincronizado en un bar subterráneo en París o un headbang discreto en un festival indie cuando las tomas rítmicas se disparan como chispas de una chispa eléctrica.

Claro, la fórmula no es para todos. En foros y redes, hay quienes celebran el ingenio técnico y otros que, honestamente, sienten que los bucles podrían volverse repetitivos si no te subís al hype tren desde el principio. Pero tal vez ahí radica el truco: Angine de Poitrine no quiere comodidad. Quiere que te rías, que te frunzas el ceño, que digas “qué carajo escuché?” y después lo vuelvas a poner.

En un momento en que tantas propuestas buscan sonar homogéneas, Angine de Poitrine abraza lo inconsútil, lo matemático con actitud punk y lo visual con máscaras que parecen salidas de un carnaval conceptual de Andy Kaufman. Si la música pop es una fiesta a la que siempre vas sabiendo qué va a sonar, este dúo es la persona extraña que llega vestido con lunares, te ofrece un ritmo que no entiendes y te convence de que es el mejor momento de tu vida.

Vol. II no es solo un disco, es un desafío: puede la música ser extraña y accesible al mismo tiempo? Angine de Poitrine dice que sí. Y te deja pensando que la próxima vez que te duela el pecho, tal vez sea solo ganas de escuchar otra vez UTZP.

Angine de Poitrine – Vol. 2