El décimo aniversario del encarcelamiento de Milagro Sala no lo encuentra a su artífice, el otrora gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, en su mejor momento.

Prácticamente retirado de la política, su hazaña más reciente fue que su amigo, el juez Pablo Pullen Llermanos, mantuviera durante 54 días bajo arresto a dos usuarios de X (antes Twitter) nada menos que por el delito de aludir en un posteo a una presunta infidelidad de su esposa, la abogada Tulia Snopek.

Ellos se habían casado al arrancar la década en curso. Y fruto de esa unión nació su hijita, en 2023.

A Morales, la vida le sonreía. O, al menos, daba esa impresión.

Por ese entonces, aún era el amo de la provincia y se había embarcado en la precandidatura presidencial con vistas a las elecciones generales de octubre, aunque al final declinó a tal anhelo para ser el compañero de fórmula del alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta.

Pues bien, detengámonos en esa época; específicamente en un momento preciso: el mediodía del 16 de junio, cuando, en la ciudad de San Salvador, los cánticos de una protesta se filtraban por el ventanal de su despacho, con vista hacia la Plaza Belgrano. Y él, muy molesto, maldijo por lo bajo. 

El océano de manifestantes se extendía hasta un horizonte impreciso. Y un golpe de ojo le bastó para comprender que ninguna clase de intervención policial podría descomprimir ese paisaje. Algo que él jamás imaginó para sí.

¿Acaso se trataba del comienzo de su ocaso?

Tal vez, entonces, haya tenido un déjà vu: esa misma plaza en la mañana del 13 de diciembre de 2015, a solo 72 horas de haber asumido por primera vez la gobernación de su provincia, tomada por un acampe de la organización Tupac Amaru con unas cinco mil personas en 200 carpas, que –con Milagro Sala a la cabeza – reclamaban la continuidad de los planes sociales.

En tal oportunidad no vaciló en llamar a la también flamante ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich. 

–Ya mismo me ocupo, señor gobernador –fue su respuesta.

Es posible que su tono tan solemne se debiera a que ella vislumbrara en esa llamada un hecho histórico: el debut represivo del régimen macrista.

A tal efecto, el auxilio policíaco a Morales fue enviado a Jujuy con la velocidad de un rayo: una caravana encabezada por un patrullero, seguido por tres camiones Unimog con pertrechos y tres micros con 150 gendarmes.

Sin embargo, la expedición culminó de la peor manera: 43 uniformados muertos al accidentarse uno de los micros en el sur de Salta.

Ello hizo que Bullrich y Morales quedaran indefectiblemente enlazados por semejante desgracia, más que por sus respectivos ideales y ambiciones.

Unos días después, Milagro Salas terminaría presa. La Justicia provincial le tiraría el Código Penal por la cabeza. Y por si fuera poco, el bueno de Pullen Llermanos agravaría una y otra vez sus condiciones de reclusión.

En tanto, el vínculo entre Morales y Bullrich tendría sus altibajos.

Pero, vayamos por partes. 

Quizás Morales pensara en ella durante aquel mediodía de 2023, mientras la multitud que mantenía cercado el Palacio de Gobierno coreaba con cada vez más potencia: “¡Abajo la reforma! ¡Arriba los salarios!”.

Una paradoja: con aquella consigna los gremios docentes recibían a los trabajadores de los ingenios, a las organizaciones sociales, a las comunidades indígenas que llegaban desde diferentes puntos de la provincia hasta la Plaza Belgrano, apenas unas horas después de que Morales lograra sancionar –entre gallos y medianoche– la reforma de la Constitución que penaliza toda clase de manifestaciones y hasta a los funcionarios que negocian con quienes protestan, equiparando así los reclamos sociales con el delito. De modo que su resultado fue esa pueblada nunca antes vista en el transcurso de su gestión.

Quizás a raíz de ello, Bullrich también pensara en el pobre Morales. Y especialmente en la polémica que habían mantenido poco antes.

Fue al filo del cierre de las listas (ambos disputaban la interna macrista), cuando él le exigió “bajar un cambio”. La respuesta de ella no se hizo esperar: “Es lo último que voy a hacer”.

En la metáfora automovilística usada por Morales subyacía una cuestión de estilo que, por cierto, dividía a Juntos por el Cambio. Porque el negocio del radical –al igual que el de Horacio Rodríguez Larreta– era derrochar sensatez. Y el de la presidenta –en licencia– del PRO, mostrarse dura e inflexible.

Morales la trató de “alterada”. Y Bullrich lo tildó de “tibio”. Todo muy cantado, como corresponde a una antinomia en grado de sobreactuación.

Pero aquello de “tibio” pareció tocar una fibra íntima del gobernador y refutó tal adjetivo con apurada prosa: “No voy a redoblar para ver quién tiene más coraje para afrontar lo que viene y tomar decisiones Lo que hice, lo que tuve que afrontar, Milagro Sala y los delincuentes que están presos, junto a las decisiones de gobierno que tomé para cambiar a mi provincia, hablan por mí”.

El problema fue que el autoelogio de ese tipo pretendidamente moderado puso al descubierto sus peores arbitrariedades, además de ubicar su visión del mundo a la derecha de Atila.

No es un secreto que bajo su mando Jujuy fue el laboratorio del lawfare en Argentina. Y que el “engarronamiento” de Milagro Sala resultó nada menos que su bautismo de fuego, seguido de otras trapisondas no menos repudiables. Un auténtico festival de atrocidades.

En todo caso, Rodríguez Larreta fue algo más sutil al delegar las aristas represivas y persecutorias de su gestión en personajes descartables, como el ministro de Seguridad, Eugenio Burzaco. Mientras tanto, él pavimentaba calles, además de inaugurar sucursales de Farmacity, entre otras cosas, no sin declamar siempre discursos sobre el “bien común”.

¿Acaso corría la hora de “halcones” y “palomas”. En el mejor de los casos, se trataba de una calificación antojadiza para diferenciar a funcionarios de administraciones autoritarias. Pero ni siquiera era un recurso novedoso.

Ya fue usada durante la última dictadura para resumir la interna militar de la época. Tanto es así que, entre aquella banda de asesinos, el general Jorge Rafael Videla era considerado nada menos que una “paloma” –ahora parece un chiste– frente a los “halcones” como Antonio Bussi o Luciano. Menéndez.

La cuestión es que, durante aquel ajetreado invierno en el cual la gestión del presidente Alberto Fernández se apagaba como una vela al consumirse, nuevos “halcones” y “palomas” sobrevolaban el escenario político.

En tal contexto, fue notable cómo, por urgencias coyunturales, algunos “halcones”, como Waldo Wolff y José Luis Espert, terminaron fichando en las huestes de Rodríguez Larreta, mientras ciertas “palomas”, como el diputado bonaerense Daniel Lipovetzky, abrevaron en la horda bullrichista.

No es casual que, en esa época, cuando el mundo ya comenzaba a parecer una enorme “República de Weimar” se pusiera nuevamente de moda este añejo eufemismo avícola. Hubiera sido mejor hablar, simplemente, de buitres.

Ahora, Morales ya no es más de la partida. Y de su paso por la historia sólo perdura Milagro Salas en prisión. «