Casi siempre sonriente, criterioso y gentil, el alcalde de la CABA, Jorge Macri –al que Horacio Verbitsky define como “el primo inteligente de Mauricio”–, es un hombre con suerte. Porque la cuota demencial de la etapa política en curso corre por cuenta del presidente Javier Milei y su comparsa. Eso, justamente, hace que él hasta parezca una reencarnación de Winston Churchill. Eso, además, potencia su peligrosidad. La disimulada peligrosidad de quien tiene el privilegio de ser la cara amable de una pesadilla distópica. Valga, al respecto, un ejemplo: la contribución de su mazorca, la Policía de la Ciudad, en el mantenimiento del Estado de Sitio (no declarado oficialmente por el régimen libertario) en el que transcurre, con absoluta normalidad, la vida cotidiana del presente.

Una simple coreografía lo demuestra cada miércoles, durante las marchas de los jubilados en la Plaza Congreso.

Allí, en medio del férreo y visible dispositivo desplegado por las fuerzas federales de seguridad (siempre más mil mastines antropomorfos por jornada, todos pertrechados hasta los dientes), pasan casi desapercibidos sus camaradas porteños (unos 300, los días livianos), divididos en dos grupos: los de uniforme, quienes bloquean las cuatro calles que siguen a la Avenida Callao (Rodríguez Peña, Montevideo, Paraná y Uruguay) y los de civil. Estos últimos –cuando los federales desatan la represión, ahuyentando a los manifestantes en dirección a la Avenida 9 de Julio– se calzan sus chalequitos de nylon celeste para consumar la cacería, preferentemente, de ancianos y discapacitados. 

Sí, Jorge Macri es un hombre con suerte. Porque perpetra una salvajada que, a los ojos de la opinión pública,  tiene por únicas responsables a Patricia Bullrich y (ahora) a su sucesora, Alejandra Monteoliva. Una injusticia, ya que soslaya su acatamiento a pies juntillas en la aplicación del llamado “protocolo antipiquetes” (diseñado por Bullrich), convirtiéndose así un valioso garrote del proyecto de disciplinamiento del gobierno de La Libertad Avanza (LLA). 

Bien vale, entonces, reparar en su propia fuerza de seguridad.

Ante todo es necesario señalar que, a diferencia del resto de las falanges policiales del país, esta es una milicia partidaria; es decir, la “yuta” del PRO.

Corría el 5 de octubre de 2016 en el playón del Instituto Superior de Seguridad Pública de Lugano. Allí se desarrollaba su presentación en sociedad. El entonces alcalde Horacio Rodríguez Larreta sonreía de oreja a oreja.

He aquí un detalle sobre su eficacia: durante sus casi diez años de vida, esta falange fue artífice –según el conteo de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi)– de 205 asesinatos desglosados en 168 casos de “gatillo fácil” y 37 casos cometidos en comisarías, patrulleros y en contextos privados (intravecinales e intrafamiliares), siempre con armas reglamentarias.

Su tropiezo inicial, en el otoño de 2017, fue el arresto de su primer jefe, el comisario José Potocar, por cobrar coimas a comerciantes y trapitos. Aquella cuestión sorprendió al ministro de Seguridad, Martín Ocampo, una promesa del PRO sin experiencia policial.

Otros insignes cuadros macristas que pasaron –siempre a los tumbos– por su mando político durante la gestión de Rodríguez Larreta fueron Diego Santilli, Marcelo D’Alessandro, Eugenio Burzaco y Gustavo Coria.

El denominador común entre los cuatro era la represión y el punitivismo, junto a los delitos recaudatorios de los efectivos, sin que hubiera variaciones en los niveles de violencia policial.

Pero ciñámonos, en el aspecto institucional, a la gestión de Jorge Macri, con la que aterrizó Waldo Wolff en el Ministerio de Seguridad porteño.

En este punto, cabe poner en foco la figura de su segundo, Diego Kravetz, quien, además, comandaba la Policía de la Ciudad.

A su juego lo habían llamado. Pero esta urbe era muy compleja para aquel tipo con sonrisa de roedor.

Ya en marzo de 2024, tuvo un inconveniente durante la desconcentración de una protesta en la plaza Congreso al viralizarse en los medios el audio de una orden impartida por él a través de la frecuencia policial: “¡No se me vayan las brigadas! ¡Tiene que haber detenidos!”.

Desde entonces es pública y notoria la subordinación política y operativa de la policía macrista a la represión libertaria. 

Para colmo, casi en paralelo, era difundido por TV el registro de una cámara callejera. Allí se lo vio en un parque de Palermo luego de ser detenido un arrebatador de celulares. El chico ya estaba esposado cuando, sin mediar palabra alguna, Kravetz le prodigó una trompada en el rostro. Un valiente.

Su desprolijidad hizo que Wolff cavilara con desplazarlo del cargo.

No hizo falta, ya que justo le llegó su nombramiento en la subjefatura de la SIDE, en donde aún hoy permanece.

Pero, además, en medio de esas circunstancias fue el pobre Wolff quien tuvo un contratiempo: sólo en el lapso de cinco días, una veintena de presos se le “piantó” de comisarías bajo su jurisdicción, en cuatro fugas no sincronizadas entre sí. Y, de inmediato, fue eyectado del cargo.

Su remplazante fue Horacio Giménez.  El alcalde resumió tal elección con una frase: “Es tiempo de policías”.

Es que ese individuo era un antiguo comisario de la Federal, aunque nada apreciado en sus filas, dado que, en 2010, cuando Mauricio Macri creó la Policía Metropolitana (antecesora de la que ahora cuida la CABA), Giménez se puso a fisgonear a los interesados en pasarse a la flamante fuerza. Según su criterio, tal intención constituía un acto de “alta traición”.

Por ese motivo, resultó una verdadera paradoja que, apenas unos meses después, Giménez fuera entronizado en la cúpula de la mazorca macrista. Desde ese instante, sus antiguos subordinados lo llaman “el jefe de los traidores”.

Su debut como capo de la Metropolitana fue la represión en el Hospital de Salud Menta José T. Borda, tomado por los trabajadores, dado que Mauricio Macri pretendía su predio para un proyecto inmobiliario.

Durante ese amanecer otoñal de 2013 hubo heridos y arrestados a rolete, además de una calurosa felicitación a Giménez.

Desde entonces dirigió otros ataques similares. Y, por cierto, saltaba a la vista que su “expertise” en la materia era fruto de una esmerada formación

Ese tipo, ni bien egresó de la Escuela de Cadetes “Ramón L. Falcón”, en 1975, tuvo la dicha de ser enviado “en comisión” a Tucumán, nada menos que al “Operativo Independencia” del Ejército contra el ERP, donde las torturas, las ejecuciones sumarias y las desapariciones fueron moneda corriente.

También fue enviado a la ciudad santafesina de Villa Constitución para reprimir allí la huelga de los metalúrgicos, un hito del movimiento obrero.

Su legajo también indica que, desde el 24 de marzo de 1976, supo prestar servicios en “Coordina”, el brazo represivo de la Policía Federal, cuya sede de la calle Moreno poseía un “chupadero”.

Pero afortunadamente (para él) no se conocen denuncias en su contra por delitos de lesa humanidad.

Ahora, desde una sala de situación, comanda los miércoles el despliegue de sus esbirros en la Plaza Congreso.

Ya lo dijo el primo inteligente de Mauricio: “Es tiempo de policías”.