Hace un siglo, la Gran Depresión forjó leyendas peculiares. Mientras las familias perdían sus granjas ante los bancos implacables y el hambre acechaba en cada esquina, surgió una figura que desafiaría las convenciones morales de su época: Charles Arthur Floyd, conocido como «Pretty Boy», el Robin Hood de las Colinas Cookson de Oklahoma, EE UU. Su historia trasciende la simple narrativa criminal para convertirse en un espejo de las tensiones sociales de una era desesperada, donde la línea entre héroe y villano se difuminaba como la frontera entre la supervivencia y la desesperanza.

UNO. Charles Floyd nació el 3/2/1904 en Adairsville, Georgia, en una familia de agricultores en desgracia. La pobreza marcó su infancia como un hierro candente sobre la piel tierna de la inocencia. Su padre, Walter Lee Floyd, había trabajado como bombero ferroviario y minero antes de encontrar su vocación en el campo, arrastrando a su familia a Oklahoma en 1911 cuando Charles tenía apenas siete años. Se establecieron en las Colinas Cookson, una vasta extensión de maleza espesa con caminos mal mantenidos que se había ganado la reputación de refugio para quienes tenían problemas con la ley. Los Floyd vivían en el borde sur de estas colinas, donde las historias de forajidos como Bill Doolin, Belle Starr y la pandilla Dalton flotaban en el aire como esporas de una inevitable rebelión.

En esta tierra áspera, el joven Charles creció entre relatos de heroísmo criminal que alimentaron su imaginación. Su hermana Nell recordaría más tarde cómo Clyde «era el líder. Era Jesse James, o Cole Younger, o Buffalo Bill, o William S. Hart. Portaba armas y disparaba desde la cadera con puntería mortal, y los cobardes y pieles rojas siempre mordían el polvo de la manera más aprobada». Estas palabras revelan la semilla de una fascinación temprana con los forajidos y héroes del oeste salvaje, una inclinación que alineaba perfectamente con el anhelo humano inherente de dejar una marca duradera en la historia.

Charles Floyd no se volvió criminal de un día para otro. El cambio fue un proceso silencioso, casi paciente. Tenía 21 años cuando ya era esposo de Ruby Hargreaves y padre de un niño que heredó la fragilidad de un hogar siempre al borde. La Depresión no había llegado aún a su punto más hondo, pero la ruina ya dictaba el destino de muchas familias como la suya. Floyd sintió esa presión como una mano en la nuca: firme, constante, imposible de ignorar.

El 11/9/1925 dio el primer golpe real. No hubo vacilación. Asaltó un camión de caudales de la cadena Kroger en St. Louis y se llevó cerca de 12 mil dólares, una fortuna para un granjero sin fortuna. Su captura fue rápida. También lo fue la frase que lo perseguiría por el resto de su vida. Un periódico local lo describió como un “simple muchacho», un chico “bonito con mejillas de manzana”. Así nació el apodo “Pretty Boy Floyd”. Un nombre demasiado suave para un hombre que aspiraba a ser recordado de otra forma. Lo detestó con la misma intensidad con la que otros lo repetían. Para él no fue un alias, sino una cicatriz.

DOS. La década de 1930 transformó a Floyd en una figura compleja que desafiaba las categorías convencionales de bien y mal. Durante la Gran Depresión, cuando las tasas de desempleo se dispararon y la inestabilidad financiera se convirtió en la norma, Floyd comenzó su carrera criminal en serio. Robó bancos en Ohio, Michigan, Kentucky y Oklahoma con una precisión mecánica que duplicó las tarifas de seguros bancarios en Oklahoma. Sin embargo, lo que distinguía a Floyd de otros criminales de la época era su supuesta práctica de destruir documentos hipotecarios durante sus asaltos.

Esta acción se convirtió en el núcleo de su leyenda, la cual resonó profundamente en una población desesperada por encontrar héroes antiestablishment. La fascinación pública con Floyd se intensificó cuando fue acusado de participar en la Masacre de Kansas City el 17/7/1933. Este evento, donde cuatro oficiales de la ley y su prisionero Frank Nash murieron en un tiroteo fuera de Union Station, catapultó a Floyd al estatus de «Enemigo Público Número Uno». Aunque Floyd negó su participación, las autoridades intensificaron sus esfuerzos para capturarlo.

El contraste entre la realidad y la percepción pública de Floyd ilustra un fenómeno del momento. Mientras los medios y el folclore lo retrataban como un Robin Hood moderno, la evidencia sugiere que sus actos de generosidad hacia las familias empobrecidas eran más bien gestos de agradecimiento por no entregarlo a las autoridades, sobre todo al tener en cuenta la considerable recompensa que pesaba sobre su cabeza. Esta dinámica revela cómo la desesperación económica puede transformar incluso a los criminales en símbolos de resistencia contra un sistema percibido como corrupto y cruel antes del New Deal de Roosevelt, que llegaría ese mismo año para mitigar las consecuencias del crack de Wall Street.

TRES. La muerte de Floyd el 22/10/1934 en un campo de maíz de Ohio no marcó el fin de su historia, sino el comienzo de su metamorfosis en mito. Cinco años después, el músico Woody Guthrie inmortalizó su leyenda en «The Ballad of Pretty Boy Floyd», transformando definitivamente al criminal en héroe popular. La canción contiene una de las líneas más famosas de Guthrie sobre el tema del crimen y el dinero: «Algunos te robarán con una pistola, y otros con una pluma estilográfica». Esta dicotomía captura la esencia de por qué Floyd resonó tanto con el público: representaba una forma honesta de deshonestidad en contraste con el comportamiento de las instituciones.

El fenómeno Floyd revela verdades incómodas sobre la sociedad durante la Gran Depresión. Los estadounidenses traumatizados por la Gran Depresión se aferraron a las historias de gángsters de la época como un medio para aliviar la frustración y escapar de la realidad de la vida diaria viviendo vicariamente a través de las hazañas de forajidos de alto perfil. Floyd no era simplemente un criminal; era un símbolo de rebelión contra un sistema financiero que había fallado espectacularmente a la gente común.

La persistencia del mito de Floyd en la cultura popular—desde baladas folk hasta películas de Hollywood—demuestra cómo las sociedades procesan traumas colectivos a través de narrativas heroicas, incluso cuando esos héroes operan fuera de la ley. Su historia encapsula la paradoja fundamental de una época donde la legalidad y la moralidad raramente coincidían, donde los bancos robaban hogares con documentos legales mientras los bandidos los salvaban con balas. En este contexto invertido, Pretty Boy Floyd no era el villano de la historia, sino su antihéroe más necesario.

Así, el legado de Floyd trasciende su biografía criminal para convertirse en una meditación sobre la justicia, la supervivencia y el precio de la dignidad humana en tiempos desesperados. Su transformación de granjero pobre a leyenda inmortal ilustra cómo la historia a menudo prefiere los mitos consoladores a las verdades incómodas, especialmente cuando esos mitos ofrecen esperanza donde la realidad solo proporciona desesperación. «

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