Una marea indomable de camisetas y banderas celestes y blancas copó las barrancas del sur. Amor militante llegado desde el conurbano y CABA y un único orador: Máximo Kirchner.

Una marea indomable de camisetas y banderas celestes y blancas copa las barrancas del sur. La triple frontera que hermana el adoquín de San Telmo, el corazón obrero de Barracas y la república independiente de La Boca se convierte en una verdadera fortaleza de dignidad colectiva.
La tarde en el parque es gris como cemento viejo, pero el banderazo toma color por asalto. El viento rancio del cercano invierno muerde la cara de los nadies. La postal patria del Día de la Bandera muestra otra jornada peronista. El mensaje del pueblo justicialista es clarito, no necesita intérpretes: está tatuado en los trapos que cuelgan de los centenarios árboles: “No a la proscripción, sí a la democracia”.
Mauro Vidal se vino en bondi desde el fondo de Lomas de Zamora. Llegó con la tarjeta SUBE en rojo, el bolsillo flaco pero la convicción intacta. “Cristina está presa porque le dio derechos al pueblo, porque gobiernan los gorilas antipueblo”, suelta el tornero desocupado desde hace más de un año. Mauro tiene 40 pirulos sobre el lomo y la memoria despierta. Agita dos banderas pesadas de tela tosca con los rostros del General y de Evita. Al lado, un cartel reza verdades que no entran en los juzgados de Comodoro Py: “CFK, te condena la mafia, te absuelve la historia”.
A unos pasos del auditorio donde los bombos ensayan su batalla cotidiana contra el silencio y el olvido, la señora Graciela González sostiene un cartelito bordado en tinta por sus curtidas manos de costurera. Dice, sinceramente, “Gracias CFK”. A sus 66 años, la vecina llegó desde el suburbio obrero de Sarandí. “Ella me dio la pensión que hoy me tiene a flote, aunque el agua la tengo al cuello desde que este Milei gobierna”, relata con dignidad y después clava la mirada buscando las cúpulas azuladas de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Cierra: “No se puede creer lo que le hacen a esa mujer. Es por eso que la condenaron: porque es mujer, porque ayudó al pueblo, porque no necesita papelitos para dar un discurso, porque no mueve la colita como un perrito faldero de los poderosos”.
Pegadita a las vallas llora Camila Gorosito, que vino pateando desde Caballito junto a un grupo de compañeros jubilados. Es una militante de a pie que laburó toda la vida en comercios, esquivando la precariedad, y ahora la jubilación no le llega ni al 15 del mes. “Yo estaba acostumbrada a salir, a pasear, a ayudar a mis nietos, y ahora no puedo ni alimentar a un perro, no me alcanza la guita. Ella está presa porque es inteligente, porque fue solidaria con los de abajo”.
El Lezama grita fuerte cuando Máximo Kirchner sube al escenario. Mariano Correa camina entre las columnas sabiendo que la geografía no es un dato menor en la crónica peronista. “Acá Sabato narró Sobre héroes y tumbas. Es un buen título para hablar de la actualidad, con los patriotas en cana por causas inventadas y el país que parece un cementerio”, reflexiona el docente de secundario. Correa lleva 59 pirulos de lucha en el campo popular. Analiza la coyuntura con ojo de militante veterano: “No me sorprende con este Poder Judicial que tenemos que Cristina esté presa”. Sin embargo, al mirar a los pibes y pibas que dan sus primeros pasos en el barro de la militancia, los agita: “Que se arrimen más, lejos de las mentiras de la derecha. Y nosotros tenemos que escucharlos, conocer sus sueños, sus necesidades. Así vamos a volver”.
Vicky Ledesma, de 21 años y venida desde las entrañas de La Matanza entre changas en negro y la billetera delgada, sintetiza la rabia y la ternura del banderazo. “Este gobierno dice que no hay plata, pero bien que se compran mansiones o se van de vacaciones de lujo como el chorro de Adorni. Con Cristina los laburantes podíamos viajar; ahora con suerte podemos comer una vez al día. El pueblo no aguanta más, por eso vamos a volver”.
De repente, desde los parlantes suena «Aurora» y las banderas en su corazón acarician el cielo del parque mientras explota el grito sagrado de «Patria sí, colonia no».
Sobre las tablas del escenario se despliega a pleno el peronismo cristinista, un variopinto bloque abroquelado en las espaldas del líder de La Cámpora. El diputado toma el micrófono como principal orador. Sus primeras palabras van directo al hueso de la memoria colectiva: “Hace un año, la compañera Cristina Fernández de Kirchner nos decía con mucha claridad, en las puertas del PJ, que podían meterla presa, pero que las jubilaciones de los argentinos que habían trabajado toda la vida no sólo no iban a mejorar, sino que iban a empeorar”. La plaza escucha en un silencio espeso, masticando la profecía cumplida del desastre.
Máximo no esquiva la discusión interna de un partido que busca su norte bajo los nubarrones libertarios: “La única manera de que la patria recupere el sendero del crecimiento es con el peronismo en el camino. El problema es que muchas veces hay dirigentes que sólo ven al peronismo como un vehículo para acceder al poder y no como una doctrina que defiende al pueblo y lo pone de pie”, dispara cuestionando la modorra de algunos compañeros y llamando a la unidad real del PJ.
Antes de que la noche más larga del año se devore el Lezama, vuelve a estallar la voz del Indio Solari desde los parlantes. La poesía ricotera insiste: todo preso es político. Entonces, la militancia inicia la peregrinación lenta de regreso hacia la esquina de San José 1111. Para volver a pisar el cordón de la vereda de la Jefa, porque el amor popular no sabe de juzgados, porque las banderas en su corazón no se guardan nunca.
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