El silencio fue sobrecogedor durante las tres rondas a la Pirámide. Esta vez, para despedir a Taty, fue un sábado.

Como siempre, como tantas veces con ella en el frente de la columna, la bandera de las Madres encabezó la breve procesión, que en esta ocasión duró tres vueltas. Luego el silencio perforó el ambiente hasta que los aplausos no pudieron impedir las lágrimas: cumpliendo con su deseo, las cenizas de la entrañable Taty Almeida, a partir de este momento descansan en el mismo lugar donde tantas veces marchó
Taty falleció el pasado 14 a los 95 años y ahora se encuentra donde por tanto tiempo, tantos jueves, participó de las rondas. Donde tanto bregó por Memoria, Verdad y Justicia y por los 30 mil desaparecidos. Donde tantas veces repitió su hermoso latiguillo: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”. Desde donde insistió por la frustrada aparición de Alejandro, su hijo, que fue secuestrado a los 20 años, el 17 de junio de 1975.
Los familiares de Taty y el militante por los Derechos Humanos Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, fueron los encargados del procedimiento sobrecogedor. La convocatoria fue hecha por las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, por H.I.J.O.S. y la propia familia de Taty.
Entre los asistentes se destacaron referentes de organismos de Derechos Humanos y sindicatos. También se hicieron presentes dirigentes políticos como Horacio Pietragalla Corti y Juan Manuel Abal Medina, quienes subrayaron la vigencia de las consignas que Taty repetía incansablemente, junto con su lucha. Los aplausos, las lágrimas y los abrazos dieron cuenta de que la despedida trascendía lo personal: fue un acto colectivo de gratitud y de compromiso.
El homenaje no fue sólo una despedida sino también una reafirmación de lucha. Voces jóvenes de H.I.J.O.S. recordaron que Taty fue puente entre generaciones, capaz de transmitir la memoria del terrorismo de Estado a quienes nacieron en democracia. “Su legado quedará grabado a fuego en las nuevas generaciones militantes”, expresó una oradora, mientras los pañuelos blancos flameaban en alto.
La jornada concluyó con un aplauso prolongado, casi infinito, que envolvió la Plaza, testigo de su inolvidable lucha. «
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