Barbarie contra civilización: ¿Qué pasa en Malí?

Por: Eric Calcagno

El movimiento tribal tuareg va por la secesión del norte del país y la creación de una nación independiente. Los diarios de Bamako llaman a la unión y a la movilización general de la sociedad civil.

Con 1,2 millones de km2, la República de Malí es uno de los países más extensos de África, cuna de 22,3 millones de habitantes. Ha padecido continuos problemas internos desde la independencia de Francia en 1960, hechos de particularismos étnicos, de ambiciones individuales y de injerencias extranjeras. Sin embargo, la caída de Libia en 2011 marca un antes y un después en la violencia. Con la destrucción del Estado libio perpetrada por occidente, varias facciones pudieron armarse y financiarse e invadir Mali. Sobresalen dos movimientos, uno tribal, identificado como tuareg, cuyo objetivo es la secesión del norte del país y la creación de una nación independiente. El otro es confesional, que con diferentes apelaciones tiene por terminal la organización terrorista Al Qaeda. Busca establecer la Sharía en todo el territorio maliense, una interpretación literal del Corán que termina con toda institucionalidad. A principios de 2012 estas dos corrientes se aliaron contra el gobierno de Bamako –la capital- y lograron disponer de unos 2000 efectivos que provocaron un golpe de Estado así como una intervención militar francesa. Con la extensión de los ataques yihadistas, la presencia francesa se amplió a los países vecinos, en una situación de guerra endémica donde separatistas y terroristas eran mantenidos a raya sin ser destruidos. Es uno de los motivos de las revoluciones del Sahel desde 2020, encabezadas por Ibrahim Traoré en Burkina Faso, Abdourahamane Tchiani en Níger y Assimi Goïta en Mali. Con fuerte apoyo popular y sindical, sostenidos por el clero musulmán y cristiano, estos tres países convergen en la Asociación de Estados del Sahel (AES). Los objetivos son el combate al terrorismo islámico y al secesionismo, la nacionalización de los recursos naturales –sobre todo la minería- y la expulsión de las tropas francesas y extranjeras. También buscan abandonar el Franco-CFA, la moneda administrada por la antigua metrópoli. Es un programa de soberanía nacional, de integración regional y de desarrollo económico y social, en la tradición de Thomas Sankara, líder de Burkina Faso admirador del Ché y condecorado por Fidel, asesinado por Francia en 1987.

Creemos que es la perspectiva adecuada para analizar el ataque realizado este 25 de abril contra las ciudades más importantes de Malí. En un eje noreste sudoeste transversal al territorio, Kidal, Gao, Sevare, Kati y Bamako fueron el objetivo de una nueva alianza entre los tuaregs y los terroristas. El hecho de buscar “decapitar” la conducción político-militar maliense, con atentados en Kati contra el presidente Goïta y el ministro de defensa Sadio Camara –quien cayera en combate la noche del 25-, los ataque coordinados con infiltrados en las aglomeraciones y drones preparados llevan una firma. Esos 12 mil soldados que los facciosos pusieron en el campo no se financiaron, ni entrenaron, ni se armaron solos. Esa es la firma de occidente. ¿Será porque las naciones del AES prefieren la asistencia militar rusa? ¿O qué China financia las obras de infraestructura? ¿O salen de la órbita de la metrópoli colonial para integrar el Sur Global? Sin duda una mezcla de todo eso.

Los diarios de Bamako llaman a la unión y a la movilización general de la sociedad civil contra la agresión. También reproducen el discurso del presidente Goïta, que lamenta pérdidas humanas, recuerda al amigo Sadio y con determinación afirma la voluntad de continuar la guerra. Parece que la ciudad de Kidal ha caído en manos enemigas (los defensores occidentales de los derechos de las mujeres podrán apreciar como las tratan los yihadistas). En el resto del país los ataques habrían sido rechazados. En los medios rusos destacan la participación del cuerpo africano en la resistencia y la contraofensiva, que logró impedir un golpe de Estado en Malí. Hablan de entre 200 hasta 2000 bajas en las filas golpistas. Poco se sabe de las propias. Es la guerra.

Aunque lo que más sorprende es la prensa occidental. La gran mayoría, presuman de progresismo o sean de derecha califican a la coalición tuareg-terrorista como “insurgentes”. Habría disensos entre los militares rusos (al que llaman “África Corps”) y el ejército de Malí. Los gobiernos patriotas del Sahel son calificados como “Junta”, como si se tratara de Pinochets o Videlas africanos. Es más simpático que describir al líder faccioso Iyad Ag Ghaly, con pedido de captura de la Corte Penal Internacional. En efecto, es acusado de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre los que destacan el asesinato de prisioneros, esclavitud sexual, violación, persecución de mujeres y niñas, mutilación, tortura, destrucción de mezquitas y monumentos históricos. Un currículo similar al de Ahmed al-Charaa, el presidente de facto en Siria.

Quizás ese sea el libreto que occidente tiene para Malí: convertirlo en una nueva Siria regida por fundamentalistas islámicos, al precio del desmembramiento territorial exigido por los tuaregs. Sería asestar un duro golpe para la AES y los proyectos de integración en África, del mismo modo que la agresión a Irán es un ataque a los BRICS, y que la colonización de América Latina avanza al paso del portaaviones USS Nimitz. Es la guerra y es mundial. «

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