“Platero es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Estas palabras quedaron grabadas de manera indeleble en varias generaciones de argentinos como si fuera el Padre nuestro. La mayoría de ellos hoy detesta a Platero y creo que no por el texto en sí, sino por su carácter de lectura obligada. Aunque los premios no garantizan nada, debería tenerse en cuenta que el autor de este libro, Juan Ramón Jiménez, tan odiado en la niñez de otros tiempos y tan despreciado en la vida adulta, fue Premio Nobel de Literatura en 1956. Dado que la justicia humana es tan injusta, debería existir una justicia poética que lo reconozca.
Y hablando de animales creo que la culpa no es del chancho (ni del burro), sino de quien le da de comer. Ningún texto sobrevive al despanzurramiento pedagógico que lo disecciona en imágenes visuales, olfativas, auditivas y otras hierbas. Ese análisis, que pretende inculcar el gusto por la lectura llevando los libros a la mesa de disección, se parece demasiado a una autopsia porque presupone que las palabras son seres muertos cuando están escritas y a nadie le gusta estar en la morgue aunque esta sea una morgue literaria. Por otra parte, la lectura no puede imponerse. Como dice acertadamente Daniel Pennac, hay dos verbos que no admiten el modo imperativo: amar y leer.
El pobre Platero parece haber nacido con vocación de mártir. Como si no bastara con su disección pedagógica, la tragedia económica que vive la Argentina hace que se lo despanzurre en el frigorífico y se lo trocee en la mesa del carnicero.
Si, ya sé, no es menos criminal diseccionar una vaca. Creo, como Manuel Vázquez Motalbán, que “La cocina es una metáfora ejemplar de la hipocresía de la cultura. El llamado arte culinario se basa en un asesinato previo, con toda clase de alevosías”.
Pero, digo yo, ¿no les bastaba con que las penas y las vaquitas se fueran por la misma senda aunque las penas fueran siempre de nosotros y las vaquitas siempre ajenas? Ahora, además, se abre una nueva grieta: quienes se coman las vacas serán los privilegiados y los burros quedarán para los jubilados sistemáticamente apaleados los miércoles en Congreso, para los asalariados empobrecidos, para los que perdieron el trabajo, para todos aquellos que tuvieron que renunciar obligadamente al asadito del domingo no por haberse vuelto vegetarianos o veganos, sino porque ya no pueden acceder a lo que fue el producto por antonomasia de las mesas argentinas. Ni siquiera les alcanza para una modesta cascada en la pileta del baño a falta de una pileta de natación. Si quieren agua decorativa, deben conformarse con las goteras.
Atrás quedaron los tiempos de María Castaña en que María Elena Walsh y Leda Valladares cantaban “ya se murió el burro / que llevaba la vinagre / ya lo llevó Dios / de esta vida miserable/ Estiró las patas, / arrugó el hocico / y con el rabo tieso / murió de improviso. Todas las vecinas fueron al entierro / y la tía María tocaba el cencerro”. ¿Quién se encargaría hoy, en que Platero ya no pasea bajo el cielo de Moguer y la tía María ya no toca el cencerro, de darle digna sepultura a un burro y asistir a su entierro. La piedad es un sentimiento en extinción. Son tiempos oscuros para todos aquellos tan blandos por fuera (y también por dentro) que se dirían todos de algodón, que no llevan huesos. Si el autor de Platero resucitara y mirara hacia Argentina volvería a morirse, pero esta vez se moriría de pena no sólo por lo que hacen con seres de la misma especie que Platero, sino también porque su carne significa ahora una condena para los pobres.
Ya he escuchado algún elogio televisivo a la carne de burro por ser magra. No tardarán en aparecer cocineros y cocineras que ofrezcan recetas en que la carne del pobre Platero sea el ingrediente estrella, desde burro a la provenzal a milanesas de burro. Y también aparecerán nutricionistas que le canten loas por ser buena para combatir el colesterol.
Por lo rápido que avanza la pobreza, muy pronto serán apenas unas pocas las mesas en las que se sirva carne de vaca. Para recordarla quienes no puedan acceder a ella tendrán que ver los almuerzos con Mirtha Legrand, siempre y cuando puedan pagar el cable.
Y pensar que por lo menos para quienes asistíamos a la escuela pública era inevitable escribir la “composición tema la vaca”, símbolo y orgullo nacional de un país agrícologanadero.
El mundo siempre ha sido desparejo, paro decirlo con el antológico aforismo de José Narosky que tiene la pompa sentenciosa de lo que se escribe en bronce aunque sea intrascendente: “Hay quien arroja un vidrio roto a la playa. Pero hay también quien se agacha a recogerlo”. Lo cierto es que desde que comenzó el cambio climático, que dicen que no existe, pero que lo hay, lo hay, la escala zoológica se ha trastocado. Hoy nos gobierna alguien que se auto percibe león, canta como un perro y que es catalogado de gatito mimoso. El supuesto león vive rodeado de ratas vegetarianas que roen sólo verdes y lo acompañan algunas víboras.
Con semejante desbarajuste animal no es extraño que Platero forme parte de la canasta alimentaria. No sé qué pasará con nosotros, pobres corderos de Dios, ante las ofensas de las bestias que caen sobre nosotros con el ímpetu de las Cataratas del Iguazú, aunque se trate de una cascada de country.