Dios, santo dios, con y sin mayúscula, hay luto en el cielo de los hombres buenos.

Y hay ausencias que duelen hacia atrás, algunas, muy pocas, que duelen hacia atrás y adelante, abismos de incertidumbre, de desorientación, nombres, muy pocos, que se hacen notar por lo que fueron y por lo que necesitaríamos que siguieran siendo: Evita, Rodolfo, Hebe, Norita. Y Beto.

Sí, Beto. Vos. 

Tu sonrisa, tu militancia blindada, tu consejo oportuno, tu sabiduría para comprender que ni las derrotas ni los triunfos son para siempre, tu abrazo generoso y la mejor de las mejores maneras de vivir o, más cierto, tal vez no la mejor sino la única que conocemos y, doy gracias, compartimos: darse a los demás.

Beto fue espejo y luz. En el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, SiPreBA, tomamos de los aciertos y fracasos de los Metrodelegados un mapa de acción. 

Seguimos sus huellas, nunca, doy gracias, estuvimos solos. La paciente construcción colectiva se fue fortaleciendo, sus raíces, casi siempre invisibles o invisibilizadas, se extendieron en terreno fértil y árido. Y dieron fruto.

Ese fue Beto, alguien que nunca dejó de sembrar, alguien que, doy gracias, soñó y no soñó solo.

Doy gracias, sí.

E invito, desde el dolor de hoy y la esperanza de mañana, a honrar a Beto con lo que él nos enseñó: compromiso, unidad, lucha.

Aye, Gio, guarden el orgullo de haber amado y haber sido amados, no hay tesoro más preciado.

Beto Pianelli, querido Beto, abrazo hasta donde nos alcance la fe, es decir, abrazo interminable.