“Musk vale 829 billones, es dueño de X. Bezos vale 234 billones, es dueño del Washington Post y de Twitch. Zuckeberg vale 231 billones, es dueño de Facebook, Instagram y Whattsap. Y ahora Larry Ellison vale 202 billones, a punto de controlar CNN, CBS, TikTok y HBO. Sí, esto es una oligarquía”. Es lo que twitteó por X el Senador Bernie Sanders este 3 de marzo. Claro, los billones de los norteamericanos son nuestros miles de millones, sobre todo cuando están en dólares. Pongamos en contexto esa opinión de Sanders.
Los Estados Unidos ya conocieron en el pasado este tipo de situaciones, basta evocar la era de los “Robber Barons” (Barones Ladrones). Eran los tiempos de Vanderbilt, Carnegie, Rockefeller, J.P. Morgan, Hearst, allá por la segunda mitad del siglo XIX, que predicaban “el evangelio de la riqueza”. Quizás de esas aguas estos barros, cuando vemos cómo las formas dominantes del capital en Estados Unidos suelen ser designadas con el prefijo “Big” (o grande). Así existe la Big Pharma, que son las grandes corporaciones que controlan la salud; la Big Finance, que maneja la economía; la Big Oil a cargo del petróleo, y hasta las Big Five que agrupan a los estudios de auditoría más conocidos que tienen por función validar el comportamiento de las otras Bigs. Por supuesto que hay más. Tienen capitalizaciones siderales en las bolsas de valores y fuerte expansión internacional. Ser “Big” es también un sello de calidad y sobretodo una garantía: en caso de crisis financiera, las principales empresas son rescatadas gracias al dinero de los contribuyentes porque son “too big to fail”, es decir “demasiado grandes para quebrar”. Aunque ya daba señales de una salud insolente, la recién llegada a la familia de las Big es la Big Tech. Los apellidos son los citados por Sanders, que representan a Alphabet (Google), Apple, Meta, Amazon, Microsoft, Nvidia, Oracle, Tesla… Digamos que por Big Tech entendemos a las corporaciones que recolectan infinidad de datos y las transforman en la información necesaria para la propia valoración o solicitada por un cliente. Si le creemos a la Enciclopedia Británica, las Big Tech trabajan sobre la Big Data. ¿Y eso? A mediados de los ’90 (una eternidad, vea) el científico norteamericano Doug Mahsey afirmó que la característica principal en el manejo de datos es lograr cada vez mayores cantidades de volumen, velocidad, variedad, valor y veracidad (las cinco “vé”, que le dicen)… gracias al algoritmo que diseñan y aplicaran las máquinas. ¿Y datos de qué? Sobre todo datos de nosotros los humanos. ¿Cómo? Mediante una tecnología digital cada vez más perfeccionada que avanza cada día más. Como todas las Bigs, estas Tech valen la cotización de las acciones. O lo creen los especuladores que van a valer esas acciones. O los contratos que el gobierno de Estados Unidos les otorga. Pero una cosa es ocuparse de la salud, de la economía, del petróleo, de la auditoría y más… Pero otra muy distinta es ocuparse de todo al mismo momento en tiempo real. Por supuesto que las Bigs tienen interrelación entre ellas, pero sólo la Big Tech les proporciona a todas el insumo indispensable para funcionar. Esa información sin fin ya viene premoldeada, pues bien sabemos que el método determina el resultado.
Les proporciona el insumo para funcionar, como en los tiempos de los Robber Barons pudieron ser la electricidad, el ferrocarril, el petróleo o la química, pero a la vez parece que estas Big Tech precisan de energía, de agua, de territorio. Es el costo del tiempo. En efecto, si los centros de datos albergan servidores sin fin tan numerosos como las espigas de trigo en los campos pintados por Van Gogh, las máquinas requieren de recursos naturales e infraestructura. Habrá que saber si el precio de estos bienes es superior o inferior al valor que produce, pues de lo contrario estaríamos frente de un sistema que gasta más de lo que genera. Aunque siempre es posible socializar las perdidas y privatizar las ganancias. Por eso no puede ser sino una modalidad oligárquica en el ejercicio del poder. El ejercicio oligarca del poder es la condición necesaria para la existencia de esas corporaciones bajo la actual modalidad. Como el genocidio en Gaza liquidó toda norma moral en occidente es necesario algo en qué creer. Es ahí donde aparece “el evangelio del algoritmo”. Es que el algoritmo no necesita ser cierto, sino exacto. Puede carecer de discernimiento, ya que es instantáneo. No obliga a pensar ni dudar, pues las matemáticas son el lenguaje de Dios. Por eso necesitan a “la nube”. Sirve para vender zapatos o bombardear escuelas de niñas. Las coordenadas reemplazan al debate sobre la verdad para ser la única revelación. Así no hay reflexión posible sobre el bien y el mal, ni filosofía, ni política, ni democracia. En espera de una mayor formalización simbólica, el oligarca Peter Thiel bautiza con nombres provenientes del El Señor de los anillos a las empresas militares que tiene, como Anduril, que produce armamento autónomo en base a la Inteligencia Artificial, o Palantir, especialista en el espionaje masivo. Quizás sea el mensaje de la oligarquía en modo digital: “un algoritmo para gobernarlos a todos. Un algoritmo para encontrarlos, un algoritmo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Pero eso ya no es Bernie Sanders, sino una modesta parodia de Tolkien.