Bioconstrucción: el sueño de la casa propia, pero con tierra, paja, techo y paredes de barro

Por: Patricio Ballesteros Ledesma

Más allá del costo del terreno, levantar una vivienda buena, bonita y barata, sin emplear hormigón ni hierro, permite un gran ahorro en costo de obra y de climatización.

No se sabe el número exacto de casas hechas con barro en la Argentina porque no hay un censo específico sobre bioconstrucciones, pero sí hay miles de ejemplos distribuidos en todo el país de viviendas antiguas y modernas levantadas con las técnicas ancestrales del adobe (ladrillos de barro secado al sol) y el cob (una mezcla de arcilla, arena, paja y agua).

Con el creciente aumento del déficit habitacional en el país, la tendencia de la construcción sostenible gana cada año más adeptos, no sólo por el rescate de un tipo de casas integradas con el entorno silvestre, sino por la abundante disponibilidad de materiales naturales, el bajo costo de la mano de obra y el ahorro en la climatización durante todo el año.

Para quienes tienen un pequeño terreno suburbano o en pueblos sin servicios, en el que planean instalar su vivienda y quizás algún emprendimiento de granja o de quinta, entre las diversas opciones ésta tiene como ventaja un presupuesto bajo, materiales muy accesibles, la posibilidad de trabajar en familia y acortar los tiempos de obra. Lo ecológico no está reñido con lo confortable, y eso queda demostrado en muchos ejemplos de verdaderos “palacios” naturales.

El Censo de Población y Vivienda de 2022 muestra casi 4 millones más de viviendas, y al analizar los datos la Fundación Tejido Urbano se pregunta ¿quién las hizo?. La información recopilada muestra que entre 2010 y 2022 se construyeron en la Argentina más de 3,9 millones de viviendas. “Parece un milagro, por fuera de toda lógica. La gente necesita un lugar donde vivir y lo consigue, más allá de cómo lo logre o de cuál sea la ubicación de la vivienda”, concluye Fernando Álvarez de Celis, director ejecutivo de la institución.

Más allá de las encaradas por el Estado nacional, provincias y municipios, y de las construidas por el sector privado formal, hay otras decenas de miles que se levantaron de forma independiente y aislada, muchas en terrenos fiscales y otras en parcelas muy alejadas de los centros urbanos y de los servicios públicos. Entre ambos censos, y más allá de las viviendas realizadas por el Estado y por el mercado, la mitad de las nuevas, poco más de 1,6 millones tienen un origen aparente incierto, en gran medida sin documentación registrada.

Más allá de las construidas en condiciones de informalidad, ya sea en barrios populares o como fruto de la expansión urbana y la creación de un suelo en el que construir el hogar sin planificación, hay miles en casi todas las provincias que se levantan en terrenos propios, con materiales ecológicos y autoconstrucción, que son contiguas a emprendimientos campesinos agrícolas, pecuarios o de artesanías.

Materiales nobles y económicos

De la mano de grupos ecologistas, permaculturistas y movimientos indígenas, pero también con arquitectos e ingenieros estudiosos de los métodos de bajo impacto ambiental, miles de parejas y familias que viven en el campo o eligen un cambio en su vida citadina encuentran en la construcción de este tipo de casas una alternativa rápida, barata, térmica, antisísmica, ecológica y segura. 

Desde hace más de una década en varios municipios y localidades del país se aprobó la construcción con tierra cruda, desde 2016 se autorizó el uso de adobe en el Municipio de General Pueyrredón, un año después Santa Rosa, La Pampa se sumó como primera capital provincial y hoy existen este tipo de viviendas en casi todas.

Cada vez hay más ciudades del país que cuentan con una ordenanza que habilita, reglamenta y promociona métodos de construcción sustentable realizadas con tierra cruda, paja encofrada, entramado de cañas, muros de neumáticos, relleno de botellas de plástico y terrazas verdes, entre otros materiales. En Calamuchita, Córdoba y en El Bolsón, Río Negro abundan este tipo de casas y comercios integrados con el paisaje, realizados con materiales que no contribuyen al efecto invernadero en su producción como los industriales. Al contrario, en muchos casos, provienen del reciclado.

Hay varias empresas de bioconstrucción en todo el país que brindan asesoramiento online y soporte técnico de proyectos, como la Cooperativa El Tala en la localidad cordobesa Amancay, donde el arquitecto fundador construyó su casa  familiar de 30 m2 en barro con apenas US$500, dejando a un lado el aumento de alquileres de CABA y buscando un terreno alejado de la especulación inmobiliaria.Como novedad, a inicios de septiembre se lanzó la plataforma Casa Conicet, un interesante espacio digital que reúne y difunde tecnologías vinculadas al hábitat sostenible, con el fin de impulsar alianzas estratégicas con el sector público, privado y de la sociedad civil, y ofrecer soluciones innovadoras en construcción y vivienda. 

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