Al poco tiempo de publicarse Libertadores de América, mi primer libro, recibí en la casilla de correo de mi perfil de Instagram el mensaje de un seguidor argentino que me contaba su viaje a Chile para ver un partido de Copa Libertadores. Había ido a Santiago para alentar a su equipo. Y el partido se había jugado en la cancha de la Universidad Católica, que todavía se llamaba como se llamaba.

El relato del viaje era vívido: este hincha contaba su aventura y lo que contaba coincidía bastante con lo que nos imaginamos de Chile los que no vivimos en Chile: “Fue alucinante llegar al estadio. La cancha de la U Católica se encuentra en el cheto paraje de Las Condes. Sin exagerar, el Hollywood chileno. Buscábamos algún que otro kiosco en las inmediaciones del estadio para comprar cervezas y nos dimos con que los ´markets´ chilenos no venden alcohol. Todo muy ´yankee´. Ahí mismo en ese barrio (sin mentir los vecinos del lugar manejaban el inglés con la misma soltura que su castellano), fuimos cuatro mil hinchas que plantamos bandera (literal) en tierras cordilleranas”.

Boca vuelve a la Libertadores en el San Carlos de Apoquindo, el estadio con el nombre más musical
Foto: @NuevoEstadioUC

Sin embargo lo que empezó a llamarme la atención, más que las distintas escenas del periplo, fue la frecuencia con la que aparecían estas palabras: San Carlos de Apoquindo.

Como todo fubolero americano, sé que en San Carlos de Apoquindo hay un estadio. Quizá no estoy seguro de a qué equipo pertenece, pero sé que hay un estadio ahí porque lo he leído en periódicos y lo he escuchado en transmisiones televisivas y lo recuerdo. Y creo que si lo recuerdo es por la magia del nombre, por el hechizo de esas palabras que, juntas, son imposibles de olvidar: San Carlos de Apoquindo.

Hasta el momento en que recibí el mensaje de este hincha yo podía pensar que sólo a mí me gustaba ese nombre. Pero desde aquel día sé que somos varios o muchos, al menos varios o muchos argentinos, los que sentimos, al pronunciarlo o escribirlo, el sabor de lo trasandino.

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El nombre empezó a tomar forma con la llegada de los incas al Chile central. Las cronologías son inciertas, pero se calcula que esto pasó alrededor de 1470. Los incas llegaron y trajeron con ellos a sus deidades y sus palabras, y, como en el resto de su imperio, empezaron a llamar “apus” a los cerros tutelares que regaban los valles donde conseguían alimento.

Después, cuando quisieron seguir avanzando hacia el sur de Chile, se encontraron con la tenaz resistencia araucana en la Batalla del Maule. Y así los incas, cuyo imperio abarcaba treinta y cinco grados de latitud (cuatro países actuales), encontraron al fin el límite meridional de su imperio.

Sin poder avanzar hacia el sur, los incas se quedaron en la zona que sí habían podido conquistar. Se lee en los Comentarios reales del Inca Garcilaso: “los Incas resolvieron en volverse a lo que tenían ganado y señalar el río Maulli por término de su Imperio y no pasar adelante en su conquista… El Inca les envió a mandar que no conquistasen más nuevas tierras, sino que atendiesen con mucho cuidado en cultivar y beneficiar las que habían ganado”.

Así fue que los incas se quedaron cultivando y beneficiando las inmediaciones no del Maule, que les fuera negado, pero sí del Mapocho.

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El nombre que tanto nos gustó al hincha y a mí se completó con la llegada de los españoles. También ellos llegaron llegaron al Chile central con sus deidades y sus palabras. Abolieron la casta de los Hijos del Sol y empezaron a esparcir la leyenda del Crucificado con sus muchos santos adyacentes.

Igual que los incas, los españoles se encontraron con la resistencia mapuche. Se lee en La Araucana, el poema rimado que se publicó en 1569 y que cuenta la historia de Chile hasta ese momento: “No ha habido rey jamás que sujetase / esta soberbia gente libertada / ni extranjera nación que se jactase / de haber dado en sus términos pisada”. Así las cosas, se quedaron en la parte central de Chile, en las inmediaciones del Mapocho, como habían hecho también los incas.

Y fue la superposición de esas dos culturas la que nos dejó ese nombre, musical como pocos, en el que resuena, entre santos y cerros tutelares, el drama del continente: San Carlos por un lado, y por otro Apoquindo, que es palabra quechua: Apu kintuApu es la divinidad y kintu significa “ramillete de ofrenda”. 

* Alejandro Droznes presentará su nuevo libro, «Aquí tu libertad, nueve lugares para el rock argentino», el martes 14 de abril a las 18.30 en Yenny, sucursal Jorge Luis Borges 2008.

Boca vuelve a la Libertadores en el San Carlos de Apoquindo, el estadio con el nombre más musical