Abajo la mitología. William S. Burroughs no es esa figura de cera que muchas veces queda reducida al cliché del poeta maldito que integró la santísima trinidad beat junto a Kerouac y Ginsberg. Eso sería conformarse con un fotograma de una película mucho más siniestra y monumental. Antes de ser el “Hombre Invisible”, Burroughs fue un fugitivo, un hombre que necesitó un charco de sangre para justificar su existencia. El libro La bala perdida, del investigador mexicano Jorge García Robles, llega a las librerías porteñas bajo el sello Alcohol y fotocopias para recordarnos que la literatura, a veces, es una cuestión de puntería fallida.
El disparador del libro es un hueco en la historia: el 6 de septiembre de 1951, en un departamento de la calle Monterrey, plena colonia Roma, en la Ciudad de México, un Burroughs pasado de ginebra Oso Negro decidió jugar al Guillermo Tell con su esposa, Joan Vollmer. El resultado no fue una manzana partida, sino una bala .380 en la frente de una mujer culta y rota, y el inicio de una huida hacia adelante que duraría toda la vida. García Robles, un narrador de los márgenes, reconstruye la odisea con la precisión de un perito balístico y la furia de un cronista que sabe que la verdad siempre es más sucia que la leyenda.

La edición de Alcohol y fotocopias -el proyecto independiente de Pat Pietrafesa que exhuma textos con urgencia fanzinera- no es un lanzamiento más; es un rescate necesario. El volumen funciona como un mapa de la deriva: los bares de mala muerte y buena vida del DF, los abogados corruptos como el célebre Bernabé Jurado, la presencia espectral de la dealer Lola la Chata y la metamorfosis de un asesino involuntario en un visionario del lenguaje.
Ensayo novelado, biografía alucinada, memorias de supervivencia: el libro despoja a Burroughs de su armadura. Festín desnudo: lo pinta vulnerable, buscando el pinchazo salvador de heroína, sobornando jueces y buscando una redención que solo iba a encontrar en la máquina de escribir. Como bien confesó el propio Bill: “Me veo obligado a aceptar la aterradora conclusión de que nunca habría llegado a ser escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan”.

A esta versión argenta se suma un prólogo a sangre fría de Osvaldo Baigorria y notas firmadas por Pietrafesa que detallan las andanzas y desandanzas que parieron la publicación en estas pampas del diablo.
La bala perdida no es solo un libro de perfiles; es un manual sobre cómo observar el abismo. La edición respeta la mística de la periferia, lejos de la pulcritud aséptica de los grandes sellos comerciales. Incluye testimonios, fotos de época y la sensación de que, al cerrarlo, todavía se escucha el eco de un disparo en la colonia Roma.
