Esas noches en el Luna Park apareció algo nuevo: en «Estadio Azteca», una canción con letra de Scornik incluida en El cantante, Calamaro intercaló estrofas del Martín Fierro

La primera era: “Gracias le doy a la virgen, gracias le doy al señor / Porque entre tanto rigor, y habiendo perdido tanto / No perdí mi amor al canto ni mi voz como cantor”. Ha pasado mucho tiempo pero sigue siendo escalofriante el hecho de que Calamaro haya encontrado en el poema nacional unos versos que parecían escritos para él. Porque en ese momento todos supimos que su ausencia había sido un paréntesis, pero antes habíamos llegado a pensar que no volvería del “tanto rigor” del destierro camboyano. Andrés se había ido en serio: la última canción de El salmón se llamaba «Este es el final de mi carrera». Pero una subjetividad se expresa con lo que encuentra y Calamaro nos estaba diciendo, a través de José Hernández, que había vuelto.

El concepto se completaba con la segunda de las estrofas del Martín Fierro que Calamaro recitó esta noche: “Atención pido al silencio / Y silencio a la atención / Que voy en esta ocasión, si me ayuda la memoria / A contarles que a mi historia le faltaba lo mejor”. Si la primera apuntaba al pasado, la segunda anunciaba que había un futuro. 

Calamaro como cantor

La vuelta completa a la Argentina incluía entonces volver a descubrir no solamente la propia patria sino, también, el poema nacional. Después de la década en España y de la aventura extrema de El salmón, Calamaro volvía al suelo materno y a ese fondo de pampa y caballos que nos habita. Y de paso, cansado quizá de que lo criticaran por su tendencia a la rima, la legalizaba con el Martín Fierro y poniendo a José Hernández como escudo humano.

En el momento pudo pasar desapercibido, pero el recitado de esas estrofas fue el primer hito de una insospechada deriva gauchesca, hecha de mates y de mañanas, que estaba empezando y que atravesaría décadas y discos.

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«Tres termos con Andrés»: así se llamaba la nota de Martín Pérez y Marcelo Panozzo que apareció en la revista La Mano en 2005, y así la poética de los excesos de Calamaro empezaba a desplazarse hacia la yerba mate. Tal como había sucedido con las anteriores, la nueva sustancia estrella se haría omnipresente. En 2005 decía: “a todos nos va a llegar la hora, pero en este momento disfrutamos de un mate, que para muchos argentinos es lo único que pueden disfrutar, y que en el resto del mundo ni siquiera lo conocen”. En la intimidad su banda se denomina “El club del mate bien cebado”. La Voz de Misiones llegó a titular «Calamaro contó que compró yerba misionera» un artículo en el que Andrés precisaba: “compré ocho kilos de yerba misionera para estar seis meses de gira”. Calamaro escribió en Facebook en 2019: “No lo digo por fardar / Soy el rey del chocolate. / Exigente con el mate / Y lo que guste mandar”. En sus vivos solía decir, mirando a la camarita del teléfono: “mate, tabaco, música… ¿Qué más?”.

En el plano de su discografía este nuevo Calamaro despunta recién en Bohemio, un puñado de canciones que más que canciones son sensaciones íntimas y estados de ánimo que resbalan como un sedante, salvo por un par de temas movidos. Así hasta llegar a «Plástico fino», alma del disco y declaración de principios. El legado de Miguel Abuelo, autor de «Buen día, día», se realiza en la gesta del recién levantado que vislumbra el amanecer y saluda al mundo diciéndole “Buen día”. “Miro tranquilamente las luces de la mañana” se escucha en «Plástico fino», y ese momento del día recorre el disco: “Soy el primero en saludar al día nuevo” («Inexplicable»), “Por mí saldría el sol todos los días” («Tantas veces»). La hora del Calamaro gauchesco y matero es la mañana, y por eso en la tapa de Bohemio vemos el horizonte y un sol naciente. Es ya el Andrés actual de la llanura, el que vive en un barrio cerrado de las afueras de la ciudad, lejos de su barrio natal y de aquel hotel que lo recibiera cuando empezaba el huracán toxicológico y compositivo que empezó en Honestidad brutal y lo cautivó en el cambio de milenio.  

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Y así, con el combo del mate, la mañana y la llanura, llegó el gran himno del Calamaro gauchesco, matero y matinal del siglo XXI: «Diego Armando Canciones», incluido en Cargar la suerte. Si el penúltimo Canto del Martín Fierro decía “Los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera”, el himno gauchesco de Calamaro se pregunta: “¿Para qué quiero enemigos / si tengo tantos hermanos?”. Si José Hernández había descrito el comienzo del día en el Martín Fierro (“Y sentao junto al jogón / A esperar que venga el día; / Al cimarrón le prendía / Hasta ponerse rechoncho / Mientras su china dormía / Tapadita con su poncho”), Calamaro escribiría: “A la mañana temprano / me acompaña el mate amargo / si no hay mate yo no arranco / la jornada evolutiva / para qué pisar ortigas / si puedo llegar volando”.  Casi un siglo y medio después del final de la gauchesca, Calamaro introdujo una pieza nueva en el mundo cerrado del género.

* El texto forma parte del libro Aquí tu libertad: nueve lugares para el rock argentino de Alejandro Droznes

Calamaro como cantor