Si quien lee escucha siete temas que transportan a otro tiempo que no es más que el actual, ¿no sentiría un vértigo que le hiciera pensar que todo lo sólido se desvanece en el aire? El término que asoma como el sustantivo que mejor define estos tiempos y la definición que mejor precisa la sensación de estos días se convierten en sinónimos en el último disco de Camionero, que toma como título la frase de Carlos Marx en el Manifiesto Comunista y en la década de 1970 reflotó en un gran un libro homónimo Marshall Berman. Porque la sensación de inestabilidad que da el vértigo enseguida puede convertirse en fascinación por la novedad de lo que desestabiliza, y el miedo que produce la ilusión de perder el equilibrio enseguida se convierte en embeleso por su pérdida.

Los alumnos de Joan Manuel Pardo (voz y guitarra del dúo rockero que conforma junto a Santiago Luis en batería y coros) no escuchan Camionero, “aunque un par sí”, reconoce Pardo, también profesor de Literatura en un secundario público. Dice haber charlado con colegas, tanto de la música y la docencia, sobre la juventud “como si fuera una cosa homogénea que sigue tendencias”, pero según su experiencia “sigue siendo más o menos lo mismo que cuando éramos adolescentes: hay pibes que escuchan la música de moda, otros escuchan rock, pero lo que pasa es que mediáticamente se le da relevancia a un sector que es masivo y se tiende a generar la idea de que todos escuchan Wos, Duki”.

Pero él ve un llamativo auge de bandas que “en general se las puede ver en festivales como Nuevo Día” (un evento que agrupa a bandas del amplio espectro denominado indie). “Están empezando a convocar un público para mí joven, que ahora tiene entre 18 y 25 años. Nosotros con Santi somos una generación más grande” (él 34, Luis una década mayor).

camionero
Camionero.

Razón no le falta: Camionero es una disonancia en una escena que el sentido común ve copada por artistas del trap, el rap y la llamada música urbana. Pero cuando se “levantaron las restricciones de la pandemia algo pasó, que nadie sabe bien qué es, y esos pibes que nos escuchan estallaron, estallaron mal”. Un mal que está lejos de ser pernicioso: quiere dar el tono llamativo que se le atribuye en el código comunicacional. “Entonces iban a recitales y hacían pogos y yo hacía rato que no veía pogos en recitales underground. Gente que no sabe lo que fue Cromañón adoptaba patrones más tradicionales del rock. Gente que tal vez no entendió el chiste de Pomelo (el personaje de Capusotto). Hay un quiebre generacional.”

Quién sepa la respuesta acaso se vea recompensado con millones (o alguna muy buena beca académica), pero esto es un artículo periodístico y apenas se ensaya hipótesis. “De repente había vasos vinculantes que consistían en compartir espacios y de repente se cortaron por la pandemia, y cuando después los más pendex se largaron, se largaron con todo y revivieron un montón de prácticas que medio habían desaparecido. Que calculo, asumo lo habrán sacado de Internet, porque la experiencia de un pibe o una piba de 18 años era muy acotada para vivir la música de rock en recitales. No se me ocurre de qué otra manera podrían haber sacado esa efervescencia, esa euforia sino tratando de replicar algo que vieron en videos. Y eso empezó a revalorizar de nuevo un montón el sonido del rock. Hoy el rock es contrahegemónico y enfrenta la ostentación del trap y la excesiva prolijidad del pop. El rock vuelve a ser un discurso muy contrario a eso, algo muy visceral casi noventoso. Ahí de alguna manera entramos nosotros. No sé por qué”, ríe.

Aunque sí tiene una sospecha: “Hay algo de lo que hacemos que creo que tiene que ver con una actitud de ir para adelante, de tocar un montón, de no tenerle miedo a nada, de hacerle frente a todo que a veces sale bien y a veces sale mal: algo en nuestra actitud más allá de la música que caló en esa generación y nos incluyó. Es muy loco porque por ahí con otras bandas de nuestra generación no sucedió esa conexión”, dice, ahora sin sospecha, de dar pistas sobre la conexión de muchos jóvenes con el fenómeno Milei.

Santiago Luis y Joan Manuel Pardo.

-Dejaron el flow del rap y el trap para volver al beat del rock.

-Puede ser, totalmente. Yo nunca había visto un mosh en mi vida -más allá de un recital gigante- hasta que aparecieron estos pibes. En un antro de 50 personas hacen mosh: ¿de dónde salieron?

Pardo y Luis previamente venían haciendo música “desde la adolescencia” y siempre relacionada “con el rock, con el blues”. Que es lo que les “gusta” y es lo que les “sale: siempre estuvo esa intención de volver al sonido de Manal, el sonido de Almendra, Pescado Rabioso, Pappo’s Blues al sonido más clásico, si bien para Santi su referente máximo son los Ratones Paranoicos; desde ahí siempre tratamos de hacer un guiño”. Y también vienen creciendo juntos musicalmente porque se van descubriendo en una complementación que por momentos parece sorprenderlos. “La cabeza de Santi es muy predispuesta a ver lo macro y yo soy más de lo micro; yo me vuelvo loco con: no lo estoy tocando como debería, él es más de ir detrás de la producción, que la canción fluya; y esa es su cabeza de arquitecto que le dio un aprendizaje cómo llevar adelante algo de magnitudes grandes.”

Baradero podría pensarse entre esas cosas, pero a esta altura ambos saben qué hacer porque fueron “aprendiendo en otros festivales más chicos que más que de catapulta te sirven para profesionalizarte”. Por ahora apuntan a “shows de 100, 150 personas”, es lo que les cabe: “Nos gusta más que haya gente apretada y no espacios libres. Por eso a veces sacrificás la parte técnica pero se gana como un calorcito y la gente lo disfruta más: un poquito incómodo a la gente le gusta, le gusta sentir que hay gente cerca, que está cantando y el de al lado también. Pero no al límite de que se vea mal el recital o que se empujan. Para nuestra generación eso es súper importante, no estamos acostumbrados a pasarla mal en un recital.”

Camionero

Sigue presentando “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Viernes 29 en Rock en Baradero, Baradero.