El escritor y periodista argentino Tony Vardé presenta Una canción hizo la diferencia, un libro publicado por Colectivo Flota Negra con prólogos de C. Niamibi Steele y Sol Ramos, que reconstruye el vínculo entre la música negra estadounidense y las luchas por los derechos civiles.
El proyecto surgió a partir de un artículo que escribió para el fanzine vasco Klask! sobre «Strange Fruit», la canción de Billie Holiday que denunciaba la violencia del racismo en el sur de Estados Unidos. Esa investigación, combinada con conversaciones con la activista afroargentina Sol Ramos, abrió la puerta a una obra más ambiciosa que conecta pensamiento político, activismo y cultura popular.
El libro también dialoga con trabajos previos del autor (Grabando emociones – Le révolution de Stax Records y ¡Escuchate ésto! 75 joyas de la música soul), donde ya había evidenciado la imposibilidad de separar música negra y política. “Stax fue uno de los primeros sellos en el que músicos negros y blancos trabajaban juntos en los años 60 en el sur de Estados Unidos; eso ya implicaba una revolución”, señala. La muerte de Martin Luther King, estrechamente vinculada a la historia del sello, reforzó esa perspectiva: “Evitar esa implicancia política hubiera sido tapar el sol con las manos”, agrega.
El libro repasa el impacto inicial de «Strange Fruit«, publicada en 1939, cuando el Movimiento por los Derechos Civiles recién daba sus primeros pasos. Nacida en la izquierda neoyorquina, fue censurada en varias radios del sur e incluso hubo quemas de discos, pero su simbolismo creció con los años. “’Strange Fruit’ fue ganando fuerza y se convirtió en un emblema contra el linchamiento y el terror racial”, explica.

Spirituals y militancia contra el racismo
Una de las claves del ensayo es la pregunta sobre por qué la música ocupó un rol tan central en el movimiento contra el racismo, más allá de su función artística habitual. Según Vardé, todo se remonta a los himnos surgidos de los spirituals afroamericanos que, en los años 40, comenzaron a salir de las iglesias hacia huelgas y protestas laborales. “Ese camino -de los campos de algodón a las congregaciones y luego a las calles- generó un sentido de comunidad muy fuerte, y esa música alimentó a todos los artistas que aparecen en el libro”, afirma. A partir de esa tradición, es posible trazar puentes entre figuras tan disímiles como Odetta y Public Enemy.
El ensayo analiza también el grado de conciencia política de los músicos. Algunos, como Nina Simone, Curtis Mayfield, Lauryn Hill o los propios Public Enemy, asumieron abiertamente su papel en la lucha contra el racismo; otros vivieron tensiones internas. Es el caso de James Brown, quien con «Say It Loud (I’m Black and I’m Proud)» enfrentó presiones de la industria y un cambio abrupto en su público. “Un año después decidió retirarla de sus conciertos y luego grabaría muy pocas canciones con carga política”, recuerda el autor.

La investigación se apoyó en entrevistas propias, material de archivo, documentos sonoros y una amplia bibliografía sobre música y activismo. Pese a la tentación de trazar paralelos, Vardé advierte que el presente es diferente: aunque movimientos como Black Lives Matter retoman la protesta callejera y su potencia cultural, hoy no existen referentes afroamericanos equivalentes a Martin Luther King, Malcolm X o Stokely Carmichael.
La obra se organiza alrededor de una pregunta central: ¿puede una canción cambiar algo o solo amplifica un proceso ya en marcha? Inspirado en una frase de Chuck D en el documental Let Freedom Sing, sostiene que la música potencia transformaciones existentes, pero alguien debe ponerle sonido a la lucha. “Convertir esa lucha en canción hace que el mensaje llegue con más fuerza”, señala. Como ejemplo paradigmático, recuerda que «Strange Fruit» nació como un poema y su autor lo musicalizó justamente para hacerlo más efectivo.

* Noticias Argentinas