Cuando se piensa en playa, se piensa en la costa bonaerense. Pero también hay bellezas al sur del sur. No por nada lo llaman “el Caribe patagónico”.
Son cinco playas las más famosas, aunque hay muchas más. Desde Viedma hasta Sierra Grande se despliega el corredor de la Costa Atlántica rionegrina donde es posible elegir la playa por su textura de arena, piedra o conchillas y por la temperatura de su mar. Bares, restaurantes y mucha, pero mucha, actividad náutica y submarina son parte de su atractivo que junto a la naturaleza agreste forman el combo perfecto del verano.

“Mucha gente de Buenos Aires, de Santa Fe, de Córdoba, Mendoza llego apenas arrancó el verano”, remarca uno de los pioneros en actividades náuticas en la región, Agustín Sánchez. Hace 20 años se jugó con una primera embarcación para avistar ballenas en Río Negro y logró diversificar la oferta e impulsar las actividades en San Antonio Oeste. Así reció con su empresa familiar que además cuenta con expertos en biología marina.
“La verdad es que la gente del norte siempre está presente, es algo que siempre nos llamó la atención, vienen de Jujuy, de Tierra del Fuego, hacen muchos kilómetros para pasar por acá, y se dan cuenta de que es un lugar donde se disfruta mucho del agua. Vos bajás a la playa y si bien es de canto rodado, hay otras playas cubiertas de conchillas, otras de arena suave, tenés playas para elegir”, relata mientras maneja su camioneta rumbo al muelle junto al mar.

“Lo que la gente se da cuenta es que la calidad del agua es increíble, porque la mayoría de los días es transparente y templada. Se disfruta mucho. Uno viene a veranear y se encuentra con posibilidad de avistar fauna marina, lobos marinos, con probabilidad delfines, pingüinos de Magallanes. Entonces tenés distintas alternativas para cada día, más allá de la sombrilla y la carpa en la playa. Son lugares donde se puede disfrutar desde la naturaleza”, añade Agustín Sánchez de Rupestre Patagonia.
Si uno mira un mapa, desde su capital Viedma, la costa rionegrina es un corredor perfecto que abarca una porción de la Costa Atlántica a la altura del Golfo San Matías. De 30 a 343 kilómetros son las distancias que se recorren entre playas. Pero más allá del «desierto», la región se hizo famosa por la calidad del agua, más relacionada a las zonas cálidas del continente que a la de sus «hermanas» bonaerenses. De ahí el mote del “Caribe de la Patagonia”, por sus cielos y aguas turquesa. Naturaleza silvestre, acantilados, cuevas talladas por la erosión, arenas claras. Para todos los gustos.

Es tan importante este corredor de la Costa Atlántica rionegrina que en diciembre la provincia presentó al destino en Ciudad de Buenos Aires ante representantes del sector público y privado de Viedma, San Antonio Oeste, Sierra Grande y Carmen de Patagones para mostrar las atracciones e impulsar el movimiento turístico de cara a este verano. El recorrido puede comenzar en el balneario El Cóndor en Viedma; luego seguirá por La Lobería y Punta Bermejo; Bahia Creek (a 130 km); Las Conchillas (210 km) y Punta Perdices (215 km) en San Antonio Oeste. Unos minutos al Sur: Las Grutas, para llegar finalmente a Sierra Grande que alberga las famosas Playas Doradas, muy cerca del flamante Parque Nacional Islote Lobos.
El Cóndor es famoso en la Patagonia. Antes de llegar a la playa se ve el faro, Monumento Histórico Nacional. Es de adobe y está en pie, funcionando. Ahí nomás, caminando, se llega a un lugar único: sobre los acantilados habita una de las colonias de loros barranqueros más importante del continente. Son unos cinco mil ejemplares, enormes, de color verde y algún plumaje azul y amarillo; anidan sobre los gigantes de la costa y los agujeros de los nidos dibujan el perfil de un enorme queso gruyère.

El mar y el pueblo costero devuelven imágenes de película. El cielo se inunda de estrellas. La travesía comienza por la mañana cuando el sol pega en los acantilados. Hay que estar atentos a las rocas que afloran en el suelo porque preservan rastros de cada especie que habitó millares de años atrás. Gliptodontes, tigres dientes de sable, antecesores del guanaco o el ñandú, son parte del universo para descubrir caminando la playa.
El turismo en Río Negro cobró impulso los últimos años y la gente llega atraída por esta naturaleza pura y encantadora. Las Grutas posee sus aguas a 25 grados, las grandes pleamares sobre las restingas convierten al agua en un mar templado, con corrientes diferentes a la costa más norteña. La más paradisíaca y cristalina es Punta Perdices. Aunque de acuerdo a como el sol “encienda” la playa con sus reflejos será Playas Doradas la que atrape a los visitantes, que tendrán al kitesurf, el sandboard, la pesca y el buceo como parte de su encanto.

Vino submarino
No todo es playa. También hay vino: la única cava submarina está aquí. Si bien empezó con una bodega, Wapisa, el gobierno rionegrino habilitó tres jaulas con capacidad para 680 botellas y lograr una cava que guarda vinos de bodegas de todo el país. El enoturismo es otro auge de estos tiempos.
El buceo también sobresale
La experta en buceo, María Laura Varela, permanece desde hace dos décadas en Las Grutas brindando cursos y bautismos bajo el agua, explica que todo el año se puede ir a aprender o practicar.
“El curso es para todos. Se inicia en una pileta y hasta que la persona no se siente segura no se desciende en el mar”, dice y tranquiliza. Brindan las técnicas básicas y pocos saben que en esta zona los rionegrinos inauguraron y fueron complejizando con el correr de los años un Parque Submarino para bucear.
Cuenta con cinco buques pesqueros en desuso, que fueron limpiados para hundir y conformar esta propuesta. Se pueden ver mascarones de proa pero quizás lo que subyuga es la población de bichaje que cubre las naves hundidas.
Hay de todo: Corales, anémonas, algas, bivalvos, ostras, mejillones, cholgas y estrellas de mar. ¿Cómo la naranja culona? “ Hay unas de color violeta”, especifica María Laura Varela entrevistada por Tiempo. Pero más que leer, hay que ir y presenciarlo. Es la clave en el Caribe patagónico.