En El Portón de Sánchez se presenta Caricias, la obra del gran dramaturgo y director catalán Sergio Belbel. El responsable de la versión argentina es Andrés Bazzalo, también reconocido dramaturgo y director, que esta vez decidió poner en escena una obra no propia. “La tenía en carpeta”, dice como si fuera alguien que estaba esperando a que la tomara en sus manos y la convirtiera en una historia que conmueva al público porteño, como lo está haciendo ahora. “Me parece muy actual para retratar la vida, las relaciones íntimas de una gran ciudad, aunque está escrita en los 90 -amplía Bazzalo-. Retrata las contradicciones, las dificultades entre relaciones íntimas, padre-hijo, madre-hijo, amantes, parejas, amigos; creo que retrata la gran incapacidad de comunicación en la que estamos enfrentados.”
Caricias ya tuvo una versión argentina, pero sin repercusión. Fue en 1995 en el Cervantes, y acaso el tema aún no concernía a la cotidianidad del país. “Era muy de vanguardia en aquel entonces, pero la obra no generó un impacto que sí había generado en España y en Europa en general. Nosotros estamos tratando de generar ese impacto que creemos que la obra tiene. Y vemos que el espectador en general queda impactado. Porque la obra también ironiza, juega con el sarcasmo, por eso se llama Caricias: la dificultad de acariciar al otro, a la otra.”

La obra tiene once actores en escena, algo inusual en la actualidad teatral argentina, y más en el independiente. No todos al mismo tiempo: el escenario lo comparten de a dos, y al terminar un acto -podríamos decir-, uno de los dos queda y continúa la historia con otro personaje, y así sucesivamente hasta el final.
“Me parece que reducir la cantidad de actores y actrices reduce la lectura, porque los personajes son de alguna manera prototípicos. Hay muchas generaciones, y esto me permite trabajar con actores que van desde los 18, 19 hasta los 75. Tengo actores de 30, de 40, de 20, y esto es muy interesante. Porque además pertenecen a rasgos, a niveles sociales diferentes, y es posible, entonces, contar un poco la sociedad, las dificultades de la sociedad.” Y agrega que en España la obra reflejaba “una época de riqueza económica en España y la problemática existía”, pero eso no dificultó la adaptación a una realidad argentina casi opuesta. “Se empiezan a generar grandes diferencias económicas, y eso también está reflejado porque estaba en origen en ese material. Que a mí me parece muy provocador. E incluye un homeless que también ahora se ha convertido en algo absolutamente habitual en nuestras calles. El encadenado de las historias la hace muy dinámica e interesante, armando una especie de sinfín, un encadenado redondo, una estructura muy atractiva.”

Pero las historias no funcionarían igual si la escena no cambiara. Y eso fue un desafío aparte. “Tenemos un dispositivo escénico mínimo y muy útil, donde el mobiliario escénico se va transformando por uso y manejo de todo el elenco que permanece en escena toda la obra: mientras dos participan en la escena, los otros están armando y desarmando a gran velocidad; y en el centro del espacio, con una luz concentrada, se van sucediendo todas esas escenas de dos. Entonces es una mezcla de intimidad con algo también populoso: en algunas escenas, ese elenco que está presente en el fondo del escenario también participa.” Así se van sucediendo aspectos distintos de la misma dificultad: “La de personajes que quieren ser amados y terminan provocando lo contrario, que quieren comunicarse pero viven enredados en el teléfono, en las contradicciones, y que a veces involuntariamente se ponen violentos, cuando en realidad todos queremos y deseamos dar o recibir una caricia.”
La versión de Bazzalo incluye también los medios electrónicos de comunicación, el teléfono y todo lo demás, especialmente las benditas redes sociales, que hoy conocemos y no existían en 1992. Lo siguiente fue “ubicarte en Buenos Aires en lugar de en Barcelona: eso implica no solo el cambio de pronombres, la forma de hablar, sino también la construcción de los diálogos, que es diferente”. Y lo demás es más o menos igual: “El autor original tendría unos 30 años al escribirla, y ahora es más o menos de mi generación. Le conté cómo iba a ser una versión, me comuniqué con él, es un autor que yo admiro. Y como esencialmente me interesaba el corazón de la obra, el corazón de la obra es el mismo”.

Y si bien el nombre responde a cuestiones varias, no deja de llamar la atención que habla de algo que hoy el porteño medio prácticamente solo dedica a su perro (si lo tiene). “Tal cual, tal cual. Y por eso es caricia y no abrazo. De cualquier manera, con esta comunidad del Indio, el domingo le dedicamos la obra y se bailó un rock en escena con toda la gente, vitoreando. Fue una cosa muy emotiva en el teatro, como tantos que han dedicado sus funciones al Indio. Una excelencia artística indudable. Pero esa comunidad del Indio es una comunidad que se busca para abrazarse, que se contrapone con lo que el gobierno dictamina y baja desde arriba. Vemos una dicotomía buscando el abrazo. Por eso es tan fuerte esa comunidad ricotera. Justamente en contraposición con la bajada del gobierno, que es un gobierno cruel, distante. Que además abomina de lo popular, parece que le hace crecer pelo por todas partes, le tiene miedo.”
La reflexión sobre las caricias quedó de lado, pero el Indio, la pudorosa dulzura que producía en cada encuentro, es también una respuesta posible. “Fue la necesidad de pensarnos, de encontrarnos, de ver qué hacemos mal y qué podemos hacer bien para encontrarnos con el otro. Eso ha sido tan aleccionador en el encuentro de estos días, de la gente. Hay una parte del pueblo que quiere y puede abrazar, incluso acariciarnos”, salda lo que parecía haber quedado en deuda.
Y como si sospechara que algo de eso quedó, agrega: “La única caricia que va a suceder en esta obra es una caricia entre dos desconocidos: alguien que pide una caricia y alguien que la da. Por eso Caricia es eso, un sarcasmo, una ironía.”
Caricias
De Sergio Belbel. Versión y dirección general: Andrés Bazzalo. Elenco: Julián Chertkoff, Poppy Murray, Adriana Dicaprio, Paula Rubinsztein, Jorge Prado, Joaquín Sequeira Vega, Martín Dodera, Mariana Cinat, Daniel Alvaredo, Felipe Mariuzzi, Silvia Kalfaian. Domingos a las 20 en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034 (CABA).