El koljós era, en la utopía soviética, la granja colectiva donde el destino individual se diluía en la masa. Koljós es el título de la nueva y descarnada novela de Emmanuel Carrère, el nombre de la memoria familiar. El territorio común y alambrado donde conviven los príncipes georgianos, los juegos de hermanos en un departamentito parisino, un abuelo colaboracionista y la sombra imperial de una madre que fue ley y academia de Francia.

¿Diario de un duelo? ¿Crónica genealógica? ¿Ensayo sobre la desmesura de la Historia? ¿Novela de no ficción? A quién le importa. Hace años que Carrère se sacó de encima el corsé de los géneros. Hace literatura, a secas. De la buena. Esa que no se miente, como escribió en el desparejo Yoga, y que en esta entrega alcanza una nueva cumbre íntima. Si el francés ya había diseccionado su bipolaridad, su fascinación por los impostores y su devoción por los outsiders -como Limonov, el poeta punk nacional-bolchevique que Carrère rescató del barro para convertirlo en mito literario-, en su nueva obra se mide contra el espejo más imponente de su existencia: su madre, Hélène Carrère d’Encausse. Si Limonov era la Rusia de la calle y el cuchillo, Hélène es la Rusia de la academia y el protocolo; los dos extremos de un país que el autor intenta descifrar mientras se busca en el reflejo materno.

Publicado por Anagrama, el libro es un alucinante patchwork familiar que arranca con un rito frío y marcial: un funeral de Estado en el patio de honor de los Inválidos. Es el 3 de octubre de 2023 y la nación gala rinde homenaje a la primera mujer al frente de la Academia Francesa, la zarina de la sovietología. Carrère, con su ojo clínico narrativo, observa a Emmanuel Macron pronunciar el discurso fúnebre mientras su padre, Louis, se hunde en las lagunas de la viudez envuelto en una frazada. “Por la sangre de nuestra madre fluían todos los ríos entre el Volga y el Rin”, dice el presidente. Carrère toma nota. Sabe que detrás de las medallas y la gloria académica hay un archivo de sombras, cartas y fotos que su padre -cultor sin pergaminos de la microhistoria- recopiló durante 70 años y que ahora, tras la orfandad, constituyen el punto de partida de su investigación.

"Koljós", Emmanuel Carrère y la madre de todas sus batallas

Una novela rusa

Cualquiera que haya leído la generosa obra de Carrère sabe que sus textos tratan de Emmanuel Carrère. Maestro de maestros de la literatura del Yo, el autor construye sus catedrales desde la experiencia. En Koljós, el Yo se vuelve robusto pero poroso para dejar pasar la luz -y la oscuridad- de Hélène. El relato recupera el recorrido de los Zurabishvili, burgueses ilustrados que huyeron de Georgia tras la Revolución bolchevique, y se detiene en la figura de su abuelo Georges, marcado por una colaboración con los nazis nunca del todo esclarecida.

Ese es el gran secreto familiar, la “mancha” que Carrère ya había revelado en Una novela rusa (2007) y que le costó dos años de silencio con su mamá. En Koljós, la confrontación es distinta: hay una mezcla de exactitud, empatía y lucidez. Carrère dice, casi con un susurro cruel, que su madre no fue una historiadora de la Unión Soviética sino una “historiadora soviética”, burlándose de su tolerancia hacia Vladímir Putin, ese discípulo del orden que la académica tanto defendió.

“El futuro es impredecible. La Historia es un sistema complejo cuyo destino puede ser alterado por cualquier tipo de accidente”, escribe el autor de El adversario. Incluso la eminente Hélène falló en sus predicciones. Pocos días antes del 24 de febrero de 2022, cuando estalló el conflicto en el este de Europa, decía en vivo en la TV: “¡Putin no está loco, no va a invadir Ucrania!”. Y la invadió. Carrère se encontraba en Moscú esos días. En Koljós, registra el desplome de esa certidumbre materna con la piedad del hijo y la ironía del cronista.

"Koljós", Emmanuel Carrère y la madre de todas sus batallas

El archivista

Frente a la figura imperial e impenetrable de Hélène, se hace carne en el libro la discreta silueta de papá Louis Carrère. Un hombre apacible, humilde, que vivió a la sombra de la zarina y que se dedicó a archivar las huellas mínimas de la vida: las velas de las tortas de cumpleaños, las entradas de cine, unas hojas de helecho secas. Louis es el guardián de la genealogía, el hombre que se carteaba con párrocos y heraldistas para entender por qué una tía abuela cruzó el Atlántico en 1912. De tal palo, tal astilla.

Huérfano, Carrère se queda solo en el departamento familiar desierto del quai Conti, mirando el Sena pasar por debajo del pont des Arts, mientras vacía los cajones de un secreter que parece no tener fondo. Redescubre las fotos de bordes dentados de los años cincuenta, donde la felicidad todavía era un plano cerrado en una pileta municipal de Cazères-sur-Garonne. “Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan”, cita Carrère a Wilde. Koljós es, también, un libro sobre pedir perdón.

"Koljós", Emmanuel Carrère y la madre de todas sus batallas
Foto: AFP

La ceremonia del adiós

Si en Yoga Carrère exploró la erosión del ego a través de la meditación y el electroshock, en Koljós el bajón viene de la mano de la muerte. Las últimas páginas del libro retratan la agonía de Hélène, el gran relato de la despedida: “Yo, que nunca lloro, me pongo a sollozar y repito entre sollozos: ‘Mamá, mamá, mamá’. Podría haberme levantado y sentado a su lado en el sofá, podría haberla abrazado, pero debí de tener miedo de esta cercanía física, así que me inclino sobre la mesa baja, la cojo la mano y se la aprieto. Repito ‘mamá’, no sé cuántas veces lo dije ni cuántas veces ella dijo: ‘No te preocupes, es normal, estoy preparada, todo saldrá bien’”.

El libro viaja de Tiflis a París, de la Rusia prerrevolucionaria a la Ucrania bajo fuego. Es la historia del sufrimiento de (la madre) Rusia, del terror estalinista y del anhelo democrático frustrado. “Cuanto más desgraciado es el ruso, más ruso es”, arriesga Carrère. Pero sobre todo es la historia de un gran amor. Ese amor que el novelista le dedicó a su mamá, la mujer que definió la última palabra de la lengua francesa en el diccionario de la Academia –zygomatique– antes de morir en paz.

Una vez más, la Historia y la pequeña tragedia familiar chocan en el mismo párrafo de Carrère. Después de Koljós, como dijo Macron en el funeral, uno puede entender que la literatura, cuando es un ejercicio de verdad absoluta, es lo único que nos salva del olvido.

"Koljós", Emmanuel Carrère y la madre de todas sus batallas
Foto: JOEL SAGET / AFP

«La horizontal y la vertical», una muestra del libro

«Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (lo que era evidente, pongamos, para nuestros abuelos, a nosotros no solo nos resulta extraño, sino a menudo escandaloso). Me gusta que me den acceso a estas dos dimensiones de la experiencia humana a la vez, creo que es el secreto de los grandes libros (Guerra y pazLos BuddenbrookCristina, hija de Lavrans…), pero, en realidad, conforme me hago mayor, la que más me interesa es la vertical. Ya no tanto mis amigos y mis amores, como mis padres, mis hijos y el hijo que yo mismo fui. Es sobre eso sobre lo que me apetece escribir hoy. Al mismo tiempo…»