En su cuento “El otro cielo”, Julio Cortázar nos hace viajar de Buenos Aires a París, ida y vuelta, a través de una Galería Güemes que se convierte en una especie de túnel del tiempo y del espacio. De la calle Florida a la Galerie Vivienne, en la Rue des Petits Champs, sin escalas, sin aviones, sin barcos.

Algo así ocurre con Casa Brava en Madrid. Cualquier despistado que pasa por el número 44 de la calle Valverde y mira las paredes de madera y puertas de vidrio del recibidor, podría pensar que es uno más de los bares con música en vivo que habitan el marchoso barrio de Malasaña.

Lo que no saben es que, en realidad, es un refugio argentino. Atravesar su entrada, acomodarse en la barra o en alguna mesa que, milagrosamente, quede libre, implica aterrizar de inmediato en el entorno construido por Sofía Estévez, Agustín Bandoni y Martín Escalante, tres rosarinos que trasladaron hasta acá el espíritu de su ciudad tan musical, solidaria y acogedora.

El inicio de esta aventura se remonta a noviembre de 2018, cuando Josefina (hermana de Sofía), Joaquín Arce y Facundo Alessi abrieron Casa Brava Rosario.

Poco después, Sofía y Agustín se fueron a vivir a Madrid y la familia los animó a abrir una sucursal, pero ellos todavía no sabían si en verdad querían quedarse. Además, primero necesitaban construir una red de amigos. Si no, ¿quién iría al bar de unos argentinos desconocidos? Esperaron. Cultivar vínculos es una de sus especialidades. En otro noviembre, pero de 2023, ahora sí inauguraron Casa Brava Madrid en sociedad con los propietarios de la sede rosarina y con Victoria, la tercera hermana. Todo quedó en familia. Y se nota.

A Sofía, la chica de oscuros y abundantes rulos y mirada traviesa que estaba al frente del proyecto, la invadía la incertidumbre, pero también la ilusión de que Casa Brava Madrid se volviera un lugar de encuentro, que generara comunidad entre los inmigrantes que añoran a su país, que sucedieran cosas lindas con la música y lograran contagiar el orgullo rosarino. El pequeño escenario del fondo se transformó en un espacio vital para recibir a bandas, duetos, solistas.

“Algún día va a venir Fito”, decían los expatriados emprendedores a modo de chiste, convencidos de que era una quimera.

Pero Fito, efectivamente, llegó.

Fue una noche de abril de 2024. Con Casa Brava casi recién abierta, Páez, que estaba inmerso en la grabación de uno de sus discos en Madrid, entró con unos amigos. Le bastó saber que era “un bar de Rosario” para sentirse en casa. Se convirtió en un amoroso habitué. Ya vuelto amigo, le dijo a Sofía que quería tocar, que hacía mucho no se presentaba en vivo, que le consiguieran un piano. Ella sabía que se trataba de un acto de generosidad. Un regalo para sus compatriotas rosarinos.

Por supuesto, encontraron el piano y, a principios de mayo de ese año, Fito tocó de sorpresa en una Casa Brava colmada de un público que no sabía que el prócer de la música latinoamericana sería la estrella de la velada. Estaban en shock. Todo estalló. Los acordes de Fito bendijeron un sitio que, desde entonces, brilla con una luz envolvente. Las reservas abundan. Las largas filas para tratar de entrar son una postal cotidiana. La música es acompañada por tragos, vinos y un menú apto para argentinos que necesitan combatir la melancolía gastronómica y pueden degustar empanadas fritas de osobuco, buñuelos de espinaca, polenta, ñoquis, ¡milanesas! y, cómo no, una versión/homenaje del Carlito, el famosísimo sánguche rosarino. De postre, les espera una crema de dulce de leche.

El paraíso.

En el escenario y en sus estrechos pasillos, frente al letrero-mantra que anuncia: “Algo maravilloso está ocurriendo”, es común encontrar a Nicki Nicole, otra rosarina internacionalizada a fuerza de talento; músicos como Santiago Motorizado, Leo García, Javier Malosetti, Sol Pereyra, Julián Kartun, Dillom, la actriz Cecilia Roth, el cineasta Daniel Barone, Fito, que siempre vuelve…

Es un espacio seguro en donde el respeto se impone de manera natural. Nadie va a molestar a “los famosos”. El plan es pasarla bien juntos, ser parte de una comunidad que se retroalimenta de manera permanente porque Madrid es destino de turistas, migrantes y artistas argentinos que andan de gira y que ahora ya cuentan con una mesa en “la casita” para celebrar el pre o el aftershow. Es como volver un rato a la patria sin necesidad de mostrar pasaportes.

El lado de acá y el lado de allá se complementan. La sede argentina es visitada por los artistas que han conocido primero la sucursal española y quieren descubrir el origen de una historia que hoy se entrelaza como una cinta de Moebius en la que diez mil kilómetros de distancia geográfica se evaporan. Es un mismo hogar, porque Rosario siempre estuvo cerca. Incluso de Madrid. «