En agosto de 1996, José Luis Cabezas retrató al mítico jefe de La Bonaerense, Pedro Klodczik en su oficina de La Plata. Fue para el artículo Maldita Policía, que saldría días después en la revista Noticias. También estaba allí mi amigo Carlos Dutil. De hecho, esa nota fue el germen del libro La Bonaerense, que ambos publicaríamos durante el otoño siguiente.
Pero volvamos al trabajo de José Luis.
La foto de tapa era impactante; lo mostraba al jerarca policial mirando hacia arriba, y el brillo de sus ojillos grises infundía una pisca de terror. Para lograr aquel encuadre, José Luis le había pedido permiso para pararse en su escritorio. Klodczik accedió de mala gana.
Después, ya en la calle, José Luis soltó:
–Una de las satisfacciones de este laburo es poder pisarles el escritorio a estos hijos de puta.
Y tras unos pasos en silencio, se largó a reír.
Costaba creer que ese hombre tuviera los meses contados.
Al clarear el 25 de enero de 1997, su cuerpo carbonizado apareció en un recodo del paraje Los Manantiales, no lejos de Pinamar. Quiso el destino que el gobernador Eduardo Duhalde pasara minutos después por allí, en tránsito a su jornada de pesca.
–¡Me lo tiraron a mí! –fueron entonces sus palabras.
Al rato, la policía convirtió la escena del crimen en un confuso lote sin acordonar, pisoteado y ofrecido a los turistas.
Durante la tarde de ese sábado, los noticieros se abocaron a difundir los primeros datos de lo ocurrido. Y en todo el país empezaba a correr una mezcla de estupor y furia, desconcierto y mala espina, a medida que afloraba el horror de esa muerte: la cava, el auto, las esposas, el balazo y el fuego.
José Luis, quien cubría la temporada con Gabriel Michi como cronista, había estado hasta las cinco de la mañana en la fiesta anual que el empresario Oscar Andreani, celebrada en su mansión. Michi ya se había ido a dormir; así pudo salvar su pellejo. Minutos después, José Luis fue secuestrado.
El nombre del magnate Alfredo Yabrán fue la respuesta casi pavloviana de quienes conocían el trabajo del fotógrafo. Porque las amenazas veladas, los neumáticos cortados, los vidrios rotos, los aprietes y las balas ya constituían el estilo de comunicación de ese empresario con la prensa. Y en la redacción de Noticias, eran un lugar común; en parte, por las célebres imágenes de Yabrán al salir del mar, tomadas precisamente por José Luis.
Pero también estaba la animosidad de La Bonaerense hacia él en razón a esa tapa con la foto de Klodczik.
De modo que su asesinato pudo ser obra de gente al servicio de Yabrán o de efectivos de aquella mazorca provincial. Ocurría que, de enero a marzo, la paradisíaca Pinamar tenía el dudoso mérito de ser la ciudad argentina con más densidad de guardaespaldas por metro cuadrado: cientos de uniformados en actividad paralela, ex policías exonerados, viejos verdugos de la ESMA y todo tipo de peligrosos parias del sistema estatal cuidaba el sagrado descanso de los turistas. En consecuencia, la investigación derivó en una verdadera puja de hipótesis: la pista policial o la pista Yabrán. Y como la primera apuntaba directamente a la responsabilidad política de Duhalde, éste depositó todos sus recursos en inclinar la carga de la culpa hacia su acaudalado archienemigo. A todas luces, una furiosa pulseada no ajena a otra: la del propio Gobernador con el presidente Carlos Menem –el gran protector de Yabrán–, a quien pretendía suceder en el Sillón de Rivadavia. Así fue como el caso Cabezas se transformó en el asunto cardinal de la política del verano en curso.
En el medio, hubo un variado repertorio de operaciones cruzadas, como la falsa imputación al grupito de la madama marplatense Margarita Di Tulio o el milagroso hallazgo de la cámara que perteneció a José Luis por obra de un rabdomante, entre otras ingeniosas sutilezas de la dramaturgia penal,

Al frente de la pesquisa estuvo el comisario Víctor Fogelman, de quien sus camaradas solían decir: “Para encontrarse el culo, necesita un mapa”. Pero Duhalde confiaba en él, quizás sin saber sus graves delitos de lesa humanidad durante la última dictadura.
La pesquisa avanzaba a paso de tortuga. Ya al concluir aquella siniestra temporada veraniega, el juez de Dolores, José Luis Macchi, puso tras las rejas a cuatro policías: Gustavo Prellezo, Sergio Camaratta, Aníbal Luna y Alberto Gómez (a) “La Liebre”, el comisario que liberó la zona del crimen.
Corrió la misma suerte el jefe de seguridad de Yabrán, Gregorio Ríos, junto a la banda de “Los Horneros”, integrada por José Auge, Miguel Retana, Sergio González y Horacio Braga.
La lealtad bifronte del cuarteto uniformado –eran de la Bonaerense y en paralelo hacían changas para Yabrán– significaba mucho más que un detalle simbólico del caso.
La lealtad del cuarteto civil a la hipótesis que abrazaba Duhalde –una lealtad negociada con posterioridad al crimen– constituía un detalle no menos notable. Su gestor y guardián fue el abogado Fernando Burlando, cuya labor en la defensa de esos lúmpenes era la de probar sus culpas. Y, para colmo, con el beneplácito de ellos.
Es que Duhalde, un mediocre pero entusiasta aficionado al ajedrez, no dejaba detalle librado al azar. De modo que sus alfiles terminaron por jaquear al rey negro. A un año y medio del asesinato de José Luis, el juez ordenó la captura de Yabrán. Ello bastó para que, durante la mañana del 20 de mayo de 1998, ese sujeto se disparara un escopetazo en la boca. El Gobernador había ganado la partida.
Pero fue una victoria pírrica: Duhalde perdió las elecciones de 1999.
Unas semanas después, empezó el juicio oral a los autores materiales en la ciudad de Dolores. Fue, durante mees, un evento transmitido en vivo por las señales de noticias. Y las condenas oscilaron entre la prisión perpetua y los 18 años de prisión.
Actualmente, todos los integrantes de aquella banda mixta de sicarios se encuentra en libertad (menos Retana, que murió de Sida en 2001).
Ninguno jamás contó lo que realmente había pasado. En consecuencia, la versión duhaldista del asunto quedó sellada para siempre.
Aun así, al cumplirse 29 años de aquel verano húmedo de sangre, es un secreto a voces que la intervención policial fue más orgánica y extendida de lo que “oficialmente” se admitió.
Pero, desde luego, el tiempo que pasa es la verdad que huye.