No parece casual que Made in Lanús, vuelva al centro de la escena teatral, con un elenco importante y en plena calle Corrientes, a pocos días de cumplirse el 40 aniversario del día en que comenzó la democracia ininterrumpida en la Argentina. Desde su estreno en 1986, la obra de Nelly Fernández Tiscornia, se convirtió en uno de los hitos teatrales paradigmáticos de la transición democrática. Un año después, el elenco icónico encabezado por Leonor Manso, Martha Bianchi, Patricio Contreras y Luis Brandoni (que en esta versión oficia de director) bajo el nombre de Made in Argentina (Jusid, 1987) terminaría de coronarse en la pantalla como una de las ficciones cinematográficas que reflejan la tragedia de la dictadura contrapuestas a las esperanzas de la primavera alfonsinista. Un podio de películas en el que se ubican, entre otras, Camila (Bemberg, 1984), Darse cuenta (Doria, 1984), La historia oficial (Puenzo, 1985) y Esperando la carroza (Doria, 1985). Con esta última, comparte una cierta búsqueda del ser argentino, la apelación al humor y el uso de frases que por largos años se incorporaron a la cotidianeidad local (“¡La Yoly, carajo!” o “¡Se incendia el taller del Negro!”). El flamante elenco conformado por Cecilia Dopazo, Malena Solda, Esteban Meloni y Alberto Ajaka intenta descifrar el porqué de la perdurabilidad y la vigencia de Made in Lanús.

-¿Cuál es el primer recuerdo que tienen de esta obra tantas veces representada?

Cecilia Dopazo: -Yo era una adolescente cuando se estrenó. No voy a decir qué edad tenía (risas), pero aun siendo muy chica sabía de la existencia de la obra, que estaba en cartel. Es una obra icónica que pasó a ser un clásico. En 1986, los argentinos se veían reflejados en la tragedia y el horror que habían vivido, las cicatrices que quedaban y las ilusiones de ese presente en democracia.

Esteban Meloni: -Mi primer recuerdo es, sobre todo, de la película. Mi hermano que es mecánico como el Negro siempre evocaba la última escena en la cual la Yoly y el marido empujan el auto como metáfora del eterno empuje de la Argentina y de que, en el país, las cosas tienen que durar. Quizás hay un Made in Lanús para cada época. Pero esa primera versión es la que se eternizó en la cultura popular junto a otras películas, todas protagonizadas por Brandoni (risas).

-¿Por qué les parece que la obra fascinó durante tantos años y qué puede representar para las nuevas generaciones?

C. D.: -Está muy bien retratadas la clase media y la clase media baja. La gente se va a sentir identificada por las decisiones que toman los personajes. La obra pone en el centro el tema del exilio, pero haciendo que cada uno tenga que hacerse cargo de por qué se va del país o por qué se queda. Es un dilema que continúa actualmente: vivir acá o irse al exterior para buscar una vida mejor. Si bien es muy distinto, sigue sucediendo. Hoy hay mucho enojo, gente que se va o se quiere ir prevalentemente por cuestiones económicas. Yo, que interpreto a la exiliada Mabel, encuentro que está algo resentida. Hay algo que me encanta de Made in Lanús que señala Brandoni: los cuatro personajes tienen razón. Quizás entre los cuatro se pueda armar algo del rompecabezas, del misterio argentino.

Alberto Ajaka: -Más allá del contexto en el que se sitúa, la obra es muy argentina porque plantea el dilema: ¿podemos seguir soñando con un Estado de Bienestar a lo Suecia en nuestra realidad? Argentina es un país muy singular en el contexto de Latinoamérica. La educación y la salud pública hacen de ciudades como Buenos Aires, Rosario o Córdoba una realidad muy particular. Es un pueblo ilustrado según el canon occidental. Por eso el fenómeno del teatro prende tanto en estas ciudades. La vigencia de la obra está relacionada con esa especie de lucha que se plantea entre dos bandos. Esos dos bandos cada uno con sus circunstancias y sus realidades persiste, está permanente en nosotros. Ojalá siga permaneciendo porque da cuenta del desencuentro entre el lugar en el que estamos geográficamente y nuestras expectativas políticas. No porque no tengamos derecho a soñar, sino porque la realidad nos demuestra a cada momento que el norte se hace más rico y que el reparto de la riqueza se achica incluso en el norte. La obra no trata de resolver nada en ese sentido, ni da ninguna solución. Plantea eso para aliviar, para reírnos de nosotros mismos, para emocionarse y seguir preguntándonos el por qué.

E. M.: –Made in Lanús fue y sigue siendo una carta de amor a la Argentina. Es una declaración de amor y eso es lo que más convoca. En la calle Corrientes hay ausencia de obras de autores argentinos. Eso de verte reflejado en el escenario debe ser fuerte para el publico.

Malena Solda: -Debe ser impactante ver reflejados en el escenario sentimientos personales y colectivos tan argentinos. Verte a vos, ver a tu  papá, a tu mamá.  Además, coincido con Cecilia, a ninguno de los personajes se los puede culpabilizar de las decisiones que toma. El que esté libre de culpa que tire la primera piedra. Hay una diferencia notoria de perspectivas entre el personaje de Yoly y mi personaje, pero se quieren muchísimo, no hay grieta.

-¿En qué sentido les parece que refleja una realidad siempre vigente de la Argentina?

A.A.: -En que se pregunta sobre qué es la patria. Por algo se llama Made in Lanús. Lanús es la patria de Yoly, la patria que parece que empieza a negar el Negro. Para Mabel la patria es la casa familiar, el hermano, la cuñada, las hijas, las sobrinas. Y para Osvaldo la patria es la idea de la Argentina grande, más idealizada. Es una pregunta casi universal ¿la Patria es el terruño o es donde están los afectos? ¿Se puede olvidar el terreno en donde pasaron los primeros años de niñez y juventud, el olor, los juegos por más que nos vayamos al exterior con los seres amados? La lógica de Mabel es que afuera, en Estados Unidos se vive mejor. Sin embargo, paga un precio, se vuelve más dura, no puede aflojar y se mantiene estoica porque teme que empiece a pesarle el tema de la tierra. Quizás logre negar el cariño a su tierra, pero no es fácil.

E.M.: -Otro tópico local que toca es esa idea propiamente argentina que es la de salvarse. A partir de un negocio o a partir del exilio. Sin saber qué se paga un precio muy caro por el exilio. No es fácil quedarse, pero tampoco es tan fácil irse como piensan algunos.

M.S.: -Uno de los grandes méritos del texto de Nelly es cómo resuelve situaciones muy dramáticas y profundas a través del humor o de diálogos banales. Siempre que hay un momento tenso, tengo que hablar yo. Aparece Yoli y dice “vamos a comer”. Alivianar la tensión es muy conmovedor. Son personas que se quieren mucho y no quieren que explote todo. En ese sentido, todos intentan no abundar en las diferencias. No hay resolución de los conflictos, no todo se habla. Los personajes no cambian en sus modos de pensar, pero eso no nos separa. La política no nos separa.

-¿Qué importancia e implicancias políticas puede tener la obra en una época en que algunos discursos pretenden negar la dictadura y los desaparecidos?

E. M.: -En otras versiones, la obra se adaptó a otras épocas y acá se queda en 1985, en los años ochenta, en épocas donde había costumbres más barriales, quizás más inocentes, a pesar de la tragedia reciente del terrorismo de Estado. Incluso había otra idea de solidaridad y de comunidad. En ese sentido, la importancia política es verla como un documento histórico. Te pegás un viaje a tu niñez, adolescencia. No es venir a ver 2024, el quilombo actual. Hay, a pesar de todo, una realidad más luminosa y esperanzada y un inmenso amor a la democracia que la hace muy necesaria en estos tiempos.

C.D.: –Made in Lanús transcurre en el pasado, es una reconstrucción del pasado, pero el pasado siempre pesa y construye el presente. Habrá que ver cómo ese pasado resuena en la actualidad. Cada uno del público lo complementará seguramente.

A.A.: -La obra es un testimonio de que la idea de prosperidad económica, la esperanza de un cambio no nos puede obturar el estilo de vida que elegimos ni el valor de lo recuperado. Aun en el drama, se trata de recuperar el valor de la democracia y de los valores democráticos. «

Made in Lanús

De Nelly Fernández Tiscornia. Dirigida por Luis Brandoni. Con Alberto Ajaka, Cecilia Dopazo, Esteban Meloni y Malena Solda. Estreno: 4 de enero. Funciones: jueves y viernes a las 20:30; Sábados a las 20 y 22; y domingos a las 20. En el Multibaris, Corrientes 831.

La verdadera heroína de la obra

En cierta ocasión, Umberto Eco escribió a propósito de Casablanca: “Un clisé causa risa, cien clisés conmueven”. Quizás uno de los secretos que explican el éxito y la popularidad de Made in Lanús radica en que parece ser la obra teatral por excelencia que materializa ese axioma de Eco.
En efecto, Made in Lanús abunda en lugares comunes, en personajes prototípicos, en diálogos y formas de hablar estereotipados, pero difícilmente no logre provocar en alguna escena tan pronto la risa como el llanto. Otro de los méritos de la creación de la talentosa y prematuramente fallecida Nelly Fernández Tiscornia (1928-1988) es la combinación de géneros.

Made in Lanús es una comedia dramática, es un drama, es una tragicomedia que narra la tragedia argentina después de la dictadura militar. Pero también narra otra tragedia argentina: la de una sociedad que en función de los avatares políticos o económicos está perpetuamente condenada a enfrentarse, al dilema del exilio.
Pero también es una radiografía de la clase media, de sus prejuicios, sus arribismos, su confusión con o su resistencia respecto a las clases hegemónicas que la explotan.

Y finalmente, Made in Lanús tiene una gran dosis de melodrama. La Yoly, el Negro, Mabel, Osvaldo son típicos arquetipos de melodrama con sus sentimientos cristalizados de amor, bondad, nobleza, envidia y resentimiento, y los conflictos derivados de esas pasiones.
“Sí, claro que es melodrama. Todo en la vida de los humildes es melodrama… Melodrama cursi, barato y ridículo… Para los hombres mediocres y egoístas. ¡Porque los pobres no inventan el dolor, ellos lo aguantan!”, escribió Eva Perón en La razón de mi vida. Quizás por ello, en el melodrama, es la Yoly, el personaje que más se identifica con los sectores populares, se erige en la verdadera heroína de la obra y hace que hagamos suyas las palabras de su marido: “¡La Yoly, carajo!».