En el Ullevaal Stadion de Oslo, ante 15.068 espectadores, flamean las banderas de Noruega y de Argentina. En el campo de juego lleno de pozos, la selección que dirige Carlos Bilardo –con Diego Maradona como capitán– pierde 1-0 ante la local en el cuarto amistoso del año (antes habían pasado otra selección, Francia, y dos clubes, Napoli de Italia y Grasshopper de Suiza). El gol noruego, a los 83 minutos, lo mete Kjetil Osvold, mediocampista zurdo de 24 años del Lillestrøm SK. Es el miércoles 30 de abril. El nivel de juego argentino es pobrísimo. Faltan 33 días para el debut contra Corea del Sur en el Mundial de México 1986 (Noruega, selección de tercer orden, había finalizado última en su grupo eliminatorio europeo). Tras el partido, Maradona vuela a Londres para jugar en un homenaje a Osvaldo Ardiles. En Buenos Aires, se reanudan las operaciones que involucran a funcionarios de Raúl Alfonsín para echar a Bilardo.

Cuatro días antes del Noruega 1-Argentina 0, a la 1:23 del 26 de abril –hoy se cumplen 40 años–, había explotado el reactor 4 de la central nuclear de Chernobyl, a 1.547 km de Oslo. Prueba de seguridad. Sobrecarga de energía. Mueren 31 trabajadores. La Unión Soviética esconde las consecuencias del desastre que llegan hasta hoy: la contaminación del aire. La radiactividad, 400 veces mayor que en la bomba que Estados Unidos arrojó a Hiroshima, se extiende hacia 13 países de Europa. Noruega incluida. Hasta Oslo.

Dos días más tarde, el 28 de abril, luego de que trabajadores de la central nuclear de Forsmark en Suecia detectasen altos niveles de radiación en sus ropas, el mundo se pone en alerta. Esa noche, la TV soviética emite un comunicado oficial en el noticiero Vremya: “Ocurrió un accidente en la central nuclear de Chernobyl. Se están tomando medidas para eliminar las consecuencias”. El 29 de abril, The New York Times cita a funcionarios de control de contaminación noruegos que informan que los niveles de radiactividad en Oslo ya eran un 50% superiores a lo normal. Y en la conferencia previa al partido, Diego Maradona dice: “No incluyo a Argentina entre los favoritos, porque los favoritos nunca ganan”.

Ni Bilardo ni Maradona ni los jugadores noruegos se dieron por aludidos: aunque no había un riesgo significativo, Noruega y Argentina jugaron bajo la nube radiactiva en el Ullevaal Stadion de Oslo. Dos días después, el 2 de mayo, Argentina golea 2-7 a Israel en Ramat Gan, último amistoso contra una selección antes de México 86, donde Maradona, lo sabremos, levantará la Copa en el Azteca. ¿Los campeones del mundo fueron una selección “radiactiva”?

Luis Islas fue el arquero de Argentina en el amistoso ante Noruega de 1986. La selección formó así: Islas; Nestor Clausen (46′ Julio Olarticoechea), Oscar Ruggeri, Daniel Passarella, Oscar Garré; Ricardo Giusti, Sergio Batista (83′ Héctor Enrique), Jorge Burruchaga; Diego Maradona, Marcelo Trobbiani (46′ Pedro Pasculli); y Sergio Omar Almirón. Aquel día en Oslo, Argentina vistió una camiseta que nunca más usaría: un modelo de Le Coq Sportif con bastones albicelestes anchos, cuello redondo cerrado y el viejo escudo de la AFA. ¿Fue descartada por una “sugerencia” de Bilardo? ¿Fue sólo para el frío?

Bajo la nube radiactiva de Chernobyl: el amistoso insano de la selección antes de México 86

Islas –60 años, campeón en México 86, titular en Estados Unidos 1994, hoy instructor de arqueros en la escuela de la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino– me dice ahora que no se puede no acordar del partido contra Noruega: que era su debut, a los 18 años, en el arco argentino. Pero Islas confunde los amistosos ante Suiza –en el que debutó– y ante Bélgica, ambos de visitante, triunfos 0-2 en la gira de septiembre de 1984. Se lo marco. Que no, que sí, que no. “Me extraña…”. Contextualizo. “Ah, pará, pará, no es esa gira. Estoy equivocado, me quiero matar, estoy loco”. Y le nombro la palabra clave: “¡Chernobyl! ¡Chernobyl! ¡Chernobyl!”. “Sí señor, sí señor. Eso nos enteramos post partido, antes no se conocía, nosotros no sabíamos absolutamente nada. Después sí salió en la prensa, a nivel periódicos. Nosotros ya habíamos viajado para jugar contra Israel, pero hoy no registro nada llamativo, conflictivo”. Islas no lo soñó. “Pero no le di ni cinco de bola, pasó como si nada, no se charló en el grupo. Hoy, con la información al instante, con las redes sociales, me imagino que, seguramente, no se hubiera jugado el partido”.

“Niet, niet”, les dice Yuri Marasov, jefe de la delegación de la Unión Soviética, a periodistas italianos que les preguntan a los futbolistas soviéticos por Chernobyl en el hotel Plaza Florida de Irapuato. Marasov –24 horas antes del debut soviético en México 86– les dice que “no, no”: que no pueden responder. Chernobyl es un tema prohibido en pleno Mundial. Unión Soviética golea 6-0 a Hungría en Irapuato. Empata 1-1 con Francia. Vence 2-0 a Canadá. En octavos de final, cae 4-3 ante Bélgica. Nada es igual después de Chernobyl.

México le compra 40.000 toneladas de leche en polvo a Irlanda. La Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) la distribuye entre 1986 y 1988. Crecen las muertes por cáncer infantil en México. La nube tóxica se había desplazado por los vientos hasta los campos de vacas del norte de Europa. Leche radiactiva. Cinco jugadores del FC Stroitel de Pripyat –a tres km de Chernobyl, donde vivían la mayoría de los trabajadores de la central atómica–, habían muerto. El FC Stroitel Pripyat pasa a ser de Slavutich, la ciudad construida en cinco meses que recibe a los desplazados por Chernobyl. Pero el FC Stroitel desaparece en 1988.

El fútbol atraviesa a Chernobyl, el más grave accidente nuclear de la humanidad. La explosión provoca la evacuación de 350 mil personas. Los residuos radiactivos se extienden hasta Dvirkivshchyna, a 231 km. En el pueblo vive Andriy Shevchenko. Tiene nueve años. Su padre, mecánico militar, decide escapar con la familia a Kiev. En la actual capital de Ucrania les realizan estudios para descartar cualquier índice de radiactividad en los cuerpos. Shevchenko entra a las inferiores del Dinamo de Kiev, el club más poderoso. “Un día llegó mi padre con un aparato que medía la radicación. Yo jugaba al fútbol en mi barrio de Dvirkivshchyna y la pelota terminó en el techo de una casa muy grande –recordó Shevchenko, 413 goles en 847 partidos, multicampeón con Milan y Balón de Oro en 2004–. Como era el más alto entre mis amigos, me trepé y encontré más. Las llevé a mi casa. Cuando hicimos la medición de la radiación de las pelotas, nos dimos cuenta de que estaba muy alta”. Shevchenko es hoy el presidente de la Asociación Ucraniana de Fútbol. Ucrania, que mudó la localía fuera del país por la invasión rusa, no clasificó al Mundial 2026: perdió 3-1 en el repechaje contra Suecia en Valencia. Como “local”.

Noruega, rival de Argentina en el amistoso insano antes de México 86, volverá en Estados Unidos-México-Canadá a un Mundial tras 28 años de ausencia (Francia 1998) con Erling Haaland a la cabeza. La Unión Soviética no existe desde 1991. Y Rusia, anfitrión del Mundial 2018, permanece suspendida por la FIFA desde el 28 de febrero de 2022. Ucrania se anexó Chernobyl tras la disolución soviética. La “zona de exclusión”, un radio de 30 km, será inhabitable hasta dentro de 24 mil años.

Grigori Medvèdev, ex ingeniero jefe del reactor 1 y subdirector del Ministerio de Industria y Energía soviético, cuenta en La verdad sobre Chernobyl, libro prohibido en la Unión Soviética, que luego del accidente se utilizaron hasta cámaras de pelotas de fútbol para tomar pruebas de aire en lugar de dosímetros de radiación. “Por penuria”, le confiesa un químico a Medvèdev. “El desastre”, puntualizó la cronista bielorrusa y Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich en Voces de Chernobyl, fue “la guerra de guerras”, porque “no hay donde esconderse, ni bajo tierra, ni bajo el agua, ni en el aire”.