Más de cien expertos estadounidenses en derecho internacional advirtieron que los ataques de EE.UU. e Israel contra Irán podrían ser considerados “crímenes de guerra”, además de una flagrante violación a la Carta de las Naciones Unidas (ONU). La denuncia pública, firmada por ex asesores legales del gobierno y prestigiosos académicos de las universidades de Harvard, Yale y Stanford, no provino de activistas ni de manifestantes anónimos, sino de los especialistas que suelen justificar este tipo de acciones. Que sean ellos los que ahora alertan sobre una infracción grave del orden global dice mucho sobre la legitimidad del conflicto y, sobre todo, el rechazo que hoy genera el presidente Donald Trump en los más diversos ámbitos.
Los hechos no dejan lugar a dudas. El conflicto ha generado una ola de repudios que abarca desde las calles estadounidenses hasta los cuarteles militares, pasando por los aliados históricos de la OTAN y, en los últimos días, el propio Vaticano. Nunca antes un presidente de Estados Unidos había librado una guerra con tan pocos apoyos explícitos y con tantos frentes de oposición abierta. Y lo más notable es que gran parte de ese rechazo proviene de sus propias filas.
La tercera edición de las protestas “No Kings”, celebrada el 28 de marzo, no fue un acontecimiento menor. Según los organizadores, 8 millones de personas participaron en más de 3.300 movilizaciones en todo el país, lo que constituyó la mayor protesta contra una guerra en la historia de Estados Unidos. Pero lo que distinguió a estas marchas no fue solo su tamaño sino su geografía: dos tercios ocurrieron en pequeñas ciudades y zonas rurales de tradición trumpista. El movimiento que había comenzado en junio de 2025 con apenas quinientos manifestantes se transformó en diez meses en una pesadilla para la Casa Blanca.
Las encuestas confirmaron el malestar: según Reuters/Ipsos, la desaprobación de Trump escaló al 62 por ciento, su nivel más alto desde que regresó al poder, mientras un sondeo de Fox News reveló que el 59 por ciento de los estadounidenses desaprueba su gestión como comandante en jefe.
“La gente común, incluso algunos partidarios acérrimos de MAGA (Make America Great Again), creen que Estados Unidos debería priorizar sus asuntos internos en lugar de librar una guerra en el extranjero con escasos intereses reales en juego”, analizó Li Haidong, profesor de la Universidad de Asuntos Exteriores de China.
El frente más sensible, sin embargo, no está en las calles ni en las universidades, sino en los cuarteles. Un informe de HuffPost, basado en entrevistas con militares en servicio activo, reservistas y grupos de defensa de los derechos de los soldados, describió una moral en caída libre entre las tropas desplegadas en Oriente Medio. El malestar escaló tras la destitución de altos oficiales que se atrevieron a cuestionar la falta de una estrategia de salida clara, contradiciendo la narrativa de “victoria total” que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, intenta sostener.
Trump dice que la guerra “va muy bien” y que podría terminarla “cuando quiera”, pero los informes internos del Pentágono filtrados a la prensa sugieren todo lo contrario: la ofensiva ignoró advertencias críticas sobre una guerra de desgaste que, efectivamente, está ocurriendo. La desconexión se hizo evidente cuando, a pesar de los éxitos operativos iniciales que destruyeron gran parte de la flota y la defensa aérea iraní, el mandatario tuvo que declarar una tregua unilateral de dos semanas porque no podía reabrir de forma segura el estrecho de Ormuz.
En las bases, la moral se ha visto golpeada por la intensidad de la respuesta iraní y las organizaciones que asisten a objetores de conciencia reportaron un aumento del 1.000 por ciento en las consultas de soldados que buscan evitar su despliegue. El analista Tim Malloy, de la Universidad de Quinnipiac, plantea que las tropas se sienten atrapadas en un conflicto que el 60 por ciento de los ciudadanos considera un error. Los soldados no quieren morir por una guerra que ni siquiera sus propios compatriotas entienden.
Pero la soledad de Trump no se limita a sus propios soldados. En el plano internacional, la situación es aún más desoladora. La reunión que mantuvo el 8 de abril con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, fue el termómetro de su aislamiento internacional. Según funcionarios europeos y estadounidenses citados por Político, Trump dedicó la mayor parte del encuentro a insultar a los aliados que se negaron a respaldar la guerra, en particular España y Francia que restringieron el uso de su espacio aéreo, y Alemania, cuyo canciller Friedrich Merz condicionó cualquier apoyo a un acuerdo de paz completo. Después de la reunión, Trump escribió en su red Truth Social: “La OTAN no estuvo allí cuando los necesitamos, y no estarán allí si los volvemos a necesitar. Recuerden Groenlandia, ese gran pedazo de hielo mal administrado”. Rutte admitió que el presidente estaba “claramente decepcionado”, aunque se negó a confirmar si había planteado la posibilidad de retirarse de la alianza. El resultado es que la OTAN no lo acompañó porque sus miembros consideraron que la guerra que declaró, junto a Israel, es un disparate.
Desde el Vaticano, el Papa León XIV se sumó a las condenas y calificó como “verdaderamente inaceptables” las recientes amenazas de Trump de destruir una civilización entera. La advertencia papal recordó que las palabras del republicano expresan una catástrofe que el derecho internacional no puede amparar bajo ninguna excusa. El mayor general retirado Paul D. Eaton, de destacado rol en la guerra en Irak, fue por más al plantear que “borrar del mapa a toda una civilización es la definición de genocidio. Cualquier orden dada en ese sentido debe ser rechazada por todos los miembros del servicio a lo largo de toda la cadena de mando. Punto”.
En este marco, Rusia calificó los ataques como “un acto de agresión armada premeditado y no provocado”, China expresó su “alta preocupación” e instó al cese inmediato de las acciones militares, y la Liga Árabe condenó los ataques iraníes aunque evitó respaldar explícitamente la acción estadounidense. Los pocos respaldos – Canadá, Australia y algunos sectores aislados del Partido Republicano – apenas alcanzaron para disimular la soledad de Trump.
El frente mediático tampoco ofreció tregua. En una previsible crítica, el influyente The New York Times advirtió que “mentir sobre la guerra crea una cultura en la que los crímenes de guerra pueden volverse más comunes”. Pero lo revelador fue el descontento en las propias filas del trumpismo mediático: el podcaster Joe Rogan calificó la guerra de “insana” y el comentarista Tucker Carlson, de Fox News, afirmó que “esta no es la guerra de Estados Unidos”. La reacción de la administración fue amenazar con revocar las licencias de las emisoras que difundieran lo que calificó como “hoax y distorsiones noticiosas”.
Incluso dentro del Partido Republicano surgieron fisuras insólitas. La senadora Lisa Murkowski publicó un llamamiento a la desescalada militar. Y Marjorie Taylor Greene, hasta entonces una de las defensoras más vehementes de Trump, sugirió la posibilidad de invocar la 25ª Enmienda de la Constitución. “Esto es maldad y locura”, escribió en redes sociales. Que Greene, de todas las personas, haya llegado a ese extremo dice más sobre el descontento interno que cualquier encuesta.
El diagnóstico de fondo lo resumió Stephen Walt, profesor de la Escuela Kennedy de Harvard, en un artículo del Foreign Affairs: “La administración Trump parece creer que puede aprovecharse de otros estados indefinidamente, y que hacerlo fortalecerá aún más a Estados Unidos e incrementará su influencia. Se equivocan. La hegemonía depredadora contiene las semillas de su propia destrucción”.
La frase que mejor sintetiza este momento histórico no nació en los despachos oficiales ni en las declaraciones de los portavoces de la Casa Blanca. Lo hizo en las calles, en las cartulinas levantadas por los millones de ciudadanos que el 28 de marzo dijeron basta. «La Coalición de Uno» se convirtió en el lema más icónico de las protestas, una burla directa a aquella «Coalition of the Willing» que George W. Bush logró armar en 2003 para invadir Irak. En aquel entonces, Estados Unidos arrastró a decenas de aliados. En 2026, Trump ni siquiera pudo convencer al Reino Unido o a Alemania.
El eslogan, viralizado en redes bajo el hashtag #CoalitionOfOne, apareció en miles de pancartas acompañado de caricaturas que mostraban a Trump solo en un búnker o frente a un mapa del mundo donde todos los países aparecían en rojo. Medios como The Guardian y la revista Time lo adoptaron para describir el estado de la política exterior estadounidense tras el rechazo del Vaticano y la OTAN. Porque la imagen que resume esta guerra no es la de un líder comandando una coalición victoriosa. Es la de un presidente que declaró una guerra santa sin cruzados, que insultó a sus pocos aliados y que ahora mira desde su trono roto. Nunca un presidente estuvo tan solo en medio de un conflicto. Y nunca esa soledad fue tan merecida.