Diversos comentaristas insisten que el secuestro de Maduro y la invasión a Venezuela fueron por el petróleo. Otros que es una modernización de la Doctrina Monroe y la política de la cañonera. Los peorcitos creen que se trató de eliminar a un “narcoestado terrorista” para regresar Venezuela a la democracia secuestrada por el “narcodictador”. Y siempre están los que piensan que es todo producto de los febriles delirios del pederasta Trump, enceguecido porque le dieron el Premio Nobel a Corina Machado. Lo que nadie parece explicar es por qué ahora y no antes; ni hablar de porqué sólo secuestraron a Maduro; y qué se trae entre manos la política exterior norteamericana.
Comencemos con una breve nota de color sobre el “narcoestado terrorista”. Maduro inicialmente estaba acusado por Estados Unidos de apadrinar al Cártel de los Soles para contrabandear miles de toneladas de cocaína. Sin mediar explicación, la acusación desapareció del caso penal. La razón fue revelada por el periodista Max Blumental. El Cartel fue creado por la CIA en 1993 con generales de la Guardia Nacional venezolana (cuyas “antorchas” como símbolo de su rango) para llevar toneladas de cocaína a Estados Unidos. Esto fue mucho antes del comienzo del chavismo. Blumenthal cita artículos de la época en el New York Times y una emisión del programa 60 Minutes de la época. Hacia el año 2000 el cártel había desaparecido para volver a ser reflotado por el general Hugo Carvajal condenado por tráfico de drogas en Estados Unidos. Eso a pesar de que la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) norteamericana presentó un informe oficial, el 7 de abril de 2025, por el cual señaló que “no hay conexión entre el gobierno de Maduro y el otro cartel citado, el Tren de Aragua, “que fue desmantelado en 2023 por la policía militar de Maduro en un raid en la cárcel de Tocorón desde donde operaba”. Ahora, si no se trata de “democracia”, ya que Trump ha acordado con la nueva presidente Delcy, y tampoco de “narcoterrorismo”, ¿de qué se trata?
La realidad es que Estados Unidos está e una profunda crisis derivada de su decadencia frente a China, la India, y otras potencias. Su estancamiento en productividad, el debilitamiento del dólar frente a otras divisas, su deficitaria balanza comercial, han llevado a sus sectores dominantes a una cierta desesperación. Su deuda oscila entre un 125 y un 150% de su PBI, lo cual llevó a un primer intento (fallido) de saldarlo a través de aumentos de tarifas, precios, e impuestos. Esto ha significado el abandono de la política aislacionista de America First del primer gobierno de Trump, reconociendo su fracaso, y que esto había permitido avanzar a China en zonas antes controladas por Estados Unidos como América Latina. Se trata, entonces, de dos cosas. Una es extender su control sobre recursos naturales; lo cual significa también negárselo a sus competidores. La guerra de Ucrania, que suponía el quebrantamiento de Rusia y el acceso a sus recursos, ha resultado un fracaso hasta el punto de que Putin está derrotando a la OTAN, que ahora se lanza a su rearme. Las presiones sobre diversos países para cortar sus lazos con China han fracasado y hasta gente como Milei insisten que no están dispuestos a reducir sus lazos comerciales. La acción de Venezuela le permite a Estados Unidos establecer una economía de enclave sobre los pozos petroleros, mientras que también envía una señal al mundo de que están dispuestos a ejercer la opción militar más allá del derecho internacional. La tensión en torno a Groenlandia demuestro esto a las claras, y eso a pesar de que pone en peligro la existencia de la OTAN como señaló la primer ministro danesa.
El segundo aspecto es que se trata de ganar tiempo mientras se buscan soluciones a largo plazo. En esto más que reflotar una versión actual de la Doctrina Monroe (la llamada “Donroe”), se trata de regresar al planteo de Bush padre, allá por 1992, donde se promueve el caos organizado. Este planteo estuvo detrás de la guerra de los Balcanes y permitió un debilitamiento de más de una década de la Unión Europea forzando migraciones, problemas políticos y de fronteras, y gastos sin fin. Se trata, en fin, de dificultar el acceso de China a recursos, obligando a diversas potencias (por ejemplo, la UE) a redirigir su gasto de iniciativas productivas al presupuesto militar. Un mundo en caos es un mundo complicado para el comercio y para naciones que se han enfocado a la competencia en este nivel.
A su vez esto ha generado numerosas contradicciones internas. Son docenas de empresas norteamericanas que comercian con China, o se han instalado allí. Al mismo tiempo, el complejo militar industrial deriva suculentos beneficios de esta conflictividad. Esto ha generado fracturas entre los sectores dominantes, que se puede ver en las críticas de numerosos políticos, demócratas y republicanos, a la política exterior de Trump. También ha generado problemas en la base trumpista. Las encuestas dan que la aprobación de su gobierno ha caído al 38%, y diversos dirigentes del movimiento MAGA (como Marjorie Taylor Greene) se han manifestado como críticos del abandono de las promesas electorales de no involucrarse en conflictos externos.
Más que locura, el accionar de Trump lo que revela es una cierta desesperación ante la imposibilidad de una crisis que se hace más profunda. «