
Los candidatos a convertirse en líderes de ese aparente caos desatado fracasaron en sus intentos porque no entendieron, no supieron interpretar, la naturaleza de lo que había ocurrido. Ni Eduardo Duhalde, ni Carlos Reutemann, ni José de la Sota pudieron o quisieron ser fieles a ese nuevo designio que enterró un gobierno y una época pero no dejaba ver con claridad qué es lo que estaba naciendo.
Kirchner lo entendió, o al menos hizo una apuesta certera sintetizada en una consigna mucho más profunda de lo que su aparente sencillez expresa. Propuso que Argentina vuelva a ser un país normal. Captó que la idea de normalidad había cambiado, el hartazgo de los argentinos con los planes de ajuste, con la pérdida de derechos, con los infinitos achicamientos, convirtió la normalidad de tener sueldos dignos, trabajo, y políticas soberanas en una utopía deseable y posible. La normalidad que proponía ese poco conocido político venido desde el sur hizo sintonía con el humor general y se convirtió en el fundador de una enorme transgresión. «
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