La caída de la imagen de Milei la posiciona como posible heredera de la gestión. Mientras, sostiene su presencia en el territorio donde pisa fuerte y ruega que el caso Adorni no la arrastre al vacío.

El próximo 11 de junio la actual jefa de la bancada libertaria cumplirá 70. Hace al menos tres años que repite una definición a su entorno más cercano. Ahora que está a un paso de llegar a las siete décadas, lo reafirma con fuerza. No tiene ganas de dedicarle su futuro político a la Ciudad y mucho menos “muncipalizar” su carrera en este momento de su vida. El año pasado, cuando tuvo que hacer campaña para pelear por el Senado, se zambulló en la dinámica porteña, pero con la mira puesta en el escenario nacional. Ahora hace lo mismo. Dice que recorre la capital para mantener el vínculo con sus representados, pero su reaparición en las calles de Buenos Aires ahora tiene dos objetivos que, por ahora, despiertan más sospechas que adhesiones.
Cada paso que despliega en la Capital (más como candidata que como senadora) apunta a equilibrar la creciente tensión que mantiene con el presidente Javier Milei y con su hermana Karina. La pieza desequilibrante que resquebrajó los vínculos construidos en estos últimos dos años fue el desgaste de Manuel Adorni. El jefe de Gabinete cumplirá diez semanas de corrosión desde que decidió subir a su esposa Bettina Angeletti al vuelo presidencial que los llevó a Nueva York. Desde entonces se cruzaron tres cables pelados: la mala gestión de la crisis que lleva adelante el gobierno (en la que los intentos de preservar al ministro no surten efecto); el goteo informativo de los casos judiciales que se abrieron desde entonces y la interna que atraviesa a la gestión libertaria sin respetar tregua alguna. Esos tres elementos funcionaron como un disparador para que la senadora ponga en marcha el operativo de despegue.
No es una sorpresa para los hermanos Milei. Nunca perdieron de vista que Bullrich llegó a La Libertad Avanza como un aliada con privilegios. Selló su ingreso al Ejecutivo después de enterrar la relación con JxC y, en especial, con Mauricio Macri. Con ese pasaporte sellado para admitirle el ingreso al gobierno libertario, en la Casa Rosada no pierden de vista que semejante desembarco le permite, desde el principio, la posibilidad de diferenciarse, pero sin romper. Aunque amague con irse, Bullrich sabe que no tiene a donde ir, pero su posicionamiento crece por la mala estrella del presidente que decidió acompañar hace dos años y medio.
Los sondeos privados más influyentes reflejan que la imagen positiva y de aceptación del mandatario rompió su piso y, en las últimas semanas, bajó de los 30 puntos. Ir más abajo del tercio fue una alarma para todo el gobierno y para sus aliados, entre ellos Bullrich.
Tiene votos propios y juega libre porque tiene autonomía, pero después de dejar el PRO, en el bullrichismo admiten que tiene muy poco margen para irse de La Libertad Avanza. Las chances de crear un partido nuevo son tan escasas como que decida jugar por la Ciudad de Buenos Aires.
Desde la semana pasada su vínculo con los hermanos Milei entró en una crisis de consecuencias imprevisibles, salvo para ella que decidió diferenciarse del gobierno que integra antes de que sea demasiado tarde. La mala manipulación de la contingencia no solo deterioró a Adorni, también puso en jaque la cohesión del Gabinete.
Bullrich decidió apartarse del coro de leales con una táctica que empeoró la relación con los Milei. En su entorno primero deslizaron que iría a exigirle a Adorni que adelante la declaración jurada de bienes para cortar la sangría. Poco después corrigió el mensaje y se hizo cargo en una entrevista televisiva del reclamo que le había hecho a Milei en privado. El presidente estalló de furia, no por lo que le dijo Patricia, sino porque lo ventiló públicamente. Desde entonces la desconfianza interna se disparó y la senadora quedó como la expresión de los ministros libertarios que ya no aguantan salir a defender a Adorni a costa de quedar pegados, sin poder comunicar nada, ni siquiera gestión.
En el medio del cimbronazo que generó dentro del Gobierno, Bullrich buscó equilibrar la tensión con una ofrenda para los Milei que, por ahora, no logra contentarlos. La senadora tiene previsto aparecer todas las semanas en la Ciudad. No es para posicionarse como una próxima candidata a jefa de gobierno, sino como la que mejor puede esmerilar al alcalde Jorge Macri y afianzar los deseos de la Casa Rosada.
Por momentos su irrupción porteña fue interpretada como una manera de llenar el hueco electoral que dejará Adorni, ahora incapacitado de pelear por la Ciudad. Pero no es el plan de la exministra de Seguridad de Macri y de Milei, sino que apunta a volver a nacionalizar su figura en una combinación de su rol autónomo dentro del oficialismo, pero también como un posible recambio en caso de que el desgaste que está destrozando a Adorni invalide el objetivo de Milei de buscar la reelección el año que viene.
Arremeter contra Adorni implicó una fragilización directa de la relación de Patricia con los Milei y también con el titular de la Cámara Baja, Martín Menem. En el Senado está cada vez más sola, pero con una proyección preocupante para el gobierno si decide desautorizarla. En la Cámara Alta aseguran que no volverá a tirar de la soga, aunque el daño ya está hecho. La pregunta es cómo seguirá moviéndose si la debacle de Adorni la deja sin margen.
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