CONFESIONES DE LA PELOTA
Daniel Lagares
Esto es para usted, Messi
Se sabía, más o menos, quién era. Pero no se sabía hasta dónde podía llegar. Faltaba un año para que se jugara el Mundial de 2006 en Alemania y José Pekerman decidió examinarlo en un amistoso “de verdad”, ante Hungría, un rival de segundo orden en el escalafón europeo pero duro y con oficio. Allá fue Lionel Messi y se sentó en el banco del estadio Ferenc Puskas con la camiseta 18 esperando su momento. Poca prensa argentina había viajado a Budapest. Todos fuimos a ver a ese fenómeno que empezaba a brillar en el Barcelona.
El día previo había que conseguir una nota con él. Pero él no bajaba de su habitación. Pablo Zabaleta, una suerte de tutor de Leo porque lo conocía de Barcelona ya que jugaba en el Espanyol, lo convenció y al fin bajó al lobby del hotel. En un salón, los más grandes hacían rancho aparte (Hernán Crespo, Juampi Sorin, el Ratón Roberto Ayala y demás) y Leo se apoyó contra una pared mientras dos o tres cronistas trataban de que dijera alguna frase. Hablaba más Zabaleta que Leo, siempre mirando el piso, jugando con el cordoncito del pantalón corto. Al fin, tuve suerte y pude sacarle un título. “Ojalá mañana pueda jugar aunque sea un minuto”, dijo. Suficiente.
Pekerman quería probar a Martín Demichelis de cinco pero en la última práctica se lesionó un tobillo así que el equipo inicial fue con Leo Franco; Lionel Scaloni, Ayala, Gabriel Heinze, Sorin; Lucho González, Lucas Bernardi, Maxi Rodríguez, Andrés D’Alessandro; Lisandro López, Crespo.
A los 20 minutos Maxi Rodríguez convirtió de cabeza, a los 25 empató el gigantesco Sandor Torghelle y a los 16 del segundo tiempo Heinze puso el 2-1, también de cabeza.
Era el momento. Pekerman hizo entrar a Leo por Lisandro. Se paró a la derecha, como un ocho y en cuanto recibió la primera pelota encaró hacia el arco de los húngaros. Vilmos Vanczak fue por él y Leo, por sacárselo de encima estiró su brazo derecho. El árbitro alemán Markus Merk pasó a la historia porque cobró falta y le marcó roja directa a Messi. La frase del día anterior había sido premonitoria.
Y trágica. Leo sólo estuvo 47 segundos en el campo, menos del minuto que pretendía. Esa roja del 17 de agosto de 2005 fue su debut en la Selección mayor. En 2019, en el partido del tercer puesto de la Copa América ante Chile también fue expulsado. Fueron las únicas dos veces que lo echaron de un partido.
“Aunque sea un minuto”, había dicho. Fue menos que eso. Después vinieron horas y horas de triunfos, goles y títulos, pero estoy seguro de que a Messi todavía le duele aquella expulsión injusta y apresurada.
Maradona me quiso pegar
En el verano de 1981 se concretó el pase de Diego Maradona de Argentinos a Boca como escala de su destino final en Barcelona. Verlo vestido de azul y oro fue un regalo del cielo para los medios que casi se habían olvidado de los desaguisados de la dictadura que en su delirio todavía se reservaba la aventura de Malvinas y el principio de su final.
Boca y River, como tantos otros, estaban de pretemporada en Mar del Plata, con una particularidad y un signo de la época que hoy sería imposible: compartían hotel y no impedían que los periodistas merodearan el lobby, el bar, la zona de los sillones. Era frecuente que Diego compartiera café en la barra con Daniel Passarella y el Tolo Gallego, quienes lo habían arropado en la Selección de César Menotti.
Alrededor de Diego, además, siempre había gente. Dirigentes, “allegados”, familiares, adulones, los amigos del campeón. Nunca estaba solo. Pude hablar con él. “Después”, me dijo cuando le pedí una nota. El “después” no llegó el día siguiente ni el siguiente ni el otro y de caliente, imberbe e insolente escribí una nota que se tituló “Diego está preso en una jaula de oro”. No le gustó, claro. Me arrepentí. ¿Quién era yo para juzgarlo, con qué derecho?
Al regreso de Mar del Plata fui a buscarlo a La Candela. A ofrecerle disculpas. Lo paré cuando salía a entrenar.
Era una mañana ya otoñal y lloviznaba. Cuando empecé a darle mis explicaciones me paró. “Mirá, dejalo así porque si seguimos hablando tendría que cagarte a trompadas”, me dijo. Y se fue a entrenar.
Tenía razón.

PARALÍMPICOS
Alejandro Ansaldi
Cap. 1 -Papelón número 1
“Son las seis de la tarde, hace mucho calor, se va febrero. Camino por la entrada del Centro de Discapacitados de La Matanza (CEDIMA). En un rato van a bajar desde sus cuartos, donde están concentradas, Las Lobas, la Selección femenina de básquetbol adaptado. Hace unos días hablé con el entrenador Carlos Cardarelli y, muy osado, le pregunté si podía ir a ver una práctica y, en la medida de lo posible, tratar de jugar. Sentarme en una silla de ruedas y hacer la prueba. Intentar ponerme en el lugar de ellas. Amable, me dijo que no tenía ningún problema…
¿Para qué? Ahora me muero de los nervios y me pregunto en qué me metí. Ansioso, llego antes que todos. Cruzo la puerta del Estadio Francisco Martínez que luego, me entero, sufrió un brutal incendio hace un par de años y todavía tiene secuelas de aquella catástrofe. No obstante, dentro todo está en orden y un grupo de chicas jóvenes hacen destrezas en patines y están terminando una clase. La profe me dice que el básquet arranca sus trabajos a las 19. Me falta poco menos de una hora para ver al seleccionado en acción.
Al primero que descubro es a Cardarelli, quien pasa corriendo hacia la calle. Enseguida regresa e intercambiamos unas palabras. Me da la bienvenida y le recuerdo esa idea loca que tengo de, si se puede, jugar un ratito con su plantel. Las Lobas son grosas. Vienen de ganarle a Brasil la final del Sudamericano que se disputó en Perú. Se preparan para la próxima Copa América. Y yo, que ya soy veterano y la última vez que toqué una pelota naranja fue en la secundaria y me di cuenta de que ese deporte no era para mí, tengo el atrevimiento de querer compartir con ellas un rato la cancha.
Me da vergüenza, pero sigo. Tozudo, avanzo. Van llegando las deportistas. Algunas bajan de autos acompañadas por (supongo) familiares, otras llegan solas y otras se acercan desde las habitaciones de la concentración.
Se empiezan a juntar en la entrada del gimnasio. Me arrimo un poco y surge, desde una puerta, Manuel Cairo, uno de los principales ayudantes de Cardarelli, quien es el jefe de la tropa. Le explico a Manuel qué es lo que estoy tratando de hacer ahí y se muestra conforme con mi idea. “No hay problemas, jugás”, me dice y me asusta. Todavía tenía esperanzas de que rechazara mi propuesta por absurda y me liberara del papelón que estoy a punto de hacer. Pienso, por un instante, en la frase que dice que “del ridículo no se vuelve”, pero trato de espantarla rápidamente. Manuel me explica sin que se lo pida, pero porque le sobra cortesía, cómo va a ser el entrenamiento, qué trabajos tienen pensados. Cierra su informe diciendo que “al final jugamos el partidito” y se va con las chicas. No hacía falta que me volviera a recordar lo del “partidito”. A esa altura mi vergüenza va mutando en temor.
A las 7 en punto, cuando empieza a caer la noche en San Justo, arranca el entrenamiento formal. “A veces nos concentramos acá. Otras, en diferentes provincias. La próxima vez vamos a Córdoba. El equipo es muy federal. Hay chicas de todos lados y nos sirve ir moviéndonos para reclutar nuevas jugadoras”, me explica Cardarelli desde un costado de la cancha mientras las jugadoras empiezan a calentar sus músculos con los profes Lucas Barolin, Micaela Volpe y Valeria Ferreyra, quienes completan el staff del cuerpo técnico. Dentro del rectángulo, los ayudantes les dan indicaciones a las basquetbolistas de la Selección que ahora se mueven divididas en dos grupos. De un lado de la cancha, unas ensayan movimientos ofensivos; del otro, el resto realiza tácticas defensivas. Cuando llegué hace un rato, debo admitirlo, vi a un grupo de personas con discapacidad. Algunas amputadas, algunas que simplemente no podían moverse si no era gracias a sus sillas. Ahora, en la cancha, sólo veo deportistas. Mujeres que juegan al básquet. Que hacen movimientos maravillosos. Coreografías sincronizadas a toda velocidad. Trabajos intensos que apenas se detienen por unos instantes, cuando reciben indicaciones de los expertos entrenadores. Los respiros son cortos. Enseguida vuelve la acción.
Tomo nota en mi libreta. Empiezo a admirar lo que veo. Pasa María Chirinos, una de las mejores jugadoras que tienen Las Lobas y que ya estuvo en un Juego Paralímpico, y le dice a Cardarelli, a modo de reproche simpático, “mirá que dejé a mi bebé para venir acá”. Chirinos hace seis meses que fue mamá, pero no se quiere perder este momento. (…)

FÚTBOL Y PSICOLOGÍA SOCIAL: FILOSOFÍA DE VIDA
Conversaciones entre Facundo Sava y Fernando A. Fabris
Estas conversaciones surgieron del común interés por el fútbol y la psicología social. Son el resultado de un vínculo de cerca de treinta años y de una perspectiva de la vida que incluye estar atentos a los múltiples planos que se entrecruzan cuando una realidad se muestra interesante e incluso sorprendente, ya que lo nuevo se presenta —todos lo sabemos— de modo inesperado, con la fuerza de lo necesario, y, a veces, con la urgencia de lo indispensable.
¿De qué estamos hablando? De todo aquello que ocurre en la cancha, con los hinchas, los dirigentes, los técnicos, los jugadores y también en los otros escenarios de la vida cotidiana, con los amigos, la familia, la vida diaria y la subjetividad colectiva, las costumbres, la política y la cultura.
Comenzamos estas conversaciones en 2017, en un bar de la calle Corrientes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. A veces grabábamos algún tema que nos parecía interesante y, otras veces, simplemente tomábamos notas. En 2020 retomamos el intercambio a través de videollamadas, ya que nos encontrábamos en plena pandemia. Desde entonces, registramos todos y cada uno de los diálogos.
Se nos ocurrió que estos intercambios, surgidos de intereses comunes y de una amistad siempre renovada, podían dar lugar a un libro. Con la colaboración de dos periodistas deportivos, Fernando y Federico Bajo, empezamos a trabajar en esa dirección. Ellos nos asistieron en un primer proceso de edición de los textos que hoy forman parte de este libro.
A lo largo de varios capítulos, se desarrolla cada uno de los temas que nos fueron pareciendo más relevantes respecto del mundo del fútbol, siempre tratando de ir a las cuestiones de fondo..
Grupos, equipos y roles
Fernando Fabris: ¿Cómo es la relación entre el técnico y el equipo, desde tu rol de entrenador? ¿Es un diálogo? ¿DEs dar órdenes? ¿Hay escucha por parte de los jugadores?
Facundo Sava: Hay momentos en que es importante consultar y en otros, dirigir. Son dos aspectos de un entrenador, en la medida en que actúa como un conductor democrático, como un líder democrático. En eso se guía en gran parte con la intuición, la experiencia, el contexto. ¿Y vos cómo lo ves?
FF: Cuándo consultar y cuándo dirigir se relaciona con el tipo de responsabilidad que tengas. Cuando dirigís, te tenés que hacer cargo del resultado de las decisiones que tomaste. Podés consultar todo a los demás y parecer democrático, pero eso puede esconder el no hacerse cargo. Aunque, en el otro extremo, el exceso de verticalidad puede llevar al autoritarismo, que es lo más frecuente en el mundo del fútbol. Pero puede pasar también, como recién decía, que a través de la consulta permanente a los jugadores se eluda la responsabilidad propia.
FS: O que le cuesta tomar decisiones. En un momento pensaba que un jugador, cuanta más participación tenía, más importante se iba a sentir y, por ende, más y mejores decisiones podría tomar en un partido. Pero me di cuenta de que no es así: hay un momento en el que el jugador no quiere, no puede o no debe opinar. Un entrenador tiene que darle indicaciones de lo que es necesario que haga, si no cada uno empieza a tener opiniones totalmente distintas y se genera una confusión total, un caos. Al jugador esto le produce inseguridad, lo cual es muy negativo. El jugador deja de creer en el entrenador, por lo tanto, es el entrenador el que pierde credibilidad.
FF: Esto tiene relación con lo que pasa en el modelo familiar o de crianza. A los niños se les va dando responsabilidades de modo progresivo. La vida es un proceso de responsabilidades crecientes. La cuestión es quién se hace cargo de qué, quién sostiene qué o a quién. En eso no tiene sentido un “democratismo”, que es una seudodemocracia; en realidad, es una falsa igualdad. Es como consultarle a un niño si tiene que ponerse en riesgo o no —no tiene sentido—. Como adulto te ocupás de que no esté en riesgo. Y a veces todos nosotros somos como niños, necesitamos que no se nos consulte. Incluso en la amistad se da esta dinámica de que hay uno que sostiene al otro… Claro que la base siempre es preguntar al otro, consultar al otro. (…) «
Los autores
Daniel Lagares
Para todo el ambiente periodístico es El Mulato. Periodista de fina pluma, análisis preciso y gran experiencia, que trasporta a Confesiones de la Pelota. Es editor de Clarín y trabajó en Goles Match, La Voz, La Razón, estuvo en el grupo fundador de Página12, y luego ingresó en Olé. . Docente de Taller periodístico en TEA y Deportea. Fue diploma Konex al Mérito Periodístico en 2007. Escribió el libro «Ganar», y participó en varios publicaciones libros sobre cuentos deportivos de Ediciones Al Arco.
Facundo Sava y Fernando Fabris
El Colorado» Sava es exjugador y director técnico de fútbol, que pasó por múltiples equipos: es conocido por su enfoque y filosofía de juego y vida, que incorpora la psicología y la reflexión. Fabris es psicólogo social, experto en dinámicas grupales y procesos sociales, aplicados al deporte. Se unieron en un diálogo riquísimo que se convirtió en libro, en el que relacionan el fútbol con identidad, cultura, política, sociedad y memoria. Del mismo modo, analizan el rol del jugador y del hincha, y en otro momento de la charla, el liderazgo de figuras icónicas como Messi y Maradona.
Alejandro Ansaldi
Nació el 21/10/1972. Con el paso del tiempo, quizá como tanto jugador frustrado, se convirtió en periodista deportivo. Trabajó en La Razón, TyC, Crónica TV y otras publicaciones. Es sub editor de deportes de La Prensa y docente de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). En 2022 publicó Fútbol Ciego (el arte de volar como Los Murciélagos). Ahora, Paralímpicos (orgullo nacional) para “rendirles un homenaje a miles de personas con alguna discapacidad, que buscan mejorar la calidad de sus vidas practicando deportes”.