“Donde andará quien no está
en qué azul, en qué adiós
que no puedo nombrar«
Vidala del que no está, Juan Falú
Entre enero y abril de 1976, más de veinte personas de origen árabe desaparecieron en la Argentina. Los reportes, en su mayoría corresponden a las provincias de Tucumán, Córdoba y Buenos Aires. Este primer grupo está inscripto entre los casi 300 que figuran en el listado de la CONADEP.
Después de 10 años que se presentara la nómina de detenidos desaparecidos de origen árabe, la profesora de literatura del Instituto Argentino Árabe Islámico de Flores Milena Matschke retomó el tema y organizó para los alumnos del secundario un acto reivindicatorio en memoria de esas víctimas.
Aquel relevamiento surgió como una inquietud personal, luego que la comunidad japonesa oficializara el reconocimiento de los 17 nombres de los nikeis (segunda generación de japoneses) desaparecidos cuyas historias están plasmadas en el libro “No sabían que somos semilla” de Andrés Asato y también de los 22 descendientes de armenios cuyas historias fueron recopiladas en el libro de Cristian Sirouyan.
A diferencia de los nikeis, los armenios o de los más de 1900 de origen judío, los descendientes de árabes no contaron con instituciones, embajadas ni otra organización que reclamara formalmente por ellos, sólo sus familiares. Sin embargo, esa lista aparece oculta entre los 9900 nombres que figuran registrados por la CONADEP en su primer informe y en otros aportados por familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas.
Este trabajo, que aún no está terminado en su detalle más preciso ya que queda entrevistar a los familiares y someter a una revisión más exhaustiva de las víctimas del terrorismo estatal argentino, muestra en primera instancia que sólo 33 detenidos desaparecidos de origen árabe pasaron por 15 centros clandestinos de detención, destacamentos policiales y puestos militares.
La hipótesis inicial de la investigación generó algunos interrogantes. Primero, ¿por qué existen listas de desparecidos de diferentes colectivos como abogados, religiosos, artistas y maestros, entre otros, si los derechos humanos son universales y las causas del genocidio fueron las mismas? Y ¿esa división en colectivos no estaría atentando contra una lucha unificada? En segundo lugar, al identificar lo “árabe” como una categoría basada en criterios lingüístico-culturales, estos podrían incluir otros grupos dentro de la misma etnia como judíos, cristianos, agnósticos, musulmanes, etc. Al comparar los registros de detenidos-desaparecidos de origen judío con los cerca de 300 desaparecidxs descendientes de árabes, observamos que alrededor de 50 apellidos son comunes a los dos grupos. En ambos casos, quizá lo más justo sería denominar a estas personas “detenidos-desaparecidos de origen semita”, ya que comparten rasgos de identidad de base cultural común. De este modo, los desaparecidos relevados podrían integrarse, sin dificultad, a un listado único.
También, se puede percibir que en el imaginario colectivo pareciera haber una marcada representación de represores de origen árabe como Antonio Musa Azar Curi, Julio “Turco Julián” Simón (recientemente fallecido en el penal de Marcos Paz), Antonio Gettor o Llamil Yapur. A esa representación abonada por los medios de comunicación hegemónicos, se le opone la población de ausencias dispersas de los desaparecidos de origen árabe.

Entre los numerosos apellidos como Haidar, Elganame, Abraham, Jalid Jalit, Auad, Sapag, que aparecen en el listado, los más visibles han sido los periodistas Claudio Cesar Adur, detenido-desaparecido el 11 de diciembre de 1976, Ricardo Emir Aiub, detenido-desaparecido el 9 de junio de 1977 ambos en el marco del Plan Cóndor al igual que el célebre pianista Miguel Ángel Estrella quien tuvo mejor suerte al ser liberado tras la presión internacional. Otro caso notable el de fue Luis Eduardo “Lucho” Falú (hermano del músico Juan Falú) desaparecido el 14 de septiembre de 1976.

En estos tiempos en que el presidente Milei, su gabinete y su ejército de trolls, tienen un discurso negacionista, cada vez más cargado de significantes agresivos y a su vez constitutivo de estereotipos es necesario abordar con criterio categórico que los desaparecidos en primer lugar son compatriotas argentinos y argentinas, de las causas populares y si cupiese el desglose, en segundo término hablaríamos de un origen étnico cultural que representa más del 3% del total de ese primer listado.
En el contexto político del macrismo, fue cuando se dió a conocer por primera vez el padrón de desaparecidos de origen árabe. En esos tiempos se intentó vaciar de todo significado histórico lo construido en materia de derechos humanos. Desde “la angustia de nuestros próceres”, los desfiles militares con personajes golpistas, represores, adherentes civiles de la masacre más cruel de argentinos sentados en los palcos, no dejó dudas que el esfuerzo para “cambiar futuro por pasado” como dijera María E. Vidal dio batalla contra muchas conquistas del pueblo.

En solo dos años, hoy el gobierno libertario volvió a la carga con toda su artillería simbólica y explicita contra las últimas conquistas sociales que se pudieron sostener. Su negacionismo y sus alianzas con genocidas de aquí y de otras latitudes continúan con los mensajes de odio hacia los árabes y musulmanxs, que ellos difunden en las redes ocultos detrás de sus dispositivos de impunidad o descaradamente en los medios hegemónicos.
Los descendientes de árabes estamos destinados a dar testimonio insoslayable de convivencia y un ejemplo que tienda a consolidar miradas comunes para fortalecer los espacios de la Memoria, la Verdad y la Justicia sin olvidar que más allá de todo dolor debemos seguir trabajando contra la impunidad y reivindicar la lucha de los nuestros y de los 30 mil detenidos desaparecidos.