Reese es el «desastre» que la literatura del nuevo mileno necesitaba con suma urgencia: una (anti)heroína autodestructiva, brillante y atrapada en un Nueva York diseñado para devorar sus restos, bien lejos de la cosmética careta aspiracional de Sex and the City o Friends. Como mujer trans, Resse ya vio la demolición del mito de la familia elegida derrotado por el consumo afectivo. Su respuesta es un cinismo afilado. Bienvenidas sus andanzas y desandanzas en Detransición, baby, novela de Torrey Peters, novedad de Caja Negra Editora.
En escena también aparece Ames. Ames solía ser Amy, la ex de Reese, pero optó por la «detransición» -no por arrepentimiento ideológico, sino por un agotamiento existencial absoluto-. Ames decidió vivir como hombre para bajarle el volumen a la hostilidad del mundo. Cuando deja embarazada a su jefa, Katrina, surge la propuesta que es nafta para el motor de la novela: ¿Y si crían al bebé de a tres?
Delicias de la detransición
Detransición, baby es un libro que no pide permiso. Mucha «literatura trans» estuvo atrapada por la «pedagogía para cisgénero», ese género prefabricado y diseñado para que el lector promedio empatice con el trauma ajeno. Torrey Peters prende fuego ese manual. Escribió una comedia de costumbres bien ácida, donde la identidad no es un destino heroico, sino una negociación constante y, a menudo, humillante. Su prosa tiene dosis desparejas de estrógenos y cristales rotos: va del chisme de alta gama a la teoría queer de barricada, sin citar a Butler ni una sola vez.
Ganadora del premio PEN-Hemingway y destacada por el New York Times como una de las ficciones del siglo XXI, la novela es una disección del amor, las identidades en fuga y el deseo de maternidad. Una partitura nueva para un baile viejo. En este bolero de a tres, los pasos de la identidad son erráticos y el ritmo lo marcan el deseo y heridas que muchas veces no cierran.
Una muestra de la novela
Paran en un restaurante tailandés, ella baja del auto y hace el pedido solo para él, no pide nada para ella. Le encanta el curry, picante a niveles casi incomibles en la escala de Scoville. No es su caso. Ya se preparará algo cuando él se vaya. Está mirando Instagram cuando suena el teléfono, no reconoce el número, el prefijo es de otro estado. Su cowboy usa Google Voice para que los mensajes de Reese no le aparezcan en el iPad que tiene en casa, que también usa su mujer, y Google a veces cifra las llamadas con números raros.
Aprieta el botón verde para contestar y se lleva el teléfono a la oreja.–Te pedí el curry verde con carne, cinco estrellas de picante –dice a modo de saludo.
–Hola, qué detalle, aunque no sé si recuerdas que siempre he sido un debilucho con el picante –dice una voz masculina. Cálida y suave, pero sin rastro de las palabras arrastradas de su cowboy, que de alguna manera se las ha arreglado para conservar el acento a pesar de llevar años en Nueva York.
Mira la pantalla para comprobar el número de teléfono.
–¿Quién habla?
El hombre adopta un tono afable, que no llega a ser de disculpa.
–Hola, Reese. Perdona, soy Ames.
Ve a su cowboy afuera, en el coche, con el brillo del teléfono reflejado en los lentes de lectura. Se da vuelta, como si pudiera llegar a oírla a través de la ventanilla del coche y de las ventanas del restaurante, por encima del trajín de la cocina y las conversaciones de los clientes desperdigados por el local.
–¿Por qué me llamas, Ames? Pensaba que ya no nos hablábamos.
–Lo sé. Espera, apretando los labios. Lo escucha respirar. Quiere que hable él primero.
–No quiero molestar –continúa–. Te llamaba para pedirte ayuda.
–¿A mí? No sabía que pudieras pedirme nada que no me hubieras quitado ya. Ames guarda silencio un instante.
–¿Quitado? –su desconcierto parece sincero. Ese era su problema. Que era incapaz de ver lo que ella había perdido por su culpa–. Está bien, tal vez me lo merezco. Pero no llamo por eso, te lo juro. Es casi lo contrario.
–Estoy en una cita, esperando la comida. Sabe que es un comentario vengativo, pero no puede evitarlo. Él desapareció de su vida y ella quiere devolverle el favor y de paso mostrarle que ya lo superó.
–¿Puedo llamarte en otro momento?–No, te doy hasta que traigan el pedido.
–¿Hay un tipo ahí escuchándonos?
–Pedí para llevar. Él me está esperando en el auto –un silbido de satisfacción le vibra en el pecho. Como quiera que Ames hubiera imaginado la conversación, Reese se la llevó a su terreno.
–De acuerdo –dice él–, esperaba poder contártelo tranquilamente, pero lo hacemos a tu manera. ¿Te acuerdas de que siempre quisiste que tuviéramos un bebé? ¿Que lo teníamos planeado? Algo no debe andar bien para que la haya llamado por eso. No es el tipo de persona que escarba en una herida por diversión y está claro que semejante pregunta, tan directa, a Reese le iba a doler. Se siente una estúpida por haberle dicho que tenía una cita.
–¿Todavía quieres tener un bebé? –la pregunta termina en una nota más aguda, como si la audacia de pronunciarla en voz alta lo asustara un poco.
–Claro que todavía quiero tener un puto bebé –le suelta.
–Me alegra mucho oír eso, Reese –dice aliviado. Lo conoce tan bien que casi puede ver cómo se le relajan los músculos–. Porque pasó algo. Y, después de todo, sigues siendo la persona en la que más confío para hablarlo. ¿Podemos vernos, por favor, por favor, por lo que tuvimos? Necesito que hablemos de esto.
–Vas a tener que explicármelo mejor, Ames.
Suspira:
–Está bien. Dejé embarazada a una mujer. Voy a tener un bebé.
Reese no lo puede creer. No puede creer que Ames la llame para anunciarle que consiguió lo que ella más quiere en el mundo. Cierra los ojos y cuenta hasta cinco. Con un golpe, la camarera deja caer una bolsa marrón sobre la barra y le indica que es su pedido. Pero Reese no se da cuenta. Su cowboy, su curry verde cinco estrellas, la píldora anticonceptiva que él le va a dar más tarde, nada importa. En alguna parte, de alguna manera, Amy ha hecho lo imposible: se consiguió un bebé.