La Casa Rosada ha reiterado su respaldo explícito a la controvertida intervención armada de Estados Unidos en Venezuela, que culminó con el bombardeo de sectores de Caracas y la captura del presidente Nicolás Maduro. El propio mandatario argentino justificó la acción como el fin de un “dictador terrorista y narcotraficante”, reflejando una total adhesión diplomática a la narrativa impulsada por la administración de Donald Trump.
No obstante, este apoyo incondicional contrasta con un cuidadoso distanciamiento de los comentarios despectivos que el líder republicano formuló públicamente contra la opositora Corina Machado, a quien consideró incapaz de liderar el país.
Malabarista diplomática
Desde distintos frentes del oficialismo se ha buscado matizar esta alineación, subrayando el apoyo a figuras opositoras venezolanas sin confrontar directamente las afirmaciones de Trump. La senadora Patricia Bullrich, en un acto callejero en Buenos Aires celebrando la detención de Maduro, elogió de forma enfática a Machado como una “líder mundial de la paz”, en una aparente rectificación a las descalificaciones provenientes de Washington.

Este gesto parece responder a una estrategia calculada para mantener la sintonía con el poder estadounidense, al tiempo que se proyecta una imagen de respaldo a alternativas democráticas en Venezuela.
El silencio posterior del Gobierno argentino sobre el futuro del país caribeño, ahora bajo control directo de Estados Unidos, según anunció Trump, revela las tensiones de una política exterior subordinada. Mientras se avala sin reservas el uso de la fuerza y el secuestro de un jefe de estado, se elude toda valoración sobre la injerencia abierta en la soberanía venezolana y se omite cualquier crítica al unilateralismo norteamericano.
Dicha posición no solo consolida un vínculo de dependencia, sino que expone una contradictoria retórica que condena regímenes autoritarios mientras apoya métodos de intervención que violan el derecho internacional.