La Patagonia arde y el fuego deja a su paso zonas arrasadas, paisajes que dejan de ser. Mientras brigadistas y comunidades ponen el cuerpo ante la insuficiencia de la respuesta estatal de prevención y contención, desde otro punto del mapa llega evidencia científica que enciende más alarmas sobre un impacto menos visible. Un estudio publicado por investigadores e investigadoras de la Universidad Nacional del Litoral y el Conicet muestra los efectos ecotoxicológicos del período post-incendio en humedales: los riesgos que persisten cuando el fuego pasa y los ambientes vuelven a inundarse.
Se trata del primer estudio de este tipo realizado en Argentina. A diferencia de la mayoría de los análisis disponibles, basados en imágenes satelitales o evaluaciones indirectas del área quemada, en este caso la investigación se apoya en muestreos realizados directamente en ambientes afectados por incendios recientes. El resultado expone un “proceso poco visible pero crítico: la toxicidad que generan los sedimentos quemados cuando las lagunas y humedales se re-inundan tras lluvias o crecidas”.
“Este trabajo muestra que el fuego deja una huella tóxica que persiste cuando vuelve el agua. Sin políticas de manejo del fuego adecuadamente financiadas, los ecosistemas no tienen posibilidad real de recuperación”, advierte el equipo que llevó adelante la investigación, encabezado por Paola Peltzer, del Laboratorio de Ecotoxicología y la Cátedra de Ecología de la Restauración de la Escuela Superior de Sanidad de la Facultad de Bioquímica de la UNL y del Conicet.
La investigación acaba de ser publicada en el la Revista de Ciencias Ambientales y Salud Pública (JESPH, por sus siglas en inglés), una edición internacional especializada en contaminación ambiental y sustancias peligrosas. La nueva evidencia suma una pieza de peso de cara al Día de los Humedales, que se conmemora cada 2 de febrero, en un país cada vez más golpeado por los incendios y donde una ley que proteja a estos ecosistemas clave sigue siendo una deuda pendiente. Y cada vez más lejos de saldarse.

Alta mortalidad
Las muestras para la investigación se tomaron en la isla Los Sapos, que forma parte de la Reserva Hídrica Natural Laguna Juan de Garay, en Santa Fe. Los autores demostraron que los sedimentos provenientes de humedales quemados reiteradamente provocan “alta mortalidad, alteraciones fisiológicas y cambios severos en el comportamiento de organismos acuáticos sensibles, como las larvas de anfibios utilizadas como bioindicadores”.
Pero el impacto no se limita a los anfibios. “Los humedales del sistema Paraná funcionan como sitios clave de reproducción, cría y refugio de peces, y las alteraciones fisicoquímicas observadas tras los incendios —especialmente aumentos abruptos de sales, iones y compuestos derivados de la combustión— representan también un escenario de riesgo para huevos y larvas de peces, comprometiendo la recuperación de las poblaciones ícticas”.
Rafael Lajmanovich es doctor de Ciencias Naturales, profesor de Ecotoxicología en UNL e investigador del Conicet. Es uno de los autores del trabajo, junto Ana Cuzziol Boccioni, María Simoniello, Andrés Attademo, Ayelén Muchiutti y Gonzalo Libramento de los Santos. En diálogo con Tiempo, remarca: “Lo que estamos postulando es un efecto no muy tenido en cuenta cuando se habla de incendios. Se mira lo que se quema, la muerte de animales, el humo que persiste e intoxica a kilómetros del fuego. Pero esta amenaza hacia los cuerpos de agua no es algo muy
conocido”.
“Los incendios de grandes magnitudes –como los del Delta del Paraná o la Patagonia- que se producen en lugares que luego van a ser ocupados por cuerpos de agua –algo característico de los humedales- generan la aparición de sustancias tóxicas que luego van a pasar al agua. La toxicidad se va a dar en el agua por efecto del incendio”, concluye.
“El efecto más contundente es la mortalidad por el nivel de toxicidad”, dice sobre el impacto en anfibios y peces. “Es una amenaza latente. ¿Cómo se previene esto? Hay que prevenir el incendio. Una vez que se provocó, la toxicidad ya se generó”.

La ley que no fue
Postales y testimonios que llegan desde el Sur dan cuenta de que esa prevención no estuvo o no alcanzó. En el Litoral –como en el resto del país- otra protección ausente es la que hubiera dado contar con una Ley de Humedales, tal como se reclama desde hace una década y media. El intento más fuerte se logró en 2022, cuando tuvo dictamen en comisiones clave
en Diputados. Pero nunca llegó a tratarse en el recinto.
Desde ese año el naturalista César Massi cuenta los días que llevamos sin esa normativa: para este domingo suman 1.428.
“El pedido por una Ley de Humedales sigue estando plenamente vigente. La situación de los humedales es preocupante a nivel mundial y en el país. Son uno de los ecosistemas que más ha retrocedido y Argentina no está exenta de eso, si bien no hay datos de qué porcentaje se ha perdido: es un de las lagunas de información que tenemos”, plantea Ana Di Pangracio, directora ejecutiva adjunta de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).
“Los humedales son ecosistemas fundamentales como grandes reservorios de agua, filtros naturales, grandes sumideros de carbono. Mucho más que los bosques, que suelen tener más impacto en los medios porque es muy fuerte ver cómo una topadora avanza. Dragar e ir secando los humedales es un proceso que tiene menos impacto visual”, contrasta.

El fuego descontrolado es una de las amenazas que pesa sobre los humedales: “Se ven muy afectados por los incendios, particularmente en la región del Delta del Paraná, donde el fuego no es un elemento natural sino que se inician focos por impericia o adrede y se salen de control como pasó en los últimos años, en un proceso de sequía profundizada y bajante del río. Un combo muy negativo que se suma a las quemas de todo el año. Un ecosistema puede recuperarse de algún suceso puntual, pero si eso es sostenido se arriesga a que no pueda mantener su capacidad de resiliencia y esté comprometida su integridad ecológica”, advierte Di Pangracio.
Los humedales “permiten atender y revertir la crisis climática, de pérdida de biodiversidad, la degradación de la tierra”. Pero “no hay vida ni producción posible con ecosistemas degradados o destruidos”. «

Ningún apoyo del Gobierno
Los investigadores de los impactos ecotoxicológicos post-incendio en humedales destacaron que el trabajo “se sustenta en muestreos realizados directamente en ambientes afectados por incendios recientes, en condiciones operativas de alto riesgo, incursionando en áreas activas o recientemente quemadas sin contar con ningún apoyo gubernamental específico de manejo del fuego o monitoreo post-incendio, y fue posible gracias al acompañamiento de ciudadanos y ciudadanas comprometidos con la defensa del territorio”.
Uno de los autores, Rafael Lajmanovich, cuenta que “en la mayoría de los temas que trabajamos lo hacemos en estrecha colaboración con ciudadanos comprometidos, organizaciones sociales. Cuando los vecinos se movilizaban para apagar focos –durante los incendios en el Delta del Paraná- sabían más ellos que las autoridades, por ausencia del Estado. El rol lo suplían los vecinos”.
En el Sur, brigadistas, voluntarios y vecinos combaten las llamas, denuncian la falta de recursos, asisten a los afectados y registran los efectos del fuego, que ya quemó más de 45.000 hectáreas.
Una iniciativa para devolver agua y vida
La inmensidad patagónica ofrece paisajes de lo más diversos. Lejos de los bosques arrasados por las llamas en Chubut, en Santa Cruz la estepa del Parque Patagonia es el marco de un proyecto de restauración de humedales que fueron afectados por acciones humanas y por el cambio climático.
Una iniciativa para devolver agua y vida.
“Muchos de estos humedales fueron sobrepastoreados durante décadas, luego con el cambio climático y la falta de lluvias muchos perdieron su agua. Lo que hacemos es ubicar las vertientes, recanalizar ciertos sectores, controlar la flora exótica –como sauce, berro y menta- y ayudar a recuperar la flora nativa para que especies de aves y mamíferos puedan volver a habitarlos”, describe Emanuel Galetto, del equipo de conservación de Rewilding Argentina.
“El trabajo consiste en identificar humedales que tengan cierta característica, sobre todo abundante agua, y que generen un espejo en algún desnivel sobre el terreno, donde tenga la capacidad de retener el agua y empiece a crecer la flora del lugar. Cuando logramos eso, mucha de la fauna y avifauna regresa sola”, explica.
El proyecto apunta especialmente a dos especies que dependen de los humedales: la gallineta chica, que está amenazada en el país, y el coipo, un roedor. “Asociadas a esas especies indirectamente beneficiamos a otras, como aves migratorias acuáticas –patos, gallaretas- y eso ayuda a que aumente la disponibilidad de presas para gatos de pajonal y gatos monteses”. Un circuito que enciende sus engranajes al reactivar el humedal.
Panorama desolador
Al presentar la Perspectiva mundial sobre los humedales 2025, la Convención Ramsar mostró un panorama desolador: los humedales del planeta están desapareciendo a un ritmo alarmante y al menos el 22% de estos ecosistemas se perdieron desde 1970, especialmente los de agua dulce. De mantenerse esta tendencia, hasta el 20 % de los humedales que quedan en el mundo podrían dejar de existir para 2050. Esto implica poner en riesgo beneficios a escala mundial estimados
en 39 billones de dólares.