Los 24 de marzo las calles de Argentina se llenan de pañuelos blancos, el símbolo que Madres y Abuelas inventaron reciclando los pañales de aquellos hijxs y nietxs que no podían encontrar. Durante estos 50 años transcurridos desde el comienzo de la dictadura cívico militar hubo voces y sobre todo manos que tejieron los cuidados de la memoria y de quienes sobrevivieron al horror. 

Entre las militancias familiares por la justicia y la verdad de los 30.000, las mujeres crearon sus propias estrategias ¿Cuántas mujeres tuvieron que criar nietos de hijos secuestrados y desaparecidos?¿Cuántas hijas tuvieron que sostener hermanitos que vieron el horror de la muerte con sus propios ojos? El lema feminista “lo personal es político” toma una dimension dolorosa, urgente y absolutamente veraz cuando se lo piensa en relacion a la crueldad de vivir sin saber donde estan y qué pasó con aquellos a quienes amas. ¿Qué aporta indagar en las historias de las mujeres que criaron y cuidaron mientras buscaban la verdad?

“Eran militantes de la solidaridad”

Mariana y Marcela Sanmartino Carranza son sobrinas de las mellizas Carranza: Adriana y Cecilia. Tenían 18 años cuando fueron secuestradas en la ciudad de Córdoba y hasta hace días su familia no supo qué fue de ellas. A partir de los trabajos realizados el año pasado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) se supo en estas últimas semanas que entre las 12 personas identificadas en las excavaciones en donde funcionó el Centro Clandestino de Detención La Perla están los restos de Cecilia o Adriana. Al compartir ADN, no es posible al menos por el momento, determinar de quién se trata. 

Pero si se trata de ADN, Marcela Carranza dice, en diálogo con Tiempo Argentino, que “el ADN de la lucha de ellas quedó en nosotras. Todas las mujeres de la familia heredamos el tejido. Somos una familia tejedora: tejemos lanas, hilos y alambres. Pero muchas también tejimos redes y eso creo que es posible porque ellas existieron”. Marcela tenía once años cuando sus tías desaparecieron. Eran las menores de una familia muy grande. “Mamá tenía 20 años cuando nacieron y mi relación con ellas era más de primas que de tías y sobrinas”, cuenta. Mariana tenía apenas un año cuando no se supo más de sus tías. “Recuerdos míos no tengo. Me gusta ir tejiendo los recuerdos que tienen mis hermanas que eran más grandes que yo y que tenían edades más cercanas”, reflexiona. 

Mariana y Marcela agradecen con emoción la posibilidad de hablar de sus tías, a quienes fueron conociendo durante cincuenta años, atravesadas por el dolor y la ausencia. “Para nosotras fue muy significativo tener tías tan lindas y con toda la onda en todo sentido. Incluso para quienes casi no las conocimos. Vivimos toda nuestra infancia con sus ausencias latiendo siempre cerca”, reflexiona Mariana.

Marcela creó en 2018 el proyecto “30 Mil pañuelos por la memoria”. Es una iniciativa de activismo artístico que a través de la creación y colocación de placas de mosaico y cerámica con el símbolo del pañuelo blanco propone sostener la memoria colectiva.

Cuando habla de la militancia de sus tías, cuenta que no tienen tantos detalles sobre su lugar partidario pero que están seguras de que “eran militantes de la solidaridad. Eran minas muy solidarias, de eso hay testimonios en los juicios por la verdad y es impactante cómo hablan de la solidaridad y la inteligencia de dos personas con esa edad. Nosotras las veíamos: iban a casa, pedían ropa de mi hermana Mariana que era bebé, mamá se los daba y ellas la llevaban a hospitales y barrios. Esa era su mayor militancia. Ese es el espíritu de ellas que quedó en nosotras.”

La familia Carranza era de esas que llenan mesas los domingos. Un familión. Todo cambió cuando Cecilia y Adriana desaparecieron. “Mis abuelxs y  sus hermanxs hicieron en su momento un montón de cosas: hablar, viajar, golpear puertas, hacer denuncias. Quienes crecimos en ese contexto absorbimos todo eso sin ser conscientes pero nos marcó”, comenta Mariana y agrega, “es otro de los efectos de la dictadura. Desaparecen a una persona pero revientan a toda una familia”. 

Las hermanas Sanmartino Carranza responden las preguntas mientras cuentan que ese mismo día su madre cumple años. Aquella joven que tenía treinta y pico cuando sus hermanas menores desaparecieron. Marcela dice: “quiero agregar un recitado de mamá, que lo repite desde hace muchísimos años”. Se trata de un fragmento de «Un pensamiento en tres estrofas», una poesía del mexicano Antonio Muñoz Feijoo: “La vida no es la vida que vivimos, la vida es el honor, es el recuerdo. Por eso hay muertos que en el mundo viven, y hombres que viven en el mundo muertos”.

El ADN de la memoria viva: mujeres que luchan, militan y tejen redes contra el olvido

“Los abrazos de los 24 de Marzo”

“Cuando mi hermanito Carlitos asomó la cabeza por la ventana los militares dispararon y cayó desplomado encima mío. Le dieron en la cabeza. Él tenía 9 años. Yo 4. No podía sacarlo de encima y aún recuerdo como tenía su cabecita”, dice a Tiempo, Karina Manfil. 

Ella es hija de Carlos Manfil y Angélica Zárate. Sus papás, junto a Carlitos fueron asesinados y luego desaparecidos por un comando militar que ingresó mientras la familia dormía. El departamento donde vivían estaba en las Torres de Villa Corina, un barrio de Avellaneda en el conurbano bonaerense. También estaban allí José Vega, su esposa Rosario Ramírez y sus dos hijos Marcela y Edgardo que se habían quedado a pasar la noche. 

Karina reflexiona: “Cuánto de la imposibilidad de esas abuelas y madres de poder actuar, después se revirtió con la militancia de sus nietas o de sus hijos. Mi abuela tenía miedo. Miedo a perder de nuevo a alguien amado”.

Ella, la menor de las hermanas Manfil, dice que los contextos determinaron las vivencias de aquellas mujeres que volvieron a criar niños mientras lloraban hijos. Durante años a Karina le llamó la atención ver el nombre de su papá sobre la pared de una unidad básica del barrio. A los 12 años inició un camino irreversible: comenzó a preguntar. Así fue que entró en aquel local y supo que su papá había sido militante peronista. 

Pero a los 17, cuando supo que cada 27 de octubre (la fecha de la masacre) un grupo de personas arrojaba una corona de flores sobre los paredones del Cementerio de Avellaneda no dudó y encaró a su abuela. “¿Por qué hacían eso?”, le preguntó. “Porque dicen que tus papás están ahí”, le dijo. 

Recuerda que le hizo upa a su hijo y con una panza de varios meses de embarazo empezó a caminar apurada las cuadras que separaban la casa de su abuela del cementerio. “No llegaba más, me acuerdo que hacía mucho calor”, dice. Siguiendo a una paloma entró a un sector donde el paso estaba prohibido. Vio yuyales y un terreno abandonado, sucio. “Mi familia no puede estar acá”, pensó y salió. Caminó llorando entre las tumbas preguntando porqué no había dónde ir a llorar a sus muertos. “Cuando digo esto escucho el sonido del pájaro dentro del sector prohibido. Me asusté. Vi una paloma meterse. La seguí, agarré una escalera para subir un paredón y ver qué había ahí donde estaba la paloma. Era un cajoncito de bebé”. 

Volvió a entrar, siguiendo a esa paloma, al sector de yuyos y abandono. Sintió que allí había algo para ella. Alguna de las verdades que desde hacía años buscaba. Cuando entró, alguien la interceptó, le dijo que no podía estar allí.  “Yo lo miré llorando y le dije: voy a entrar porque acá está mi familia. Soy hija de desaparecidos” Aquel hombre era Alejandro Incháurregui, del EAAF. “Me acuerdo que me agarró la mano y me dijo: creo que con vos tenemos mucho de qué hablar”.

Karina crió a sus hijos mientras militaba en HIJOS, daba testimonio y colaboraba con el EAAF. Del Equipo dice: “No sólo identificaron a mi familia. Se hicieron parte de ella”.

“Las Madres y Abuelas llevaron a cabo el cuidado entre mujeres”

Laura Villaflor Garreiro es hija de Raimundo Villaflor y María Elsa Martínez Garreiro. Tenía 11 meses cuando sus papás, ambos militantes del Peronismo de Base y de las Fuerzas Armadas Peronistas fueron secuestradxs, torturadxs y desaparecidxs. En la tarde del sábado 4 de agosto de 1979, una pareja la llevó a ella y a su hermana Elsa hasta la casa de su abuela Josefina Gomez y su abuelo Aníbal Villaflor en Villa Domínico, en el partido de Avellaneda. Horas antes, una patota de la ESMA se había llevado a sus padres. 

A Laura y a Elsa las criaron sus abuelas. Mujeres de bastón que luego de décadas volvieron a criar bebés. “La que siempre se hizo cargo de mí, la que siempre me dijo la verdad y me cuidó fue mi abuela Josefina”, cuenta Laura en diálogo con Tiempo Argentino. “Era una abuela con bastón, batón y alpargatas. Pobre, muy pobre, que lavaba ropa para afuera para que podamos morfar”, la describe. “En mi casa había muchísimo miedo en relación a la política y la participación, producto de la desaparición de mis padres. No era miedo a la política: toda mi familia es peronista y siempre se habló de política pero sí había miedo a sufrir otra pérdida. Yo creo que las nietas que sobrevivimos a la desaparición de nuestros padres fuimos el hilo finito que las sostuvo a la vida a nuestras abuelas” cuenta.

Laura empezó a militar en la escuela secundaria, con actividades solidarias. A mediados de los 90 se organizó en la agrupación HIJOS y sigue siendo parte de diversos espacios. Desde hace años reflexiona sobre el rol de las mujeres que no pudieron organizarse colectivamente para reclamar por sus hijos desaparecidos. Las que recorrieron juzgados, iglesias y comisarías buscando alguna verdad pero que volvían rápido a la casa para cambiar pañales o llevar al colegio a aquellos nietxs pequeñxs. “El rol de mi abuela Josefina fue fundamental, no solo por la crianza, sino también porque ella me dio herramientas y hasta me preparó para enfrentar su propia muerte. Me enseñó a cuidarme por mí misma: desde chica yo fui bastante independiente, me enseñó a ser responsable. Y yo asumí ese rol porque sabía que ella no podía hacer todo, era muy grande ya. Viéndolo ahora a la distancia pienso que como mujeres nos sostuvimos desde el cuidado mutuo.”

Dice que desde que es madre comprendió que no hay nada comparable a la pérdida de un hijo. “Ahora entiendo a mi abuela y me pregunto cómo hizo para criarme siendo tan chiquita y ella tan grande. Ella luchó por existir, por estar, por transmitirme quienes habían sido mis viejos. Me compartió sus sueños, también sus extrañezas. Conocí también su historia como mamá y la historia de mi papá siendo un niño. De ella aprendí lo fundamental de las mujeres en el cuidado de la vida.”

Sobre ese tema, Laura reflexiona que ese rol, el de cuidar, también atraviesa la historia del movimiento de derechos humanos. “Las madres y abuelas llevaron a cabo el cuidado entre mujeres: se acompañaron en el dolor único e inconmensurable de perder a sus hijxs”

El hilo visible de la memoria: el Equipo Argentino de Antropología Forense

Silvana Turner es integrante del EAAF desde 1988. Actualmente está a cargo del trabajo en la provincia de Córdoba, donde los hallazgos en la Reserva La Calera permitieron, hasta ahora, identificar a 12 personas desaparecidas. En ese predio de aproximadamente 14 mil hectáreas funcionó entre marzo de 1976 y fines de 1978 el Centro Clandestino de Detención La Perla. En diálogo con Tiempo, Silvana reflexiona sobre el rol que juega el Equipo en el proceso de búsqueda de la verdad de las familias. “Nosotros, en todo caso, lo que sumamos es la posibilidad de completar algunas cosas que no sabían de la historia de sus seres queridos y que a partir de la posibilidad de la identificación se van completando” 

El puntapié, dice Silvia, es la incógnita. “Luego nuestro rol es hacer un seguimiento de la familia. Nuestro trabajo tiene que ver con un proceso que va desde la investigación, el primer contacto hasta escuchar la historia. Luego el paso de tomar una muestra de sangre y en el mejor de los casos nuestro rol también es sostener un vínculo de confianza. Creemos que eso es parte del efecto reparador de este trabajo”